consecuencia tambien era infringir la ley.

– Desde luego -respondio la signorina Elettra.

– Dejeme adivinar -dijo Brunetti, incapaz de resistir la tentacion de hacer un pequeno alarde-. No se ingreso dinero en la cuenta de ninguno de los dos despues de la venta.

– Nada. Desde luego que ella pudo haber regalado el piso a Morandi por pura bondad -dijo la signorina Elettra en un tono que excluia esa posibilidad.

– ?No diria usted que la reputacion de Cuccetti convierte eso en algo improbable?

– Si -respondio. Luego anadio-: Pero tambien la decision de su mujer de dejarselo todo a la Iglesia lo convierte en algo…

Hizo una pausa en busca de la palabra adecuada.

– ?Grotesco? -sugirio Brunetti.

– Ah -exclamo, como apreciando lo atinado de su eleccion.

22

Brunetti puso a Vianello al corriente de lo que desconocia de su conversacion con la signorina Elettra.

– No deberia reirme, lo se -dijo Vianello, con expresion seria-, pero el pensamiento de que todo lo que ese cabron codicioso de Cuccetti robo durante su miserable vida haya acabado en los bolsillos de la Iglesia es… -Hizo un movimiento de resignacion con la cabeza, ya fuera de admiracion o de asombro, y concluyo-: Te gusten o no, debes admitir que son los mejores.

– ?Los curas?

– Los curas. Las monjas. Los frailes. Los obispos. Llamalos como quieras. Ellos ya han metido el hocico en la sopa antes de que tu hayas puesto el plato en la mesa. Al final la convencieron y se lo chuparon todo. Los felicito -dijo, sacudiendo la cabeza en lo que Brunetti interpreto como autentica admiracion, aunque a reganadientes.

Como decidio que no tenia nada que oponer a ese sentimiento, Brunetti sugirio que ambos estarian mejor en casa con sus familias, una opinion que Vianello compartia. Abandonaron juntos la questura, y al salir por la puerta principal cada uno tomo un camino distinto.

Brunetti decidio andar, pues necesitaba experimentar la sensacion de movimiento y libertad que le proporcionaba recorrer la ciudad sin tener conciencia de adonde se dirigia. La memoria y la imaginacion, tranquilizadas por la caminata, lo llevaron a considerar de nuevo los nombres de Cuccetti y de Reynard. El primero solo le inspiro un sentimiento de desagrado, mientras que el segundo le provoco los de patetismo y perdida.

Se detuvo en la parte baja del Rialto y se ensimismo en sus pensamientos. Lo atrajo la perspectiva de ir a casa por la menos atestada riva, pero decidio bajar hasta Biancat y llevar unas flores a Paola: habia pasado una eternidad desde la ultima vez que lo habia hecho. Encontro cerrada la floristeria. Como se le habia metido en la cabeza la idea de las flores, se sintio irritado -incluso mas que eso- por no poder llevarselas. Se paro ante el escaparate y miro los lirios que queria, visibles en un cilindro de plastico blanco que los contenia, tras la humedad que empanaba el escaparate, bellos y tanto mas deseables por cuanto no podia poseerlos. «Muy propio del hombre», murmuro para si, y se alejo camino de su calle. Llegaba a tiempo; eso ocuparia el lugar de las flores.

Brunetti no era un hombre de fe, al menos no de la forma que postulaba la existencia de un ser supremo preocupado por lo que hacian los hombres. Como policia, Brunetti sabia bastante de lo que hacian los hombres como para esperar que la divinidad se sintiera alarmada por ellos por su voluntad de concederles alguna recompensa mas en la otra vida. Pero en el transcurso de su vida a veces se habia encontrado embargado por un sentimiento de gratitud ilimitada: podia experimentarlo en cualquier momento y siempre lo asaltaba por sorpresa. Aquel atardecer lo acometio cuando giraba hacia el ultimo tramo de escalera que conducia a su piso. Gozaba de buena salud, no creia ser insensato ni violento, tenia una esposa a la que amaba con locura y dos hijos en los que tenia puestas todas sus esperanzas de felicidad en esta tierra. Hasta el momento, la afliccion, el dolor, las privaciones y la enfermedad se habian mantenido fuera del circulo de fuego que le gustaba pensar que los rodeaba. Lo que consideraba como supersticion primitiva le infundia dudas sobre si atreverse a manifestar de modo consciente cualquier expresion de gratitud: hacerlo era atraer el desastre. Y pensar asi, le constaba, era propio de un necio primitivo.

Entro, colgo la chaqueta a la izquierda de la puerta y se dirigio a la cocina. Desde luego, habia turbanti di soglie. Si era otra cosa, tanto Paola como su nariz mentian. Ella estaba en la cocina, de pie junto a la mesa, con las manos abiertas a ambos lados de un periodico desplegado, y con la cabeza inclinada mientras leia.

El se coloco detras y la beso en la nuca. Ella lo ignoro. Brunetti abrio el armario situado a la derecha de su mujer y saco una copa y despues una segunda. Abrio el frigorifico y tomo otra botella de Moet del cajon de las verduras, pensando la suerte que tenia de estar casado con una mujer a la que obsequiaban con un soborno de tan buen gusto. Retiro el papel de aluminio, quito el corcho y lo proyecto a traves de la cocina. Ni siquiera la explosion suscito en Paola gesto o comentario alguno.

Vertio cuidadosamente el champan en ambas copas, dejo que las burbujas se disiparan, anadio mas, espero, volvio a anadir, puso un tapon en la botella y devolvio esta a la puerta del frigorifico. Deslizo una de las copas hacia Paola, luego tomo la suya, la golpeo con la otra y pronuncio el «Cin, cin» con su voz aspera y cordial.

Ella siguio ignorandolo y paso una pagina. Brunetti alargo la mano para asegurar su copa, que Paola habia apartado a un lado con un ligero codazo al pasar la pagina del periodico.

– A un hombre le reconforta llegar al seno familiar y ser bienvenido con el afecto al que esta acostumbrado - dijo, y tomo un sorbo de champan-. Ah, que efusivo calor, que sentido de la intimidad y el bienestar familiares que el hombre solo halla en su hogar, rodeado y venerado por las personas a las que mas quiere.

Paola alargo el brazo, tomo la copa y bebio un sorbo. Lo que probo la indujo a volverse a mirarlo.

– ?Es Moet? -pregunto.

– Premio para la senora -replico el, le dedico un brindis y bebio otro sorbo.

– Yo pensaba que ibamos a guardarlo para alguna ocasion especial -dijo en tono de sorpresa pero en absoluto contrariada.

– ?Y que mas especial que mi regreso junto a mi senora esposa, la cual me acoge con la amorosa solicitud - bajo la cual resplandecen las ascuas de una furiosa pasion- que ha caracterizado nuestra union en estas ultimas decadas y mas?

Trato de componer una sonrisa lo mas idiota posible.

Ella coloco su copa encima del periodico -de hecho, encima del rostro del hombre que aquel dia habia anunciado su candidatura a la alcaldia- y dijo:

– Si te has parado en unas pocas ombre en el camino a casa, Guido, creo que podriamos estar malgastando este champan.

– No, querida. Me han traido a casa las alas del amor, y era tal mi empeno en reunirme con tu dulce persona, que no tuve tiempo de pensar en pararme.

Ella cogio su copa, tomo otro sorbo y golpeo con el dedo el pie de la copa para senalar la foto.

– ?Puedes creerlo? Continuara siendo ministro y, al mismo tiempo, alcalde.

– ?Que dias nos tocara? ?Lunes, miercoles y viernes? Y al gobierno de Roma ?dedicara martes, jueves y sabados? -Bebio y dijo-: Cualquier persona normal pensaria que es un insulto, tanto para la nacion como para la ciudad.

Ella se encogio de hombros.

– ?Acaso el ultimo no conservo su puesto en Bruselas y, al mismo tiempo, el de profesor universitario?

– Estamos gobernados por una raza de heroes -declaro Brunetti, dirigiendose hacia el frigorifico.

– ?Tu crees que bebemos a toda prisa la botella entera hara que se vayan? -pregunto Paola, vaciando su copa y tendiendosela.

El sirvio, aguardo, volvio a servir y al cabo dijo:

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