-Le sonrio y alargo su taza para pedir mas cafe-. Eso es lo que queria decir.

– Entiendo -respondio Brunetti sirviendole mas cafe y sirviendose luego el. Anadio leche y azucar, y luego se sento frente a su mujer. Cuando vio que habia captado su atencion, dijo-: Se encontraron morados en la garganta y en los hombros.

Alargo las manos hacia ella para mostrar lo que queria decir.

– Apretarle a alguien el hombro no le causa un ataque al corazon -replico ella en tono tranquilo, como si se tratara de una conversacion normal ante un cafe y el periodico de la manana.

– Si lo causa si esa persona tiene un historial de fibrilacion cardiaca y esta tomando propafenona.

– ?Y eso que es?

– Una medicina contra la fibrilacion. -Le dejo unos momentos para considerarlo y anadio-: O sea, que si una persona tomara eso para una dolencia del corazon, y alguien la agarrara y la tratara con brusquedad, podria provocarle la fibrilacion. Eso es lo que Rizzardi cree que pudo haber causado la muerte. Y habia lesiones en dos vertebras. -Se dio cuenta de que estaba forzando el argumento, asi que dijo-: Tambien cayo y se golpeo la cabeza. Contra un radiador. Esa pudo haber sido la causa.

– ?Pudo haber sido?

La miro a los ojos y tomo unos sorbos de cafe.

– El huevo o la gallina -no pudo evitar decir, y luego agrego, de mala gana-: La fibrilacion. Lo demas es tan solo una posibilidad, una elucubracion.

– ?Tuya o de el?

– De los dos.

Paola bebio de su taza, luego removio el cafe unas cuantas veces y se bebio el resto.

– ?Que dice Patta?

Brunetti tuvo la gentileza de sonreir.

– Nada nuevo. Quiere que el caso quede resuelto, y estoy seguro de que se siente tan feliz como unas pascuas con la explicacion obvia: ataque al corazon. Y asi acaba la cosa.

– Pero no para ti.

Esta vez fue Brunetti quien jugo con su taza. Vacio la cafetera en ella, anadio azucar y leche y se la bebio.

No lo se. No puedo decirlo; realmente no puedo. Hay algo en esto que me hace sentir incomodo. Al parecer, daba refugio a mujeres que huian de hombres peligrosos, y la monja de la casa di cura en la que trabajaba se mostro demasiado discreta al hablar de ella.

– Guido -dijo ella armandose de paciencia-, no hay ningun eclesiastico, a pesar de lo que crees, capaz de decir la verdad lisa y llanamente.

– Eso no es cierto -rechazo Brunetti, tajante. Luego, mas despacio-: Ha habido algunos.

– Algunos.

– De todos modos, tu nunca te fiaste de ellos.

– Pues claro que no me fio. Pero no los cuestiono en situaciones en las que la gente podria mentir: personas muertas o que podrian haber sido asesinadas. Recuerdalo, por favor. Yo hablo del tiempo con ellos cuando me los encuentro en casa de mis padres. La lluvia es un tema fascinante: demasiada o poca. Les gustan los absolutos. Pero esto no es lo mismo.

– ?Y te fias de ellos cuando hablan del tiempo?

– Solo si estoy cerca de una ventana y miro fuera -respondio Paola, que se puso en pie y dijo que debia irse a la universidad.

Una vez se hubo marchado, Brunetti echo un vistazo al periodico que ella habia dejado en la mesa de la cocina, pero fue incapaz de concentrarse en nada de lo que leia. Medito sobre lo que acababa de decirle a Paola, consciente de que sus observaciones, fruto de su instinto, reflejaban sus sentimientos sobre la muerte de la signora Altavilla. La monja sabia mas de lo que habia dicho, y el necesitaba averiguar mas acerca de Alba Libera.

Se dirigio a la sala de estar y marco el numero del despacho de la signorina Elettra. Pero entonces recordo que era martes, y que ella estaria aun en el mercado de Rialto, seleccionando las flores para el despacho del vicequestore Patta y para el suyo. Asi que marco el numero de su telefonino. Ella contesto con un languido «Si, Commissario?», y Brunetti fue acometido de nuevo por el sentimiento de que era una injusta ventaja psicologica ver quien le estaba llamando.

– Buenos dias, signorina -dijo con suavidad-. Me gustaria pedirle que haga algo por mi.

– Desde luego, signore, en cuanto este de regreso en el despacho.

– Oh, ?no esta usted alli? -pregunto, con falsa sorpresa.

– No, senor, estoy en el mercado. Es martes, ?sabe?

El era su superior, ella no estaba en su puesto de trabajo y no era previsible que volviera a el antes de una hora, en el mejor de los casos. Probablemente habia requisado una lancha de la policia para que la llevara al mercado a comprar flores, o habia acordado que una pasara a recogerla y la transportara -junto con las flores- de regreso a la questura, en clara violacion de las disposiciones reglamentarias. A el le correspondia la responsabilidad de reconvenirla y de velar porque esa extralimitacion no se repitiera.

– Si estoy ahi dentro de cinco minutos, ?podria llevarme a un sitio por motivos de trabajo?

– Desde luego. O puedo decirle a Foa que atraque al final de su calle y lo recoja alli.

A Brunetti le costo un segundo recuperar el aliento, y se limito a decir:

– No, es demasiada molestia. Me reunire con usted en los puestos de flores.

Colgo el telefono, regreso al dormitorio para coger su chaqueta y abandono el piso.

Solo necesito unos minutos para llegar al mercado, dejando los puestos de pescado a un lado, con su penetrante olor, algo que siempre le habia gustado. Cuando alzo la vista de un voluminoso calamar, vio a la signorina Elettra de pie, sosteniendo unas flores en los brazos, frente al puesto, que realmente no era tal, sino una hilera de grandes macetas de plastico, cada una repleta de flores. Comprar las flores en ese puesto y no en la floristeria Biancat era la contribucion de la signorina Elettra a la ultima demanda del vicequestore Patta, de que debia cesar todo gasto innecesario en la questura.

Brunetti nunca habia destacado por recordar los nombres de las flores. Los lirios los conocia porque a menudo se los llevaba a Paola, y los claveles y las rosas eran faciles de reconocer. Pero aquellas pequenas, con los petalos brillantes y rizados… habia olvidado su nombre, como tambien el de aquellas otras redondas, llamativas, del tamano de naranjas, con miles de petalos picudos. Reconocia los gladiolos, pero nunca le habian gustado, y la fragancia de las azucenas siempre le hacia sentirse ligeramente enfermo.

– Buenos dias, commissario -dijo la signorina Elettra con una luminosa sonrisa cuando lo vio aproximarse.

Llevaba una chaqueta de seda azul cobalto, y contra las flores rojas y amarillas aun parecia, de algun modo, mas brillante. Le alargo tres ramos, que pronto fueron reemplazados en los brazos de ella por otros que le entrego la vendedora. Mientras Brunetti esperaba, la signorina Elettra aparto un brazo lo suficiente como para entregar unos billetes a la mujer. A cambio no se le dio recibo alguno: segunda infraccion de la manana.

– ?Equipamiento de oficina? -pregunto, senalando con un gesto de la cabeza las flores de ella e ignorando las que llevaba el.

– Oh, commissario -replico la signorina Elettra con un inequivoco tono de sorpresa-, usted sabe que nunca me permitiria la menor irregularidad que afectara a las cuentas de la questura. -Cuando se dio cuenta de que Brunetti no iba a adoptar el papel de hombre recto, dijo-: Resulta que tengo el recibo de unos cartuchos de color para una impresora. Los presentare: el importe es mas o menos el mismo.

El no quiso saber. No quiso saber. De este modo, la florista no pagaba impuestos por la venta. Alguien le habia dado a la signorina Elettra el recibo de alguna compra particular, y la questura pagaba por unas flores magicamente transformadas en cartuchos de color. Antes de subir

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