barcos para ganarse la vida. Fue ese dia y esa observacion lo que Brunetti recordaba como lo peor que le habia sucedido de nino. Su formacion universitaria, su posicion como comisario de policia, la categoria y fortuna de la familia de su esposa: todo eso podia poner en tela de juicio el recuerdo de aquellas palabras y el dolor que le causo lo que, sin intencion alguna, tenian de verdadero.

– Lo extrano -dijo Brunetti, sosteniendo su copa en direccion a Raffi, aunque hablando en defensa de la postura de Chiara- es que probablemente yo no podria establecer la diferencia entre esto y el prosecco que tomamos todos los dias.

– ?Todos los dias? -pregunto Paola, aunque no antes de que Brunetti hubiera intercambiado una sonrisa con su hija.

– El prosecco que bebemos habitualmente -dijo, corrigiendose.

Acabo su champan, cogio la botella vacia y fue al frigorifico en busca de una segunda. Pero se conformo con su cotidiano prosecco y lo puso en la mesa.

– Lo que esta haciendo vuestro padre -explico Paola a sus hijos mientras Brunetti arrancaba el papel de estano- es daros un ejemplo del metodo cientifico. No esta preparado para permitir que su observacion quede sin demostrar.

– ?Cual? -indago Raffi-. ?Sobre la diferencia entre el champan y el prosecco o sobre que lo bebeis a diario?

– Sobre las dos cosas -declaro Brunetti, y sus palabras fueron seguidas por un fuerte estallido.

23

A la manana siguiente Brunetti se levanto temprano y fue a hacerse el cafe. Mientras esperaba que subiera, se acerco a la ventana trasera, con la esperanza de que las montanas fueran visibles, pero no lo eran. Se quedo mirando la calima distante, mientras consideraba el extrano caso de Madame Reynard. No habia forma de saber, a menos que se les preguntara a ellos directamente, como Sartori y Morandi habian acabado firmando el testamento. ?Y por que una mujer de la edad de Madame Reynard -por no mencionar su fortuna- habia ingresado en el Ospedale Civile y no en una clinica privada?

El resoplido del cafe lo distrajo. Se lo sirvio, puso el azucar y anadio leche fria, aunque la hubiera preferido caliente. Regreso a sus pensamientos. ?En que coyuntura las orbitas de esas cuatro personas se habian cruzado en una habitacion de hospital: una heredera agonizante, el abogado que se convirtio en su heredero y los testigos del testamento olografo que beneficiaba a aquel? Como caidos del cielo, una enfermera y un hombre con antecedentes penales actuaron como testigos de ese testamento que implicaba la transferencia de unos cuantos millones. Una extrana constelacion, ?y que superficie tenia el piso que uno de los testigos adquirio poco despues?

Sus pensamientos se dirigieron a la mujer que habia convivido con la signora Altavilla. Brunetti evoco con cierta incomodidad su inicial predisposicion a no sospechar de ella, sino de su amante, el profesor de quimica lo suficientemente audaz como para advertir a la signora Altavilla de que tenia al enemigo metido en casa. El meridional.

Se quedo mirando la pintura de la pared de la cocina, el Gran Canal con su aspecto de siglos atras, y luego evoco el piso de la signora Altavilla tal como lo encontraron. Volvio a mirar su pintura, y esta vision desperto el recuerdo de los clavos solitarios en las paredes de la signora Altavilla. Busco el telefonino en el bolsillo de su chaqueta y marco el numero de Niccolini.

En cuanto el doctor oyo su nombre, dijo:

– Commissario, iba a llamarlo hoy mismo.

– ?Por que razon, dottore? -pregunto Brunetti, aliviado porque se le ahorrara un intercambio de frases corteses, aunque no tenia nada de cortes lo que cada uno tenia que decirle al otro.

– El piso de mi madre. Faltan algunas cosas -dijo Niccolini en tono agitado, pero no airado.

– ?Como lo sabe, dottore?

– Fui alli ayer. Con un amigo. Solo a ver. Me acompano para…

Su voz se debilito, pero Brunetti, al recordar lo que habia visto en el piso, decidio mostrarse amable y dejarle recuperar la voz.

– … ayudarme.

Brunetti comprendio, desde luego, que asi fuera.

?Podria decirme que faltaba?

– Tres dibujos. Eran muy pequenos.

– ?Eso es todo?

– Creo que si. Por ahora.

– ?De donde faltaban?

– Uno estaba en la habitacion de invitados. Y dos en el vestibulo, nada mas salir de la habitacion.

Brunetti evoco la sombra fantasmal bajo el clavo de la habitacion de invitados, y era vagamente consciente de los dos del vestibulo. No recordaba haber visto otros. Pero, sin duda, si Gabriela Pavon decidio robar los dibujos en el ultimo minuto, ello se debia a que era lo mas facil de coger. Vaya nervios templados que debia tener para hacerse con los dibujos mientras las otras dos mujeres estaban alli mismo, en el pasillo.

– ?Que eran esos dibujos?

– Uno era de Corot. Los otros dos, de Salvator Rosa. Pequenos, pero de buena calidad.

El doctor mantuvo un largo silencio y luego dijo, con voz debil e indecisa:

– Crei que debia contarselo. Podria significar algo.

Brunetti dio las gracias al doctor por llamarlo y colgo. Se sento, miro durante un rato la pintura, y despues acabo su cafe, dejo la taza en el fregadero y fue a ducharse.

Cuarenta minutos mas tarde, llegaba al dique de San Lorenzo. Apoyo los codos en la barandilla y miro pasar las embarcaciones, tratando de pensar como podria convencer a Patta para llevar a cabo una investigacion oficial sobre la muerte de la signora Altavilla. Imagino la estatua de la Justicia, con la venda en los ojos y con la balanza en la mano. En un platillo puso las palabras «solo una posibilidad» y, en el otro, la publicidad a que sin duda daria lugar la noticia de que una mujer habia sido asesinada en su casa. Despues de todos aquellos anos, era bien consciente de como funcionaba la mente de su superior, y sabia que el primer obstaculo iba a ser el perjuicio a la imagen de la ciudad, y el segundo, el perjuicio al turismo.

– ?Y el efecto sobre el turismo? -le preguntaba media hora mas tarde un Patta colerico, que volvia del reves el orden de las preocupaciones previstas por Brunetti, pero que aun no conseguia sorprenderlo.

El vicequestore, con evidente fuerza de voluntad, se contuvo hasta que acabo de escuchar los ultimos delirios de su siempre insubordinado subordinado.

– ?Que se supone que le vamos a decir a la gente? ?Que no esta segura en sus propias casas, pero que de todos modos lo va a pasar bien?

Brunetti, bien aleccionado acerca de los excesos retoricos y las inconsistencias de su superior, se abstuvo de puntualizar que los turistas, al menos cuando estaban en Venecia, no se alojaban en sus propias casas, por mas seguros o inseguros que pudieran permanecer en ellas. Asintio de una forma que espero que pareciera reflexiva.

Brunetti se concentro en encontrar la mirada de su superior -Patta detestaba que la atencion de alguien se apartara de el, sin duda el primer paso en la senda de la desobediencia- y adopto toda la apariencia de que se las estaba viendo con una oposicion racional.

– Si, entiendo su punto de vista, vicequestore. Simplemente espero que el dottor Niccolini… -dejo que su voz se fuera apagando, como si sus pensamientos se hubieran escrito en una pizarra y el los estuviera borrando.

– ?Que pasa con el?-pregunto Patta, con los ojos alerta para todo cuanto considerara un matiz.

– Nada, senor -respondio evasivamente Brunetti, como inseguro de si Patta encontraria pesado su proceder o se sentiria mortificado.

– ?Que pasa con el dottor Niccolini?-insistio Patta con voz fria, exactamente la que

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