por el agua de la pasta.

La signora Orsoni recorrio con el anular una de las profundas grietas de la superficie de la mesa.

– Costanza dijo que aun cojeaba, pero que el no hizo ninguna referencia al respecto.

Se puso en pie, se acerco a la barra y regreso con dos vasos de agua, coloco uno ante Brunetti y volvio a sentarse.

– ?Cuando fue eso, signora?

Ella bebio medio vaso y luego lo deposito en la mesa. Dirigio una larga mirada a Brunetti antes de decir:

– El dia antes de la muerte de Costanza.

– ?Como lo sabe? -pregunto, ignorando el vaso que tenia delante.

– Costanza me llamo. Me llamo cuando regreso a casa despues de hablar con aquel hombre, y me pidio, bueno, me dijo, que fuera a verla. -Su respiracion se hizo mas rapida-. Acudi y me dio a leer los articulos y los informes de la policia.

– ?Adonde fue el hombre?

– Segun ella, tan solo queria prevenirla y mostrarle el peligro que corria, y una vez que lo hizo, le dio las gracias por escucharlo y se marcho. Eso fue todo. Le basto con ver que ella le creia. Dijo que muchas personas no le creian porque es siciliano. -Se permitio un prolongado silencio, que secundo Brunetti y que se prolongo hasta que finalmente apostillo-: Me dijo que parecia amable.

El rostro de la signora Orsoni se ensombrecio, y Brunetti tuvo el buen sentido de no hacer ningun comentario. En lugar de eso, pregunto:

– ?Y que paso?

– Costanza me sugirio que llamara a la mujer y le dijera que tenia que hablar con ella.

– ?Y lo hizo?

Ella exteriorizo su enfado.

– Desde luego que lo hice. ?Acaso tenia otra opcion? -Recupero el control y continuo-: Le encargue un trabajo consistente en pasar un dia con una anciana. Sin hacer nada, en realidad, salvo prepararle el almuerzo y quedarse alli por si pasaba algo.

– Comprendo. ?Y luego?

– Le pedi que volviera cuando la hija de la anciana regresara a casa de su trabajo, a las cuatro, y dijo que lo haria.

– ?Y?

– Cuando volvio le dije que teniamos que trasladarla a otra ciudad.

– ?La creyo?

Se encogio de hombros.

– No lo se.

– ?Que ocurrio?

– Se fue a su habitacion e hizo el equipaje.

– ?La acompano usted?

– No. Nos quedamos en la sala de estar. Ella se fue a su habitacion e hizo la maleta.

Iba a seguir hablando, pero algo que leyo en el rostro de Brunetti parecio imponerle silencio.

– ?No sospecho nada?

– No lo se. Me da igual.

– ?Y que paso despues?

– Vino con su maleta, le dijo adios a Costanza, le entrego su llave y abandono el piso.

– ?Y que mas?

– Tomamos el vaporetto hasta la estacion del ferrocarril y fuimos juntas a la taquilla. Le pregunte adonde queria ir.

– De modo que para entonces ella ya se habia dado cuenta de lo sucedido.

– Lo supongo -respondio la signora Orsoni, y Brunetti sintio una punzada de irritacion ante sus evasivas.

– ?Y?

– Y le saque un billete para el ultimo tren a Roma. Sale poco antes de las siete y media.

– ?La vio tomar el tren?

– Si.

– ?Espero a que arrancara?

No intento disimular su creciente enojo.

– Pues claro que si. Pero tambien pudo bajarse en Mestre.

– Y devolvio la llave.

– Costanza no tuvo ni que pedirsela -explico, y luego anadio, casi con satisfaccion-: Pero pudo haberse hecho un duplicado.

Brunetti no hizo ningun comentario a eso, y pregunto:

– ?Como se llama? -La vio dudar, y supo que si se negaba a responder la someteria a interrogatorio. Antes de que ella pudiera decir algo, anadio-: ?Y el hombre? El siciliano.

– Gabriela Pavon y Nico Martucci.

– Gracias -dijo, y se puso en pie-. Si necesito otra informacion la llamare y le pedire que acuda a la questura.

– ?Y si me niego?

Brunetti no se molesto en contestar.

21

Brunetti se sintio aliviado al librarse de ella, admitiendo solo entonces lo poco simpatica que le habia resultado aquella mujer. Sus medias verdades y sus dilaciones para manipularlo lo molestaban; y, lo que era peor, parecia preocupada por la muerte de la signora Altavilla unicamente en la medida en que era una fuente de culpa para si misma o un potencial peligro para su Alba Libera, de ridiculo nombre. Que poco se preocupaba por la gente aquellos que pretendia ayudar a la humanidad.

Medito sobre aquellas cosas mientras emprendia el camino de regreso a la questura, pero entonces, como emergiendo de un sueno, se dio cuenta de repente de la mucha luz que habia arrojado aquel dia. Miro su reloj y se sorprendio al comprobar que eran casi las cinco. Le parecio una tonteria volver a la questura, pero no cambio la direccion de sus pasos, contemplandolos desde arriba mientras caminaba lentamente como un animal que regresa al establo. Una vez en la questura, se dirigio al despacho de la signorina Elettra y la encontro sentada a su mesa, leyendo el que parecia el mismo libro que habia observado la ultima vez. Ella levanto la vista cuando lo oyo entrar y, como distraidamente, cerro el libro y lo deslizo a un lado. Sonriendo, dijo:

– Tiene el aspecto de alguien que se ha traido mas trabajo.

– Acabo de hablar con la directora de Alba Libera.

– Ah, Maddalena. ?Que piensa de ella? -pregunto con total neutralidad, sin ofrecer indicio alguno de cual podia ser su propia opinion.

– Que le gusta ayudar a la gente -respondio Brunetti con identica neutralidad.

– Parece un deseo muy meritorio -concedio la signorina Elettra.

Brunetti se pregunto cuando alguno de los dos se daria por vencido y expresaria una opinion.

– Me recuerda un poco a esas mujeres de las novelas del siglo XIX interesadas en el progreso moral de sus inferiores -dijo ella.

Por un momento, Brunetti sopeso la posibilidad de que mas de una decada expuesta a la vision del mundo del propio Brunetti hubiera afectado la de la signorina Elettra, pero luego se dio cuenta de lo pretencioso que resultaba eso. Sin duda ella tenia sus propias y amplias reservas de escepticismo.

Impaciente de pronto por tanta charla, dijo:

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