– Un rato mas y volveran, como cucarachas, pero al menos podremos verlos a traves de las burbujas del champan.
En un tono despreocupado, ella pregunto:
– ?Crees que hay alguien sobre la tierra que desprecie a sus politicos tanto como nosotros?
Brunetti lleno su propia copa antes de comentar:
– Oh, estoy seguro de eso. Excepto en lugares como Escandinavia y Suiza, la mayoria de la gente los desprecia.
Ella oyo el final de la frase, pronunciado en tono de guasa, y pregunto:
– ?Pero?
Brunetti estudio la foto del periodico.
– Pero creo que nosotros tenemos mas motivos que la mayoria. -Tomo un trago.
– A menudo me pregunto en que planeta creen que estan viviendo -dijo Paola, doblando el periodico y deslizandolo a un lado-. No hablan un lenguaje que el hombre comprenda; no conocen otras pasiones que la codicia y…
– Si estas haciendo una lista de sus pasiones, no olvides incluir la actual por los transexuales -replico Brunetti, con el fin de precisar mas, y esperando alegrar el humor de su esposa, aunque no estaba del todo seguro de que el tema de los transexuales fuera apropiado para eso.
– Su sentido de la etica haria parecer a ese transexual muerto -no puedo recordar ya su nombre, pobre chica- como la difunta Madre Teresa.
– Es una comparacion que muchas personas religiosas encontrarian ofensiva.
Ella otorgo a eso la consideracion que merecia y dijo:
– Tienes razon. Incluso yo la encuentro ofensiva. Pero esas cosas me hacen perder la calma.
El se inclino y la beso en los labios.
– Ya lo se, querida, y esa es una de las razones por las que me robaste el corazon.
– Oh, para, Guido -protesto ella, tendiendo su copa-. Ponme un poco mas, e ire a preparar el agua para la pasta.
Hizo lo que le pidio y luego la ayudo a poner la mesa, encantado de saber que los chicos iban a estar. «Como nos pone trampas la vida», penso, mientras doblaba las servilletas y las colocaba junto a los platos. Cuando Raffi empezaba a sentarse a comer con ellos, tirando en la mesa o al suelo tanto como se llevaba a la boca, sorbiendo y derramando y sin estar nunca del todo seguro de que hacer con el tenedor, Brunetti consideraba su proceder no como algo encantador, sino como una distraccion continua que le impedia comer tranquilo. Y alli estaba el, anos mas tarde, esperando que aquel chico -ahora competente en el uso del tenedor- encontrara el momento de comer con ellos y no en casa de un amigo. Brunetti comprendia que eso no tenia nada que ver en absoluto con la conversacion con su hijo, ni con su inteligencia ni con el alcance de sus ideas. Sencillamente a Brunetti lo llenaba de gozo tenerlos alli y poder verlos y oirlos, sabiendo que estaban seguros, bien queridos y bien alimentados.
– ?Que es lo que anda mal? -pregunto Paola detras de el.
– ?Hummm? -pregunto a su vez Brunetti, volviendose a mirarla.
– Tu estabas aqui, mirando la mesa, y yo me pregunto si algo anda mal -respondio ella, desconcertada.
– No. Nada. Estaba pensando.
– Ah -replico Paola, en el tono de alguien que ya ha oido eso con anterioridad. Y luego-: ?Le endinamos otro trago a la botella antes de que vengan los chicos?
Con rapidez pavloviana, Brunetti se volvio hacia el frigorifico.
– La elegancia de tu pensamiento solo es comparable a la de tu lenguaje.
– Es el destino de la persona que convive con dos adolescentes.
Quedaba suficiente champan para que sus hijos encontraran una copa delante cuando se sentaron a cenar.
– ?Que estamos celebrando? -pregunto Raffi al tiempo que cogia su copa.
– No se necesita celebrar nada para tomar champan -dijo Chiara, tratando de adoptar el tono de una bebedora consumada.
Chiara levanto su copa, la hizo chocar con la de Raffi y luego tomo un sorbo. Raffi, mirando su copa pero sin hacer ningun intento de beber, dijo:
– Lo del champan no lo entiendo.
Paola coloco un plato de
– ?Que es lo que no entiendes -pregunto, aunque no antes de haber tomado un sorbo, como para revisar la prueba del litigio.
– Por que la gente se vuelve loca por eso o cree que es tan bueno -explico Raffi, deslizando su copa al lado del plato y cogiendo el tenedor.
– Por esnobismo -respondio Chiara, a la vez que tomaba un bocado de pescado.
– Chiara -dijo Paola en tono de advertencia, y Chiara asintio y se llevo la mano a la boca como admitiendo la reprimenda.
Se sirvio agua mineral y tomo un sorbo, descanso el tenedor y repitio:
– Esnobismo.
Brunetti estudio su rostro y advirtio que algo de la redondez propia de la adolescencia dejaba paso a la angulosidad de la madurez, acentuando aun mas el parecido con su madre.
– ?Que significa eso? -inquirio Raffi, volviendo a fijar su atencion en la comida.
– Impresionar a la gente -contesto Chiara-. Con lo refinado que es uno y con el buen gusto que tiene. -Antes de que Raffi pudiera decir algo, anadio-: La gente hace eso todo el tiempo y con cualquier cosa. Coches, la ropa que lleva, lo que dice que le gusta…
– ?Por que decir que algo te gusta cuando no te gusta? -pregunto Raffi en un tono que a Brunetti le parecio de sincera confusion, y que lo forzaba a interrogarse sobre si en los ultimos anos, sin saberlo el ni Paola, su hijo habria pasado su tiempo libre en otro planeta.
Chiara solto el tenedor, apoyo la barbilla en una mano y miro a su hermano, al otro lado de la mesa. El la ignoro. Finalmente, ella dijo:
– Es la razon por la que tu quieres un par de Clarks y no un simple par de zapatos viejos.
Raffi persistio en ignorarla y continuo comiendo. Ella insistio:
– O por que los amigos de papa y mama creen que deben ir de vacaciones a las Maldivas o a las Seychelles.
Raffi se sirvio un vaso de agua, desdenando el champan. Bebio el agua, dejo el vaso en la mesa, echo hacia atras la silla y se volvio hacia su hermana. Levanto un pie y lo extendio en direccion a ella.
– Comprados en el mercado de Lignano este verano por diecinueve euros -declaro orgullosamente, imprimiendo al pie un movimiento circular, para mostrar mejor el zapato-. Nada de Clarks, ninguna etiqueta.
Bajo el pie e hizo girar la silla, volviendose a colocar en su sitio a la mesa. Tomo su tenedor y siguio comiendo.
Cabizbaja, Chiara miro a su madre y luego a su padre. De haber sido un chico, ella y Raffi probablemente se habrian enzarzado en una pelea, y Brunetti sospecho que hubiera intervenido para proteger al mas pequeno. ?Por que, entonces, cuando el combatiente usaba solo palabras, habia que dejarla sola, para que se protegiera por si misma?
Brunetti habia participado en las que consideraba peleas normales en su epoca de crecimiento: nunca pasaron de unos pocos punetazos y un buen surtido de empujones. No recordaba haber resultado nunca herido, ni, por supuesto, haber herido a nadie, y ninguna de las peleas le habia dejado un recuerdo claro. Pero aun se acordaba de una tarde en que Geraldo Barasciutti, que se sentaba a su lado en clase de matematicas, se habia reido cuando Brunetti cometio un error gramatical, mezclando el veneciano con el italiano.
– ?Que te pasa? ?Es que tu padre se gana la vida descargando barcos? -pregunto Geraldo, dandole un codazo en las costillas.
Lo dijo como una broma: era bastante corriente entre los ninos confundir ambas lenguas. Pero la verdad habia herido su sentido de la identidad -un sentido fragil, porque tenia que llevar los zapatos y las chaquetas desechados de su hermano-, ya que su padre, en efecto, trabajo en otro tiempo en los muelles, descargando
