buscando que decir.

– Usted no es un hombre religioso, ?verdad?

– No.

– Pero ?tuvo una formacion religiosa?

– Si.

Brunetti no tuvo otra opcion que admitirlo.

– Entonces recuerda la sensacion que lo embargaba cuando acababa de confesarse -cuando usted aun creia en ello, quiero decir- y se sentia elevado -si esa es la palabra adecuada- al quedar libre de su culpa y de su verguenza. El sacerdote pronunciaba las palabras, usted decia las plegarias y de algun modo su alma volvia a quedar limpia.

Brunetti asintio. Si, lo recordaba y era lo bastante inteligente como para sentirse gozoso por haber vivido aquella experiencia. El otro debio leerlo en el rostro de Brunetti, pues continuo:

– Se que suena raro, pero ella tenia una capacidad que me recordaba eso. Me escuchaba. Se limitaba a sentarse ahi y a sonreirme, y en ocasiones me cogia la mano y yo le contaba cosas que no le habia contado a nadie desde que murio mi mujer. -Desaparecio bajo sus ojos cerrados, y cuando regreso dijo-: Y me temo que tambien le conte algunas cosas que mi mujer nunca supo. Despues de eso me apretaba la mano y yo me sentia aliviado por haber sido capaz, por fin, de decirselo a alguien. -El doctor trato de levantar una mano para hacer alguna clase de gesto, pero solo consiguio levantarla de la cama unos pocos centimetros, antes de que volviera a caer-. No preguntaba, nunca parecio curiosa en ningun sentido insano; quiza era la serenidad que habia en ella lo que me impulso a contarle cosas. Y nunca juzgo, nunca mostro sorpresa ni desaprobacion. Todo cuanto hacia era sentarse ahi y escuchar.

Brunetti quiso preguntarle que le habia dicho, pero no pudo. Se dijo que era por respeto a la situacion del doctor, pero sabia que alguna clase de tabu religioso le impedia atreverse a romper el sello de aquel confesionario, al menos en presencia de uno de los que alli habian hablado. En lugar de eso, pregunto:

– ?Cree usted que escuchaba a todos de la misma forma?

Algo que pudo haber sido una sonrisa destello en el rostro del doctor, pero su boca era demasiado delgada para que se reflejara en sus labios.

– ?Quiere decir si creo que todo el mundo hablaba con ella?

– Si.

– No lo se. Dependeria de la persona. Pero, como usted sabe, a los viejos les gusta hablar, y lo que mas les gusta es hablar de si mismos. De nosotros mismos. La he visto con ellos, y creo que la mayoria le hablaria con libertad. Y si pensaban que realmente ella podria perdonarlos, entonces…

Su voz se apago. Brunetti no pudo resistir por mas tiempo su curiosidad.

– ?Y a usted?

Pugno por mover la cabeza, pero cuando no lo consiguio, dijo:

– No.

– ?Por que?

– Porque, al igual que usted, signore -dijo el doctor, y esta vez la sonrisa si alcanzo sus labios-, no creo en la absolucion.

17

De pronto a Brunetti se le ocurrio preguntarse como aquel hombre condenado a permanecer en la cama habia conseguido ver a la signora Altavilla en compania de otras personas.

– ?Es algo que usted observo, dottore?

El doctor tardo un rato en contestar.

– No siempre he estado asi -se limito a responder, como para aclarar que el momento de las explicaciones habia pasado, y que aquel hecho era lo unico para lo que ahora tenia tiempo. Brunetti guardo silencio tanto rato que el doctor dijo-: Creo que estaria usted mas comodo si se sentara.

Brunetti acerco a la cama una silla de respaldo recto e hizo lo que se le habia dicho. Era como si Grandesso, y no Brunetti, se hubiera relajado. Sus labios se cerraron una vez, dos veces, pero luego se abrieron y dijo:

– Yo estuve sentado junto a ella cuando la gente le contaba cosas que mas hubiera valido que se guardara. -Y luego, antes de que Brunetti pudiera preguntar, anadio-: A los medicos les corresponde guardar secretos.

Sonriendo, Brunetti comento:

– Imagino que eso se le da bien, doctor.

El dottor Grandesso empezo a devolverle la sonrisa, pero luego su rostro se contrajo en un gesto de dolor. Los tendones de su mandibula se tensaron varias veces, y Brunetti creyo oirle rechinar los dientes, aunque no estuvo seguro. De los ojos del hombre brotaron lagrimas que resbalaron por sus mejillas. Brunetti medio se levanto de la silla, sin saber si tomar la mano del doctor o pedir ayuda, pero entonces el rostro del yacente se relajo. La mandibula se aflojo y abrio la boca. Jadeo varias veces y luego se fue calmando, aunque todavia tuvo que esforzarse por coger suficiente aire para respirar.

– Hay algo que yo pueda… -empezo a decir Brunetti.

– No -respondio entre jadeos-. No se lo diga a ellas, por favor.

Brunetti asintio con la cabeza, incapaz de responder.

– Nada de hospital… -dijo el doctor, sin dejar de jadear-. Es mejor aqui.

Su voz llegaba en breves rachas, separadas por largas respiraciones. Cerro los ojos de nuevo, y esta vez su rostro se distendio y el torturado sonido de su respiracion ceso.

Por un instante, Brunetti temio que aquel hombre muriese ante sus ojos, sin que el pudiera evitarlo. Luego oyo otra de aquellas prolongadas respiraciones, pero mas suave. Permanecio sentado, inmovil, y observo al doctor hasta estar seguro de que se habia dormido. Tan silenciosamente como pudo, Brunetti se puso en pie y retrocedio hacia la puerta. Salio al corredor, dejando la puerta abierta de tal modo que el durmiente pudiera ser visto.

El corredor estaba vacio. El entrechocar de platos y el rumor del agua corriente llegaba de detras de la puerta cerrada de la cocina. Brunetti se apoyo en la pared. Echo la cabeza atras hasta tocarla y permanecio asi unos minutos.

Una de las novicias de tez oscura salio de la cocina y tomo la direccion opuesta. Al oir sus pasos, Brunetti se volvio hacia ella:

– Perdone -dijo, y se aparto de la pared.

Ella le sonrio al verlo.

– Si, signore? ?Como esta el dottore Grandesso?

– Descansa.

Le agrado oir eso y dio media vuelta para irse. Brunetti, indeciso todavia sobre como debia dirigirse a ella, se obligo a preguntar:

– ?Podria decirme donde encontrar a la signora Sartori?

Vestia el habito de novicia, de modo que no podia llamarla «suora», pero habia renunciado a que la llamaran «signorina».

– Ah, no se si esta para recibir visitas -dijo, y luego anadio en tono de incomodidad-: Ahora solo la visita su marido. Segun el, se alterara si tiene a otras personas en su habitacion, y no quiere molestarla.

Brunetti se pregunto cuando habia empezado el «ahora».

– Ah -respondio, exteriorizando su decepcion-. El hijo de la signora Altavilla me pidio que tratara de hablar con las personas mas proximas a su madre, y que les dijera lo importante que fueron para ella -le explico con la sonrisa desenvuelta de un viejo amigo de la familia. Miro su rostro en busca de signos de que lo creia o de conmiseracion, y cuando vio los primeros, anadio-: Me dijo que estaba seguro de que ella hubiera querido que los conociera.

– En ese caso supongo que todo esta bien.

La novicia se permitio sonreir, revelando una resplandeciente dentadura blanca, cuya perfeccion se veia aumentada por el contraste con su tez oscura. Brunetti se pregunto como le podian haber «molestado» a alguien las visitas de la signora Altavilla o como alguien pudo considerarlas a esa luz. Pero no

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