– Una de las mujeres a las que ayudo se alojo en casa de la signora Altavilla hasta la noche anterior a su muerte, pero resulta que esa mujer habia estado en otras casas en similares circunstancias…

– ?Y se habia largado con el dinero? -bromeo la signorina Elettra.

– Algo asi.

Observo su sorpresa y le agrado el hecho de que se sorprendiera.

– ?Su nombre? -pregunto.

– Gabriela Pavon, aunque dudo mucho de que sea ese su verdadero nombre. Y el hombre del que supuestamente se escondia es Nico Martucci, un siciliano. Ese si es probable que sea su verdadero nombre. Vive en Treviso. -Cuando ella empezo a escribir los nombres, Brunetti la interrumpio-: No se moleste. Tengo un amigo en Treviso que puede decirmelo. Eso ahorrara tiempo.

Se volvio para marcharse, pero ella dijo, senalando unos papeles que tenia encima de la mesa:

– He encontrado algunas cosas sobre la signora Sartori y sobre el hombre que vivia con ella.

– ?O sea, que no estan casados?

– No, segun los registros de la residencia. La totalidad de la pension que percibe ella va a parar a la institucion, y el resto lo paga su companero, Morandi. -Luego, percibiendo la sorpresa de Brunetti anadio-: El no deberia pagar, puesto que no estan casados. Pero paga.

Brunetti penso en el hombre de rostro enrojecido al que conocio en la habitacion de la signora Sartori. Recordando lo que el y su hermano habian tenido que pagar por su madre todos aquellos anos, pregunto:

– ?Cuanto cuesta?

– Dos mil cuatrocientos al mes. -Luego, cuando el alzo las cejas, la signorina Elettra aclaro-: Es una de las mejores de la ciudad. -Levanto una mano y la dejo caer-. Y esos son los precios.

– ?A cuanto asciende su pension?

– A seiscientos euros. Se jubilo cuatro anos antes de la edad, de modo que no tiene derecho a percibir la totalidad de la pension.

Antes de ponerse a hacer calculos, Brunetti pregunto:

– ?Y la pension del hombre?

– Quinientos veinte.

O sea que, sumadas, sus pensiones apenas cubrian la mitad del coste. El hombre no le habia parecido adinerado ni, Brunetti hubo de admitirlo, tampoco ella. Si el era lo que parecia, un pensionista obligado a pagar los servicios publicos, el alquiler y los alimentos, ?de donde sacaba el dinero para la residencia?

La signorina Elettra cogio los papeles y se los alargo a Brunetti, que se sorprendio al encontrar bastantes hojas. ?Que pudieron hacer a lo largo de sus vidas dos ancianos como aquellos?

– ?Que hay aqui? -pregunto, sosteniendo las hojas con un gesto deliberadamente exagerado.

Con su expresion mas sibilina, la signorina Elettra observo:

– Sus vidas han sido moviditas.

Brunetti se permitio distenderse en una sonrisa, al parecer por primera vez aquel dia. Agito los papeles y anuncio:

– Les echare un vistazo.

Ella asintio y dirigio su atencion a su ordenador.

Una vez en su despacho, marco el numero de su casa.

Paola contesto con un «Si» tan impaciente como para desanimar al teleoperador mas curtido o para amedrentar a sus hijos, a fin de que se dieran prisa en regresar a casa y ordenar sus habitaciones. El no pudo contenerse y recito:

– «Y se deja oir en nuestra tierra el arrullo de la tortola.»

– Guido Brunetti -dijo, con una voz no mas amistosa que la que habia sonado con aquel impersonal «Si»-, no me empieces con tus citas biblicas.

– Leo el Cantar de los cantares como literatura, no como texto sagrado.

– Y lo usas como provocacion.

– Me limito a seguir la tradicion de dos mil anos de apologistas cristianos.

– Eres un hombre perverso y pesado -dijo ella con una voz mas ligera, y el supo que el peligro habia pasado.

– Soy un hombre perverso y pesado al que le gustaria llevarte a cenar.

– ?Y perderte unos turbanti di soglie, comidos en paz en tu propia mesa, en medio de la gozosa armonia de tu familia? -pregunto Paola, dejandolo con la duda de si habia cambiado su talante al pensar en su presencia o en la comida.

– Procurare llegar a tiempo.

– Bueno -replico, y el penso que estaba a punto de colgar, pero anadio-: Me alegra que estes aqui.

Luego colgo, y Brunetti se quedo con la sensacion de que la temperatura de la habitacion acababa de aumentar o que, de algun modo, la luz era mas intensa. Mas de veinte anos, y ella todavia podia hacerle aquello, penso. Sacudio la cabeza, busco el numero de su amigo en Treviso y llamo.

Tal como habia sospechado, el nombre de la mujer no era Gabriela Pavon: la policia de Treviso pudo darle seis alias utilizados por ella, cuyas huellas dactilares estaban por todas partes en el piso que habia compartido con su companero, pero no pudieron facilitarle el verdadero nombre. El siciliano -Brunetti se dijo que tenia que dejar de llamarlo asi y, lo que era mas importante, dejar de pensar de el de aquel modo- ensenaba quimica en una escuela tecnica y no tenia antecedentes delictivos. Segun la policia de alli, el fue la victima de un delito. No habia rastro de la mujer, y el amigo de Brunetti estaba resignado a sospechar que no lo habria hasta que cometiera el mismo delito en alguna otra parte del pais.

Brunetti le conto lo que la mujer habia hecho en Venecia, y su fatigado amigo le pidio que enviara un informe, «aunque eso no suponga ninguna diferencia», puesto que ella no habia cometido delito alguno.

Despues de colgar, Brunetti dirigio su atencion a los papeles que la signorina Elettra le habia dado. La signora Maria Sartori habia nacido en Venecia ochenta anos antes; Benito Morandi, ochenta y tres. El nombre de pila del hombre llamo la atencion de Brunetti: comprendia bien que clase de familia hubiera llamado Benito a su hijo en aquellos anos. Pero la vision de ambos nombres juntos espoleo la memoria de Brunetti, como si de pronto Ginger hubiera redescubierto a su Fred. O Bonnie a su Clyde. Aparto la vista de los papeles, concentro su memoria y no sus ojos, y siguio el flujo serpenteante de sus recuerdos. Algo acerca de una persona anciana, ninguno de ellos; de otra persona anciana, y de cuando ellos no eran viejos. Era un recuerdo de su vida, de antes de trabajar, de antes de Paola y de todo lo que siguio al momento de conocerla. Se encontro pensando que su madre se acordaria; su madre tal como habia sido en otro tiempo.

Marco el numero de telefonino de Vianello. Cuando el inspector respondio, Brunetti le pregunto:

– ?Estas abajo?

– Si.

– ?Quieres subir un minuto?

– Voy para alla.

La contemplacion ayudaba. Brunetti se dirigio a la ventana, miro al otro lado del canal, dejando que los nombres le rondaran la mente, esperando que al juntarlos y luego separarlos acabaran por estimularle la memoria.

Vianello lo encontro asi, con las manos apretadas a la espalda, sumido en profunda contemplacion de la fachada de la iglesia o de la casa de tres pisos, tomada por gatos vagabundos, construida frente a aquella.

En lugar de hablar, Vianello se sento en una de las sillas, frente al escritorio de su superior. Y espero. Sin volverse, Brunetti dijo:

– Maria Sartori y Benito Morandi.

Vianello guardo silencio, y solo se oyo el roce de sus tacones deslizandose por el suelo cuando estiro las piernas. Transcurrio mas tiempo, y entonces se produjo el prolongado suspiro del alborear de la memoria.

– Madame Reynard -dijo Vianello, y se permitio una sonrisa por haber sido el primero en recordar.

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