volvia a gemir por entonces, como un animal. Empece a decir algo, pero ella levanto una mano y pronuncio el nombre de la chica, Alessandra o Alexandra, no recuerdo cual, y a continuacion dijo que todo estaba bien y que no habia nada que temer, de la misma manera que una se lo diria a un nino cuando se despierta por la noche.

– ?Y la chica?

– Dejo de gemir, y Costanza se acerco a ella y se arrodillo a su lado. -Se los quedo mirando, sorprendida ahora al recordar algo-. Pero no la toco. Se limito a pronunciar su nombre algunas veces mas y a decirle que todo iba bien y que no se preocupara.

– ?Y luego? -pregunto Brunetti.

Me puse en pie y Costanza me dijo «Gracias», como si yo no hubiera hecho otra cosa que darle una taza de te o algo asi. Pero estaba claro que me estaba invitando a marcharme, y eso hice. Asi que subi a mi piso.

– ?Volvio a ver a la chica?

– No. Nunca. Luego, al cabo de unos meses, hubo otra, pero nunca volvi a hablar con ninguna. Llegue a conocer a dos o tres mas.

– ?La signora Altavilla se refirio alguna vez a eso o le dijo algo al respecto?

– No. Nada. Era como si nunca hubiera ocurrido, y al cabo de un tiempo asi lo parecio. Yo saludaba a Costanza en la escalera o ella me pedia una taza de te o subia a casa si yo se lo sugeria. -Miro a ambos alternativamente, como pidiendoles que comprendieran-. Ya saben ustedes como son estas cosas. Sucede algo, aunque no sea muy bonito, y, transcurrido un tiempo, si no se habla de ello, resulta que se desvanece. No es que lo olvides, realmente no, pero ya no esta ahi.

Brunetti reconocio lo familiar de esa situacion, y Vianello dijo:

– Realmente, si uno lo piensa, es la unica manera de que la vida pueda continuar.

Dicho esto, Brunetti miro a la signora Giusti y sus ojos se encontraron. Ella asintio, y Brunetti se encontro asintiendo a su vez. Si, era la unica manera de que la vida pudiera continuar.

12

– ?Llego a averiguar lo que hacia ella? -pregunto finalmente Brunetti.

– No hay mucho que entender, ?no cree?

– ?Que quiere decir?

– Creo que utilizaba su piso como una especie de casa de seguridad para… Bien, para mujeres en peligro. - Antes de que Brunetti pudiera preguntar, explico-: A causa de sus novios o de sus maridos o, en el caso de esas mujeres del Este, por lo que se, de los hombres que eran sus duenos.

– ?Duenos? -pregunto Vianello.

– Usted es policia. Deberia comprenderlo -dijo, sorprendiendo a ambos por el contundente tono de desafio. Luego prosiguio, en un tono mas calmado-: ?Que otra cosa podian ser, salvo prostitutas? Esa mujer, Alessandra o Alexandra, no era italiana, apenas hablaba el idioma. Dudo que fuera la esposa de alguien. Pero se que estaba asustada, aterrorizada de que quien le rompio la nariz volviera y terminara el trabajo. Probablemente por eso desaparecio.

– ?Puede recordar -empezo Brunetti- algo que le dijera su vecina en todo ese tiempo, desde que usted advirtio la presencia de esas mujeres en la casa, que sugiriese que ella se sentia en peligro?

Con una voz que revelaba esfuerzo por conservar la paciencia, respondio:

– Ya le dije, commissario, que Costanza era una persona muy reservada. Nunca se hubiera referido a algo asi. No era su manera de ser, su estilo.

– ?Ni siquiera como una broma? -la interrumpio Vianello.

– La gente no bromea con esas cosas -replico tajantemente.

Brunetti era de una opinion enteramente distinta, pues tenia pruebas abundantes de la capacidad humana para bromear con cualquier cosa, por mas terrible que fuera. Le parecia una defensa del todo legitima contra el horror inminente que podria afligirnos. En esto era un gran admirador de los britanicos; por su humor ironico ante la muerte, aquel humor negro disparatado e insolente.

– Signora -dijo Brunetti en un tono que se proponia restaurar la tranquilidad-, ?ha sacado usted sus propias conclusiones? -Antes de que ella pudiera replicar, anadio-: Le pregunto por su sensacion o impresion general de lo que pudo haber ocurrido.

Por alguna razon, su pregunta la calmo visiblemente. Sus hombros perdieron rigidez.

– Hacia lo que ella creia justo y trataba de ayudar a esas pobres mujeres.

Levanto una mano, luego se volvio, abandono la habitacion y no tardo en regresar con una hojita de papel, el familiar recibo de una factura pagada en la oficina de correos. Se lo tendio a Brunetti y volvio a sentarse en el sofa.

– «Alba Libera», leyo, y se pregunto en que estaria metida.

– Si -dijo la signora Giusti levantando una mano como para apartar la trivialidad del nombre-. Probablemente quisieron un nombre que no llamara la atencion.

– ?Y quienes son ellos? -inquirio Brunetti.

– Es una sociedad de apoyo a las mujeres. Como puede ver, sin afan de lucro -puntualizo, senalando las letras que seguian al nombre.

Brunetti refreno su impulso de decir que aquellas letras no eran una garantia de probidad fiscal, pero en lugar de eso pregunto:

– ?A que se dedican?

– A lo que hacia Costanza. A ayudar a mujeres que huyen o que tratan de huir. Tienen una linea telefonica de auxilio. Y si creen que hay un peligro real, encuentran un lugar para que se alojen.

– Y entonces ?que? -pregunto el siempre practico Vianello.

La signora Giusti no fue capaz de controlar la frialdad de la mirada con que acogio la pregunta.

– Hacerse cargo de ellas es un comienzo, ?no cree? Tratan de encontrarles un lugar donde vivir en otra ciudad. Y un empleo. -Empezo a decir algo, se detuvo, y luego prosiguio-: A veces les ayudan a cambiar de nombre. Legalmente.

Brunetti asintio.

– ?Como les da dinero la gente? ?Como ha sabido usted de ellos?

Bajo la cabeza y fijo la atencion en las manos.

– Abri un correo de Costanza -dijo en voz baja-. Fue un error. A lo largo de los anos nos acostumbramos a recogernos el correo del buzon de abajo. Solo hay uno para los cuatro pisos. Ella y yo nos recogemos nuestras cartas para que no haya confusion con las de los otros pisos. O que las cojan los ninos. Eso ha ocurrido algunas veces. Asi que la primera de nosotras que llega, se hace cargo del correo -explico, y Brunetti advirtio con que facilidad habia regresado al tiempo presente-. Yo pongo el suyo en el felpudo de su puerta y ella lo pone en la mesa junto a mi puerta. Pero una vez -hara uno o dos anos- me traje uno de los sobres por equivocacion y lo abri junto con los mios. Dentro habia un folleto y lo lei. Una cosa terrible. Al final habia uno de esos cupones de pago -explico, inclinandose hacia delante y tocando el recibo-. Y cuando lo mire, vi que su nombre figuraba en el. -Se detuvo y se miro las manos, componiendo el vivo retrato de una colegiala sorprendida en falta-. Y entonces vi que el sobre estaba a su nombre.

– ?Y que hizo usted? -pregunto Vianello.

– Espere a que ella entrara, y cuando la oi, baje, le di el sobre y le explique lo sucedido. Me dirigio una mirada extrana. No estoy segura de que me creyera; realmente no lo estoy. Pero saco el folleto del sobre -yo lo devolvi a su lugar para que pareciese que no lo habia leido- y dije que si podia echarle un vistazo. -Miro alternativamente sus rostros-. Asi que lo cogi, y luego mande algo de dinero, y ahora lo hago aproximadamente cada seis meses. Dios sabe que lo necesitan.

– Comprendo -dijo Brunetti. De repente, le rugieron las tripas. Como sucede en tal situacion, todos hicieron como que no habian oido. Se inclino y saco la cartera. Tomo una de sus tarjetas de visita y escribio en el dorso su numero de telefonino-. Signora, este es mi numero particular. Si recuerda algo o sucede algo que usted crea que yo deberia saber, haga el favor de llamarme.

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