mitad de ellas pequenas y con capacidad para solo una o dos personas. Habia mas o menos una docena de comensales, algunos reunidos en parejas, un grupo de cuatro y alguno solo. No quedaba ninguna mesa vacia. Habia botellas de vino y de agua mineral en todas, y los platos parecian de porcelana. Las cabezas se volvieron cuando entro en el comedor, pero de inmediato aparecieron detras de el dos muchachas de piel oscura vestidas con una version simplificada del habito que llevaban la madre Rosa y la otra hermana. Entre la toca y el velo de la primera asomaban los ojos almendrados y la nariz muy arqueada de una estatua tolteca. Los labios, esculpidos en su rostro de caoba, estaban rodeados por una delgada linea de piel mas clara que exageraba su rojo natural. Brunetti se la quedo mirando hasta que giro en su direccion. Entonces el actuo como lo hacia cuando un sospechoso le sostenia la mirada: cambio el enfoque de sus ojos, los adapto a la vision lejana y recorrio con ellos la estancia, como si la joven no hubiera estado alli o no mereciera su atencion.

Las dos novicias se apresuraban en torno a las mesas, apilando los platos en los que se habia servido la pasta. Cuando pasaron camino de la cocina, Brunetti vio restos de pesto, una salsa de color verde que no le gustaba. Las novicias regresaron rapidamente, transportando cada una de ellas tres platos que contenian cerdo, zanahorias en rodajas y patatas. Sirvieron a los comensales de las mesas mas proximas, desaparecieron y volvieron con mas platos.

El rumor de conversacion que se habia roto al verlo se reanudo, y las cabezas -la mayoria blancas, excepto alguna, desafiante- se inclinaron sobre su almuerzo. Los tenedores golpeaban la porcelana y las botellas los vasos; los sonidos usuales durante una comida en comunidad.

La monja que habia abierto la puerta principal aparecio de repente junto a el y pregunto:

– ?Querria, signore, que le dijera quienes son? Dando por supuesto que habia sido enviada por la madre superiora, Brunetti accedio:

– Seria muy amable de su parte, suora. -El dottor Grandesso almuerza hoy en su habitacion; la signora Sartori esta ahi, en la segunda mesa, vestida de negro; y a la signora Cannata la acompanan otras personas a la mesa que esta junto a la anterior. Es la del pelo rojo.

Brunetti recorrio con la vista el comedor y localizo a ambas mujeres. La signora Sartori estaba encorvada sobre su comida, con el brazo izquierdo rodeando el plato, como si tratara de protegerlo de alguien que quisiera arrebatarselo. La vio de perfil: un pomulo alto cubierto con poca carne, pero con una abundante papada colgandole bajo la barbilla. La pintura de labios era de un rojo violento y se desviaba mas alla de la boca. El cutis, como el de los ancianos que ya no ven la luz del dia, tenia un matiz ligeramente verdoso, un efecto intensificado por el cabello, negro como la tinta, que le llegaba hasta los hombros.

Sujetaba el tenedor con su puno nudoso y lo utilizaba como una pala con las patatas. Brunetti advirtio que la carne le habia llegado ya cortada en trocitos minimos. Mientras la observaba, ella se termino las patatas y a continuacion, y no menos rapidamente, las zanahorias. Cogio una rebanada de pan, la partio por la mitad, y con una de las mitades rebano medio plato hasta dejarlo limpio, y luego hizo lo mismo con la otra mitad. Mientras el seguia observando, la signora Sartori acabo con dos rebanadas mas, y cuando no quedaban otras, detuvo sus movimientos y permanecio sentada, inmovil. Una de las novicias le retiro el plato vacio y recibio una penetrante y airada mirada por hacerlo.

Brunetti se acerco a la mesa de la mujer del pelo rojo. Las novicias pasaron rapidamente ante el y sirvieron un trozo de pastel de manzana a cada una de las tres personas sentadas a la mesa. El se detuvo a poca distancia y se dirigio a la mujer del ralo pelo rojo.

– ?Signora Cannata?

Ella levanto la vista y le sonrio de una manera que el juzgo de forma automatica como insinuante. Sus ojos pestanearon rapidamente y levanto una mano abierta como para mantener a raya a Brunetti, como si fuera una adolescente y el, el primer muchacho que le hubiera dirigido un cumplido. Tenia la nariz fina y bien dibujada, y la piel tirante bajo los ojos presentaba unas sombras mas ligeras que el resto de su cara. El rimel habia sido aplicado con torpeza, como tambien el lapiz de labios, del que eran visibles huellas en la servilleta y en las arruguitas a ambos lados de la boca. Lo mismo podia tener sesenta anos que tener un hijo de esa edad.

Las demas personas de la mesa se volvieron hacia Brunetti: un hombre con escaso pelo blanco y un sospechoso bigote negro, y una mujer rubia cuyo rostro y lo que pudo ver Brunetti de su pecho parecian estar hechos de cuero bien curtido. La cabeza de la mujer y, cuando Brunetti se fijo mas, tambien sus manos se movian erraticamente a causa de un evidente temblor. El hizo una inclinacion de cabeza y sonrio a todos los reunidos.

– ?Y usted es…? -pregunto el hombre del bigote.

– Guido Brunetti -respondio, y anadio procurando emplear un tono mas sobrio-: Un amigo de Costanza Altavilla.

La expresion de los comensales no cambio, aunque la rubia fue acometida por un momentaneo temblor en las comisuras de los labios. Ladeo la cabeza mientras decia: «Ah, povera donna», y el hombre movio la suya y produjo un chasquido con la lengua. ?A eso se reducia todo?, se pregunto Brunetti. ?Llegamos a un punto en nuestras vidas en que la muerte de otras personas no importa, y que lo mas que cabe esperar es una especie de tristeza formularia, la manifestacion generica de la pena en lugar de la real? Lo que observo en ellos era algo mucho mas proximo a la desaprobacion que a la tristeza. Verguenza ante la muerte por haber mostrado su rostro en nuestras vidas; verguenza ante la muerte por habernos recordado que acechaba fuera y nos esperaba.

– Oh, un amigo de Costanza -comento la signora Cannata, suspirando.

– Mas de su hijo, en realidad. De hecho, el me pidio que viniera y hablara con las hermanas -empezo a decir, lo cual era verdad, pero rapidamente, sin solucion de continuidad, paso a la mentira-. Me pidio que cuando estuviera aqui procurara hablar con algunas de las personas que ella mencionaba y les dijera cuanto las apreciaba Costanza.

Al oir esto, la signora Cannata se llevo la mano abierta al pecho, como si preguntara: «?Quien? ?Yo?»

Brunetti le dirigio una sonrisa caritativa y dijo:

– Y espero poder decirle algunas palabras a su hijo, algun testimonio de cuanto la apreciaban aqui.

El hombre se puso en pie bruscamente, como si estuviera cansado de toda aquella charla de afecto y consideracion. La rubia tambien se levanto y ambos se tomaron del brazo.

– Salimos a tomar un cafe -le dijo el a Brunetti o a la signora Cannata o, para que todo el mundo se enterara, a los angeles de la guarda.

Dirigio una inclinacion de cabeza a Brunetti, no hizo movimiento alguno para tenderle la mano y se alejo, acompanado por la mujer. Ignorandolos, Brunetti pregunto:

– ?Puedo sentarme con usted, signora? -Y ante su sonrisa y su gesto invitador, se sento en la silla a su izquierda, que nadie habia ocupado. El le devolvio la sonrisa y dijo-: Como puede usted comprender, signora, su hijo se siente muy abatido por el suceso. Usted sabe lo unidos que estaban.

Ella levanto la servilleta, que Brunetti advirtio era de tela y no de papel, la doblo en busca de una parte limpia, y se dio dos exquisitos toques en la comisura del ojo izquierdo y luego en la del derecho.

– Es algo terrible. Pero supongo que su hijo -es medico, ?verdad?- sabia que no andaba bien de salud. -Hizo un gesto con la boca, y dirigio hacia abajo las comisuras de los labios-. Fue un ataque al corazon, ?no?

– Si, eso fue. Al menos la pobre no sufrio -dijo, esforzandose por emplear un tono de voz que denotara conmiseracion, tal como recordaba haberlo oido en su juventud.

– Ah, gracias a Dios. Al menos por eso.

Inconscientemente, volvio a llevarse la mano abierta al pecho. Esta vez el gesto no tenia nada de artificioso.

– Su hijo me conto que usted era una de las personas que ella mencionaba con frecuencia. Y, segun decia, disfrutaba mucho conversando con usted.

– Oh, eso es muy halagador. No es que yo tenga mucho de que hablar. Bien, quiza cuando era joven y vivia mi marido. Era contable, ?sabe?, y ayudaba a mucha gente importante de la ciudad.

Brunetti apoyo el codo en la mesa y la barbilla en la palma derecha, dispuesto a permanecer alli sentado toda la tarde y escuchar la historia de los triunfos numericos del marido. La signora Cannata no lo decepciono: durante su vida laboral, su marido descubrio unos excesivos pagos por impuestos del

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