busca de informacion, pero instintivamente evito formular preguntas concretas por telefono. En Venecia era comodo tener una conversacion, encontrarse en la calle, como por azar, y tomarse un cafe, y muy facil atravesar la ciudad para tomar una copa y charlar.

– Si -respondio ella finalmente.

– ?En un bar?

– De acuerdo.

– No se donde esta usted, pero yo estoy en San Lorenzo. Asi que elija un sitio que le venga bien. Me reunire con usted alli.

Se tomo algun tiempo para pensarlo y finalmente dijo:

– Hay un bar al final de Barbaria delle Tole, en Campo Santa Giustina, en la esquina de la izquierda segun se entra desde SS. Giovanni e Paolo. Estare alli dentro de diez minutos.

– Alli la vere -dijo, y colgo el telefono.

19

Vaya lugar extrano para encontrarse. ?Habia algun campo mas a desmano que el Campo Santa Giustina? Solo alguien que se dirigiera a San Francesco della Vigna o a la parada de embarcaciones Celestia pasaria por alli, o alguien como Brunetti, que a menudo caminaba por el simple placer de ver o redescubrir la ciudad. Recordo haber ido alli, anos antes, en busca de una persona que, segun lo que se decia, podia reparar munecas. Los abuelos de Chiara le habian regalado por Navidad una nina con la cabeza de porcelana y con mirinaque, pero la muneca perdio un ojo. Brunetti ya no recordaba si habia conseguido encontrar el ojo, pero si a la taciturna mujer de pelo gris que regentaba el Hospital de Munecas, y cuyo aspecto era el de una paciente del local, muy parecido al de las munecas que tenia en el escaparate. Desde entonces habia atravesado el campo, pero nunca cambio de direccion para mirar el escaparate y ver nuevas pacientes.

Le costo poco rato llegar alli. Al otro lado del campo reconocio el deprimente escaparate de la tienda de ropa usada. Como muchos italianos de su edad, a Brunetti le desagradaba la idea de comprar ropa usada. De hecho, nunca compraria nada usado, a menos que fuera, digamos, una pintura. Pero ?a quien, a menos que estuviera sumido en la mas negra miseria, le tentaria algo de lo que habia en aquel escaparate? Brunetti no habia estado en Bulgaria cuando era un pais comunista, pero imaginaba que los escaparates de sus tiendas deberian de tener un aspecto como aquel: polvoriento, solemne, carteles amarillentos ante los que la gente pasa sin mirar.

Entro en el bar. Una mujer de pelo oscuro era el unico cliente, sentada a una mesa junto a la ventana. Se acerco a ella y pregunto:

– ?Signora Orsoni?

Lo miro sin sonreir ni tenderle la mano.

– Buenas tardes, commissario -dijo, y senalo con la cabeza la silla frente a ella.

Retiro la silla de la mesa y se sento. Antes de que pudiera decir algo, el camarero se acerco y pidieron cafe. Luego Brunetti cambio de idea y pidio una copa de vino blanco y un bocadillo caliente.

Cuando el hombre se alejo, se estudiaron el uno a la otra, esperando cada cual que el otro hablara. Brunetti vio a una mujer al comienzo de la cincuentena, con ojos claros, en sorprendente contraste con su pelo negro, y su tez olivacea. No habia intentado tenirse los cabellos grises; eso y las patas de gallo en torno a los ojos evidenciaban su despreocupacion por mantener la apariencia joven.

– Soy Maddalena Orsoni, commissario. Funde Alba Libera y la he dirigido desde su comienzo.

– ?Cuanto hace de eso? -pregunto, sin manifestar sorpresa ante su negativa a entrar en los acostumbrados preliminares sociales.

– Cuatro anos.

– ?Puedo preguntarle por que la creo?

– Porque mi cunado mato a mi hermana. -Aunque debia haber dado esta misma respuesta muchas veces, Brunetti sospecho que se mostraba curiosa por el efecto que causaba tan brutal franqueza. Pero el acogio su declaracion con un simple gesto de asentimiento, y ella prosiguio-: Era un hombre violento, pero ella lo amaba. El decia que tambien la amaba. Siempre habia una razon para su violencia, claro esta: que tuvo un dia duro, que algo estaba mal en la cena o que la vio mirar a otro hombre.

Oirla recitar aquello lo llevo a preguntarse cuantas veces habria contado la misma historia, pero tambien le recordo cuan a menudo habia oido identicas explicaciones en boca de hombres que asi justificaban la violencia, la violacion y el asesinato.

El camarero se acerco y los sirvio. Brunetti no fue capaz de tocar su emparedado, al menos mientras el eco de las palabras de la signora Orsoni aun resonaba entre ellos.

– Adelante, coma -lo invito ella, al tiempo que vertia azucar en su taza.

Lo removio lentamente, observando como se disolvia. El estomago de Brunetti protesto, quiza por la proximidad de lo que iba a ser el sustituto del almuerzo que se habia perdido. Ella sonrio, termino su cafe y aparto la taza.

– Por favor, coma.

Trato de hacer lo que se le decia: el tostado no habia hecho nada para mejorar el sabor del pan blanco industrial, ni el calor habia conseguido derretir el queso de plastico ni dar gusto al jamon cocido. Supuso que el carton hubiera sido peor. Devolvio el emparedado al plato y bebio un sorbo de vino. Este, al menos, era tolerable.

– No quiso llamar a la policia -continuo la signora Orsoni. Brunetti advirtio que no habia terminado de contar la historia de su hermana-. Y tenia miedo de llamarla.

El le rompio la nariz, luego el brazo, y entonces llamo. -Se lo quedo mirando a los ojos, valorativamente-. No hicieron nada. -Brunetti no pidio explicacion alguna-. No habia un lugar adonde pudiera ir. -Capto la expresion de su interlocutor y preciso-: O adonde hubiera querido ir. Yo vivia en Roma y nunca me dijo que algo fuera mal.

– ?Y su familia?

– Solo nos quedaban dos tias abuelas, y no sabian nada.

– ?Amigos?

– Tenia seis anos menos que yo y nunca fuimos juntas a la escuela. Asi que no teniamos amistades comunes. -Renuncio a seguir con el asunto. Asi es como sucedio. No es algo de lo que hablen las mujeres, ?verdad?

– No, no hablan -reconocio Brunetti, y bebio mas vino.

– Era abogada -aclaro la signora Orsoni, torciendo la boca en una sonrisa, como si le pidiera que creyese, por favor, que no estaba inventando; que quien podria creer que su hermana fuera tan estupida-. Finalmente llamo a la policia, despues de lo del brazo. Se lo llevaron, pero la carcel estaba llena, de modo que le impusieron arresto domiciliario.

Hizo una pausa para comprobar si aquel representante del sistema legal tenia algo que decir al respecto, pero Brunetti permanecio silencioso.

– Asi que ella se mudo, y luego obtuvo la separacion, y cuando eso no sirvio para mantenerlo alejado, obtuvo una orden. Tenia que permanecer al menos a ciento cincuenta metros de ella.

Orsoni llamo la atencion del camarero y pidio un vaso de agua mineral.

– Quiso trasladarse a otro lugar. Ambos vivian aun en Mestre. Ella le habia dejado el piso cuando se mudo, pero su trabajo estaba alli y… -Brunetti se pregunto como conseguiria Orsoni decir lo que tenia que decir, algo que el habia oido a muchas personas-. Supongo que en realidad no lo conocia.

El camarero trajo el agua. Ella le dio las gracias, bebio la mitad y aparto el vaso.

– Una noche su marido se presento con un arma en el nuevo piso en el que vivia ella y le pego un tiro cuando abrio la puerta. Luego le disparo tres veces mas y a continuacion se disparo el en la cabeza.

Brunetti recordaba el caso: cuatro, cinco anos antes.

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