dio muestras de su inseguridad cuando la joven le pidio que la siguiera a la habitacion de la signora Sartori.

La puerta de esa habitacion tambien estaba abierta. La novicia entro directamente, sin anunciarse ni ella ni al hombre que la seguia. La mujer a la que Brunetti habia visto comer con tan solitaria intensidad estaba sentada ahora en una modesta silla frente a la unica ventana de la habitacion. Miraba la ventana de enfrente, que tenia los postigos cerrados, o quiza el muro en que aquella se abria. Su rostro permanecia inerte, y Brunetti lo vio tambien esta vez de perfil. El lapiz de labios seguia siendo rojo brillante y parecia recien aplicado.

– Signora Sartori -dijo la novicia-. Le he traido una visita.

La mujer permanecio concentrada contemplando el muro.

– Signora Sartori -intento de nuevo-. Este caballero ha venido a hablar con usted.

Tampoco hubo respuesta.

Se produjo un ruido detras de ellos, y cuando se volvieron vieron a la otra novicia de piel oscura -la que a Brunetti le hizo pensar en una estatua tolteca- quien, con las manos bajo el escapulario, dijo:

– Sor Giuditta necesita que la ayudes en la cocina.

Dirigio una sonrisa nerviosa a Brunetti, insegura de si debia decirle algo tambien a el.

En vista de que la reclamaban, la primera novicia junto las manos, miro a Brunetti, luego a su companera y despues, de nuevo, a la signora Sartori. Brunetti se invistio con un aire de mando circunstancial y dijo:

– Muy bien. Vaya usted a hablar con suora Giuditta. Yo la esperare aqui.

Para demostrar lo paciente que era, y como para afirmar su intencion de permanecer en la habitacion, miro alrededor y opto por sentarse en una silla a la izquierda de la puerta, a una segura y clara distancia de la mujer junto a la ventana.

Ante semejante manifestacion de autoridad masculina, ambas muchachas -pues apenas eran mas que eso- asintieron y abandonaron la habitacion, dejandolo solo con la signora Sartori. O a ella con el.

Se sento en silencio, tratando de captar lo consciente o inconsciente que ella era de su presencia. Conforme pasaba el tiempo empezo a sospechar que percibia su presencia como el la de ella. Dejo pasar mas tiempo. De vez en cuando pasaba alguien frente a la puerta, pero como Brunetti estaba sentado a un lado, nadie reparo en el. Nadie se detuvo para mirar dentro, ni acudio nadie a hablar con la signora Sartori. Al cabo de unos diez minutos, Brunetti empezo a sospechar que las novicias se habian olvidado de el o que, quiza, daban por seguro que se habia marchado.

Volvio a pensar en las mesas del comedor y en el asiento que habia escogido. Se sento a la izquierda de la signora Cannata, en la silla mas cercana a la signora Sartori. Esta hubiera podido oir facilmente lo que hablaron tras la marcha de las otras dos personas. Tan concentrada habia estado en su comida que a el ni se le ocurrio que pudiera haber dedicado su atencion a otra cosa. Por otra parte, le habia dicho poco a la signora Cannata, nada como para despertar el interes o estimular la curiosidad.

El silencio y el transcurrir del tiempo empezaron a pesarle, pero se obligo a permanecer silencioso y tranquilo.

La voz, cuando se dejo oir, era aspera. La voz de alguien que ya no esta acostumbrado a hablar mucho:

– Era una buena mujer.

?Cuantas veces iba a oir eso?, se pregunto Brunetti. Nunca lo habia puesto en duda, y nada de cuanto habia oido sobre ella le hizo sospechar que no fuera cierto. Los acontecimientos, sin embargo, habian situado a la signora Altavilla mas alla de toda critica, de tal modo que ahora importaba poco si habia sido o no buena persona ni quien sostenia que lo fue.

– Comprendia las cosas. Por que la gente hace cosas.

Hablaba en un dialecto tan cerrado que un no veneciano hubiera tenido que esforzarse para entenderla. Asintio a su propia afirmacion una y otra vez, pero sin mirar en direccion a Brunetti. Con una voz enteramente distinta, dijo:

– Tuvimos que hacerlo. -Y dejo que la ultima palabra se extinguiera en el silencio.

– A veces es duro saber -aventuro Brunetti.

– Nosotros sabiamos -se apresuro a contestar, a la defensiva.

– Desde luego.

Entonces se volvio a mirarlo.

– ?Es usted amigo de el?

Brunetti emitio un sonido que no comprometia a nada.

– ?Lo ha mandado el?

Al igual que una mala actriz, entrecerro los ojos al formular esa pregunta, como para demostrar que era una persona al mismo tiempo suspicaz e inteligente que sabria si la enganaban. Al ver enteramente su rostro por vez primera, Brunetti se sorprendio de lo amplio que era y de la amplitud de la boca. Dos profundas arrugas verticales discurrian junto a ella, y una tercera, esta horizontal y en mitad de la barbilla, hacian parecer su cara como la de una muneca de madera, un parecido que acentuaban la impasibilidad de su mirada y sus ojos azules, extranamente redondos.

– No, signora, no me ha mandado -respondio Brunetti, sin saber de quien estaban hablando-. He venido a verla, como tambien a la signora Cannata, para decirles lo importante que fue su amistad para la signora Altavilla, y cuanto las queria.

Debia preferir lo que veia al otro lado de la calle, pues volvio alli la mirada. Brunetti dejo pasar algo de tiempo. En el tono propio de una conversacion completamente normal, como a medio camino entre una pregunta y un recordatorio, dijo:

– Usted le conto lo que hizo.

Sus palabras parecieron descargar un golpe, pues ella se encorvo y junto los punos en el centro del pecho, pero no volvio el rostro hacia el.

Como de pasada, a la manera de un viejo refran relativo a la conducta de los ninos, Brunetti comento:

– Creo que eso ayuda: ser capaz de contar a las personas lo que hicimos y por que lo hicimos. Hablar de ello contribuye a alejarlo.

A Brunetti hablarle le parecia como tratar de encargar una comida con un menu escrito en una lengua que uno no conocia: podia descubrir una o dos palabras familiares, pero no tenia idea de lo que iban a servirle despues de pronunciar esas palabras.

– Se avecina el conflicto -dijo ella, dirigiendose a la ventana del otro lado de la calle.

Como convocado por sus palabras, un hombre cruzo la puerta. Era mayor que la mujer, bien entrado en los ochenta anos, uno de esos tipos corrientes que se ven en los bares: achaparrado, con la nariz gruesa por decadas de mucho beber, y un poco torcido por anos de vida disipada. Su cabello ralo, tenido de caoba oscuro, era mas largo en un lado de la cabeza. Lo llevaba cuidadosamente peinado sobre su craneo calvo, y mantenido en su lugar por alguna clase de gomina brillante que hacia parecer su cabeza como si la hubieran pintado o aceitado recientemente y, luego, le hubieran puesto reflejos con pintura oscura.

Entro en el preciso momento que ella hablaba, como si su llegada fuera una respuesta a sus palabras. Se detuvo en seco al ver a Brunetti en la silla junto a la puerta.

– ?Quien es usted? -pregunto airadamente, como si Brunetti lo hubiera provocado y el no estuviera dispuesto a tolerarlo por mas tiempo.

Como Brunetti no contesto en seguida, el hombre se adelanto unos pasos hacia el, se detuvo y planto pesadamente los pies, dotandose de una firme base desde la que lanzar un ataque.

– Le he preguntado quien es usted.

Las venillas de sus mejillas y de su nariz enrojecieron, como si la ira las hubiera puesto en funcionamiento.

– ?Que esta usted haciendo aqui? -pregunto, mirando a la mujer, cuya atencion habia permanecido fija en la ventana.

La expresion del hombre se suavizo cuando la miro, pero ella lo ignoro y el no hizo movimiento alguno para acercarsele. Se volvio de nuevo a Brunetti.

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