a la embarcacion y hacer tambien un uso inadecuado de ella, Brunetti decidio dejar de llevar la cuenta de las infracciones.

Foa aparecio por la izquierda y se hizo cargo de las flores de la signorina Elettra. Al otro lado del mercado, una lancha de la policia estaba amarrada en la riva, con el motor en marcha y con otro oficial uniformado al timon. Foa le paso las flores a su colega, salto a la embarcacion y ayudo a la signorina Elettra a ocupar su sitio, luego se adelanto, tomo las flores de Brunetti, y dejo que este subiera a bordo por sus propios medios.

Brunetti abrio la puerta de la cabina y se reunio con la signorina Elettra. Cuando estuvieron sentados y la embarcacion pasaba bajo el Rialto, dijo:

– Signorina, ?sabe usted algo de una organizacion llamada Alba Libera?

La signorina Elettra abrio mucho los ojos, dando a entender que ya sabia por donde iba.

– Desde luego, desde luego. Pero me coge usted por sorpresa.

Brunetti asintio a modo de respuesta y comento:

– Ella era miembro de la organizacion; bien, al menos, colaboradora. Y por lo que conto su vecina, acogia a mujeres.

– Eso explica lo de la ropa interior.

Brunetti dejo pasar unos instantes antes de preguntar:

– ?Sabe usted algo acerca de esa gente?

Lo miro a los ojos y luego dejo que los suyos se desplazaran hacia los edificios ante los que estaban pasando. Finalmente volvio a mirarlo y dijo:

– Un poquito.

– ?Puedo preguntarle en que consiste ese poquito?

– En lo que usted acaba de decir, signore: proporcionan lugares seguros a mujeres para que se alojen en ellos.

– ?Mujeres en peligro?

– Todas las mujeres que se ponen en contacto con ellos estan necesitadas.

– ?Eso es todo lo que la interesada tiene que decir?

– Estoy segura de que le piden pruebas.

– ?Y en que consistirian? -indago Brunetti con voz serena.

– Informes policiales. -Una prolongada pausa-. O informes del hospital.

– Comprendo. Usted parece familiarizada con ellas.

Brunetti trato de emplear un tono diplomatico y neutro. Ella sonrio.

– Cada ano les doy dinero. Pero como trabajo donde trabajo, nunca me he ofrecido para acoger a ninguna mujer, de modo que no estoy mezclada en eso.

Brunetti asintio y dijo:

– Probablemente eso es lo mas sensato. -Y luego pregunto-: Pero ?usted sabe quien es esa gente?

– Si -respondio, como si no mostrara el menor entusiasmo al reconocerlo.

– ?Podria…? -empezo, nada seguro de como formular su peticion-. ?Podria presentarmelos?

– ?Y avalarlo a usted? -pregunto con una sonrisa.

– Algo asi.

– ?Ahora?

– Cuando lleguemos a la questura -contesto. Luego pregunto-: ?Saben donde trabaja usted?

– No -dijo, rechazando la pregunta con un gesto de la mano-. Solo que trabajo para un organismo publico.

– Mejor asi.

– Si.

14

Cuando llegaron a la questura, Foa y su companero parecieron felices por ayudar a la signorina Elettra con las flores, y Brunetti se fue directamente a su despacho. Habia algunos informes y papeles en su escritorio, la mayoria de caracter burocratico, y paso algun tiempo hojeandolos.

Lo unico que capto su interes fue una solicitud de informacion sobre una mujer rumana, uno de cuyos nombres Brunetti reconocio. La habian detenido al menos una docena de veces, cada una bajo un seudonimo distinto y con un lugar y una fecha de nacimiento diferentes. Al parecer, ahora se la localizaba en Ferrara, donde habia sido detenida en la estacion del ferrocarril mientras trataba de robar el bolso de una policia fuera de servicio. Se nego a dar cualquier informacion aparte de su nombre, pero llevaba en el bolsillo el tique de un cafe en un bar de Castello, de modo que la policia de Ferrara contacto con ellos para darles el nombre que usaba la mujer, su foto y sus huellas dactilares.

Llamo al archivo, facilito los alias que la mujer habia usado en Ferrara y el nombre que el creia que constaria en su expediente. Cuando oyo los nombres, el archivero se echo a reir y dijo:

– Y yo que pense que nos habiamos librado de ella.

– Nos hemos librado, pero me temo que en Ferrara no. ?Podria mandarme una copia del expediente?

– ?Y ahora ella recibira una carta de ellos diciendole que abandone el pais antes de cuarenta y ocho horas? - pregunto Tomasini. Luego, tras un momento de reflexion, dijo en un tono completamente serio-: Sabe, creo que deberiamos presentarnos como una cooperativa de arte y solicitar permiso para exponer en la Biennale. Todo lo que tendrian que hacer es cedernos el pabellon italiano.

– ?Quienes somos «nosotros»?

– Todos los de aqui, pero yo especialmente porque dispongo de todos los documentos y de las copias de las cartas.

– ?Y que haria con ellos?

– Empapelar las paredes de todo el pabellon. Sin ningun orden, ni cronologico ni alfabetico ni segun el delito. Nos limitariamos a mezclar unos miles de esas cartas diciendo a la misma gente, una vez tras otra, que dispone de cuarenta y ocho horas para abandonar el pais debido al delito cometido, y los pegariamos en las paredes. Y lo llamariamos algo asi como «Italia Oggi». -El tono de burla desaparecio de la voz del archivero cuando pregunto-: Es el titulo adecuado, ?no? Eso es la Italia de hoy. -Como Brunetti no contestaba, el joven repitio-: ?No?

– Fabio -dijo Brunetti con voz mesurada-, mande el expediente a Ferrara, ?de acuerdo?

– Si, dottore -contesto y colgo el telefono.

Los ecologistas nunca se cansaban de decir que la ciudad iba a acabar bajo las aguas al cabo de unos anos, pero el numero de estos cambiaba y nadie cuestionaba la prediccion. ?Cuando, se preguntaba Brunetti, se sumergiria el pais entero bajo los papeles? Las paredes de las habitaciones de la parte posterior de la planta baja estaban ya recorridas por estanterias metalicas llenas de expedientes que llegaban desde el suelo hasta diez centimetros antes del techo. La acqua alta de tres anos atras habia destruido el contenido de los dos primeros estantes, mucho antes de que hubieran sido digitalizados, de modo que parte del archivo de antecedentes criminales se habia perdido definitivamente. Quiza Tomasini tenia razon en algo: seguro que una exposicion en la Biennale podia resultar igual de efimera que los archivos de abajo.

Sono el telefono.

– He hablado con ellos, commissario -anuncio la signorina Elettra-. ?Subo y se lo cuento?

– Si, haga el favor.

Llego precedida de flores.

– Me temo que esta manana me lleve demasiadas, dottore -dijo al entrar-. Asi que me gustaria dejar algunas aqui, si a usted no le importa.

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