– ?La esta molestando?
Brunetti se puso en pie despacio y adopto un aire de ligero alivio. Se inclino y estiro cuidadosamente las rodillas de los pantalones, para mostrar su preocupacion porque no quedaran arrugados.
– Ah -exclamo, en un tono de desahogo para que resultara audible-, si es usted el marido de la
Esto confundio al anciano, que inquirio:
– ?Quien cree que es para hacerme preguntas? ?Y que esta haciendo aqui? -Ante la negativa de Brunetti a responder, repitio, elevando la voz un poco mas-: ?Ha estado molestandola?
Se acerco a la mujer, colocando la masa de su cuerpo entre ella y Brunetti. Este se echo la mano al bolsillo y saco su cuaderno.
– Todo lo que hice fue tratar de plantearle una pregunta -dijo, dejando que la contrariedad se deslizara en su voz-, pero me di cuenta de que deberia hablar con otra persona,
Una expresion entre la acritud y el dolor cruzo el rostro del anciano. Brunetti se humedecio un dedo en la lengua y paso varias paginas, luego senalo una en la que habia escrito, como preparacion para una reunion entre padres y docentes que iba a celebrarse en la escuela de Chiara la semana siguiente, una lista de sus profesores y de las materias que ensenaban.
– Necesito la informacion sobre los anos 1988 y 1989. No podemos hacer nada hasta que la tengamos.
– Vayase al infierno con su 1988 y llevese el 1989 -dijo el anciano, encantado de tener ahora un motivo concreto de enfado, y tambien de su ingenio para expresarlo.
Brunetti dejo que primero la sorpresa y luego la indignacion se reflejaran en su cara. Despues dirigio una detenida mirada a aquel ruidoso anciano, como si lo viera o lo oyera por primera vez. Se mantuvo erguido y dio un paso hacia el. No hubo amenaza en ese movimiento, pero el anciano se inclino hacia atras, como para esquivarlo, aunque no se movio de su posicion frente a la mujer.
Brunetti agito el cuaderno en el aire entre ellos.
– ?Ve esto,
Empleo un tono como si, en vista de como lo habia tratado aquel hombre, casi estuviera complacido por el hecho.
– Le he preguntado por esos anos -dijo Brunetti, mirando hacia ella con un fastidio que trataba de disimular sin conseguirlo. Habia ido a tratar de resolver un problema, y primero la mujer permanecia muda, y ahora el hombre lo mandaba al infierno-. Es como hablar con una estatua. -Se inclino hacia delante, y esta vez el anciano dio un paso atras-. Y ahora tengo que oirlo a usted -concluyo, con manifiesto desagrado.
Brunetti respiro varias veces profundamente como si hiciera acopio de paciencia; pero, como todos los burocratas, habia un punto mas alla del cual su paciencia se agotaba, y lo habia sobrepasado claramente.
– Uno trata de ayudar a la gente, y todo lo que saca en limpio es que lo maltraten.
Mientras hablaba, con la voz mas airada con cada frase, Brunetti mantenia la vista en el anciano. Si le hubiera pinchado con una aguja, no lo habria desinflado mas rapidamente. Cosa bastante extrana, esta vez las otras partes de su cara se sonrojaron, mientras que las mejillas y la nariz adquirieron una blancura insana. Echo una mirada a la mujer para comprobar si habia seguido la conversacion, y Brunetti casi pudo oler el miedo del marido a que ella hubiera oido y comprendido lo que su intromision habia provocado.
El anciano levanto ambas manos en un gesto conciliador hacia Brunetti.
Todos los signos de agresion y enfado habian desaparecido, y adopto una leve sonrisa.
– No -replico Brunetti, cerrando el cuaderno en las narices del hombre y devolviendolo a su bolsillo-. No. Es inutil perder el tiempo con gente como usted. Es inutil tratar de hacer un favor a alguien. -Forzo su voz elevandola hasta casi gritar-. Puede usted esperar la notificacion oficial, que es el procedimiento que se sigue con todo el mundo.
Se volvio y camino apresuradamente hacia la puerta. El anciano hizo una tentativa de ir tras el, con las manos todavia levantadas, ahora casi en una suplica.
– Pero
Empleaba el tono, como un balido, de un ciudadano que ve perder la ocasion de recibir un pago de un organismo gubernamental y que sabe que, ahora, tendra que esperar a que la burocracia tenga a bien liquidarle.
Brunetti, disfrutando con su indignacion, abandono la habitacion y camino rapidamente pasillo adelante. Llego a la puerta principal y abandono la
18
De nuevo en la calle y liberado del papel de burocrata irritado, Brunetti considero, y luego lamento, la temeridad de su proceder. No habia necesidad de semejante farsa, ni de su torpe suplantacion, pero algo en el le decia que aquel hombre recelaba de que las autoridades se interesaran por la residencia o por alguno de los acogidos a ella, y por eso actuo sin pensar y cediendo a su inclinacion al disimulo: en caso de tener que haberselas con el anciano como representante oficial de la ley, la situacion podria resultar legalmente complicada, dado que no actuaba como tal. Habia visto casos malogrados por menos.
Pero ?que estaba haciendo, incluso pensando? Todo cuanto tenia era un anciano colerico gritandole y una mujer de lucidez incierta que le advertia del conflicto que se avecinaba. ?Cuando no se avecinaba un conflicto?
El anciano habia barruntado un conflicto a causa de la presencia de un visitante desconocido en la habitacion de la mujer, y habia sospechado que Brunetti le habia estado haciendo preguntas. ?Por que eso debia preocuparle? Brunetti rememoro la escena. Le explico que era imposible obtener informacion de la mujer, y el enfado del hombre se disipo solamente ante la posibilidad de que ella recibiera dinero.
Brunetti raramente se permitia el lujo de sentir aversion por las personas a las que conocia en el desarrollo de su trabajo. Por supuesto que se formaba primeras impresiones, muy fuertes en ocasiones. A menudo eran correctas, pero no siempre. Con los anos, habia llegado a aceptar que las impresiones negativas eran mas deformadoras que las positivas: resultaba demasiado facil seguir los dictados de la aversion.
Pero lo que mas detestaba en este mundo eran los bravucones. Los detestaba por la injusticia de lo que hacian y por su necesidad de someter a los demas. Solo una vez en su vida profesional, hacia casi veinte anos, perdio el control, durante el interrogatorio a un hombre que habia matado a una prostituta a patadas. Lo detuvieron porque sus tres iniciales estaban bordadas en el panuelo de lino que uso para limpiarse la sangre de los zapatos, y lo tiro no lejos del cadaver de la mujer.
Por suerte habian sido destinados tres oficiales para interrogar al hombre, un contable que compartia el control de una red de muchachas con su proxeneta. Cuando se le pidio que identificara el panuelo, a ninguno de los policias se le escapo que llevaba otro identico en el bolsillo superior de la chaqueta.
En cuanto comprendio las consecuencias de aquellos panuelos, dijo, de hombre a hombre, que uno de los chicos, oh, estaba muy ansioso por demostrar lo duro que era: «No era mas que una puta. No debi desperdiciar un panuelo de lino por ella.» Fue entonces cuando el joven y novato Brunetti se puso en pie de un salto, ya a medio camino de el, con la mesa de por medio. Unas cabezas y unas manos mas sensatas intervinieron, y a Brunetti lo volvieron a plantar solidamente en su silla para que esperara en silencio a que concluyera el interrogatorio.
Eran otros tiempos, y su intento no tuvo consecuencias legales. En el clima legal de hoy, sin embargo, aunque el anciano hubiera sido acusado de un delito, la revelacion de la verdadera profesion de Brunetti hubiera sido un caramelo para un abogado defensor.
Meditando sobre todo esto, Brunetti regreso a la
