La signorina Elettra asintio. Brunetti advirtio que la animacion abandonaba su rostro y que fijaba la mirada en otra parte, dos cosas que el habia observado que hacia cuando algo captaba su atencion. La conocia lo bastante como para esperar a que reanudara la conversacion. Cuando lo hizo, dijo:

– A menudo he pensado que las monjas tienen una reaccion diferente ante los hombres.

– Diferente ?en que sentido o respecto a quien?

– Diferente de las mujeres… -hizo una pausa, obviamente incapaz de encontrar la expresion adecuada- de las mujeres que los encuentran atractivos.

– ?Quiere decir de una manera romantica?

Ella sonrio.

– Que delicadamente lo plantea, commissario. Si, «de una manera romantica».

– ?Y que es lo diferente?

– A nosotras nos asustan menos -respondio al instante, pero luego anadio-: O quiza sea probable que nosotras confiemos mas en ellos porque estamos mas familiarizadas con el funcionamiento de sus mentes.

– ?Cree usted que las mujeres nos entienden?

– Es un recurso para la supervivencia, commissario. -Sonrio al decirlo, pero luego su rostro se puso serio y prosiguio-: Acaso la diferencia se deba realmente a que vivimos con los hombres, tratamos con ellos a diario y nos enamoramos de ellos y dejamos de amarlos. Creo que eso debe minimizar nuestra sensacion de que son algo ajeno.

– ?Ajeno? -pregunto Brunetti, incapaz de disimular su sorpresa.

– Diferente, en todo caso.

– ?Y las monjas? -inquirio, devolviendola al comienzo de lo que la habia llevado por aquel camino.

– Queda cerrada toda una zona de interaccion. Llamelo usted flirteo si quiere, dottore. Quiero decir toda la zona en la que andamos jugando con la idea de que la otra persona es atractiva.

– ?O sea, que las monjas no sienten eso? -pregunto Brunetti, interrogandose por el uso que ella habia hecho de la palabra «jugar».

La signorina Elettra se encogio levemente de hombros.

– No tengo idea de si lo sienten o no. Por su bien espero que si, porque si una consigue reprimirlo, entonces algo va mal. -Se puso en pie bruscamente, sorprendiendolo y, segun el mismo se percato, decepcionandolo al no querer continuar con el asunto. De pie junto a su silla, dijo-: Segun usted, la monja se mostraba reservada. Si no era por sus sentimientos respecto a los hombres, y creo que a cualquiera le costaria encontrar amenazador a Vianello, entonces quiza fuera porque es una meridional o porque hay algo que no quiere que usted sepa. Yo en ningun caso excluiria esa posibilidad.

Sonrio y se fue, dejando a Brunetti para que considerase por que no habia dicho de el que resultaria dificil encontrarlo amenazador.

Levanto la vista y vio en la puerta al teniente Scarpa. Brunetti se esforzo en disimular su sorpresa y lo saludo:

– Buenos dias, teniente.

Nunca podia mirar al teniente sin que la palabra «reptil» acudiera a su pensamiento. Eso no tenia nada que ver con el aspecto del teniente, pues sin duda era un hombre apuesto: de buena estatura y delgado, con una nariz prominente y ojos muy separados sobre unos pomulos altos. Quiza tenia que ver con cierta sinuosidad en la forma de moverse, un defecto que le impedia levantar plenamente los pies al andar, lo que daba lugar a que sus rodillas parecieran serpentear. Brunetti se resistia a admitir que atribuia aquello a su creencia de que en el interior del hombre no habia nada mas que la frialdad helada que se encuentra en los reptiles y en las lejanias del espacio.

– Sientese, teniente -lo invito Brunetti, y puso las manos sobre su escritorio, en un gesto de cortes expectacion.

El teniente hizo lo que se le pedia.

– He venido a pedirle consejo, commissario -dijo, suavizando las consonantes a su manera siciliana.

– ?Si? -pregunto Brunetti en un tono rigurosamente neutro.

– Es acerca de dos de los hombres de mi brigada.

– ?Si?

– Alvise y Riverre -dijo Scarpa, y la sensacion de peligro de Brunetti no hubiera podido ser mas acusada si el hombre hubiera emitido un silbido.

Brunetti compuso una expresion de tibio interes, preguntandose que habrian hecho ahora aquellos dos payasos, y repitio:

– ?Si?

– Son imposibles, commissario. En Riverre se puede confiar para contestar al telefono, pero Alvise no es capaz ni de eso.

Scarpa se adelanto y apoyo la palma de la mano en la mesa de Brunetti, un gesto que sin duda habia aprendido a hacer cuando queria dar a entender sinceridad y preocupacion.

Brunetti no podia dejar de estar muy de acuerdo con aquella afirmacion relativa a los dos hombres. Riverre, sin embargo, tenia cierto gancho para hacer hablar a los adolescentes, sin duda por un sentimiento de companerismo. Pero Alvise era, para decirlo en pocas palabras, un caso perdido. O concretamente en tres: estupido sin remedio. Recordo que Alvise habia pasado meses trabajando en un proyecto especial con Scarpa unos anos antes: ?el pobre bobo tropezo con algo que pudiera comprometer al teniente? En tal caso, habria sido demasiado estupido para darse cuenta, o de lo contrario toda la questura se hubiera enterado el mismo dia.

– No estoy seguro de coincidir con usted, teniente -mintio Brunetti-. Como tampoco se por que ha decidido venir a contarme eso.

Si el teniente queria algo, Brunetti se oponia. Era tan sencillo como eso.

– Yo esperaba que su preocupacion por la seguridad ciudadana y por la reputacion de nuestras fuerzas lo animarian a tratar de hacer algo con ellos. Por eso he venido a pedirle consejo -dijo, y luego el eco llego con su usual y exasperante retraso-…, senor.

– No dude que aprecio su inquietud, teniente -replico Brunetti con su voz mas anodina. Luego, poniendose en pie, anadio, tratando de parecer contrariado-. Pero desafortunadamente me estoy retrasando para una cita y debo marcharme. Sin embargo, tenga la seguridad de que considerare sus comentarios y… -empezo a decir, y para demostrar que era igualmente capaz de recurrir al eco, hizo una pausa antes de agregar-: y el espiritu que los anima.

Brunetti rodeo su escritorio y se detuvo junto al teniente, que no tuvo otra alternativa que ponerse en pie. Brunetti guio a Scarpa fuera de su despacho, volvio para cerrar la puerta, algo que hacia raras veces, y lo precedio escaleras abajo. Brunetti saludo con un movimiento de cabeza al teniente y cruzo el vestibulo, sin molestarse en detenerse y hablar con el guardia. Una vez fuera, decidio ir a Bragora y tratar de hablar con alguno de los ancianos con los que la signora Altavilla habia trabado amistad, convencido de que escucharlos hablar de su pasado, por mas exagerados que fuesen sus recuerdos, seria preferible, con mucho, a prestar oidos a la verdad -especialmente por boca de personas como el teniente Scarpa- acerca de Alvise y Riverre.

Penso seguir el itinerario mas largo hasta Bragora y cruzo el puente hacia el Campo San Lorenzo. Al acercarse, Brunetti vio el letrero, descolorido por el sol, que daba cuenta de la fecha en que comenzo la restauracion de la iglesia. Ya no podia recordar cuando se suponia que empezaron, pero seguro que hacia decadas. La gente de la questura decia que las obras habian comenzado realmente, pero eso era antes de los tiempos de Brunetti, y por eso el solo podia creer en el rumor. Durante los anos que el estuvo junto a su ventana y estudio el campo, vio empezar, continuar e incluso acabar la restauracion de la casa di cura. Quiza esa restauracion era de mayor importancia que la de una iglesia.

Torcio a la derecha y a la izquierda varias veces y se encontro de nuevo pasando ante la iglesia de San Antonin. Luego, se encamino a la Salizada y salio al campo, donde los arboles aun invitaban a los transeuntes a sentarse un rato a su sombra.

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