companero de trabajo. Como el hombre se abstuvo de testificar contra el, los cargos fueron retirados. Tambien fue detenido por resistencia a la autoridad y por pasar objetos robados a traves de un perista de Mestre. En este caso se produjo algun error burocratico en la aportacion de pruebas, y al cabo de cinco anos el caso se cerro, si bien por entonces el signor Morandi parecia haberse pasado al bando de los angeles, pues ya no sufrio mas detenciones y empezo a trabajar en el hospital.

Las ultimas hojas de papel se referian al aspecto monetario de la vida del signor Morandi. Por la epoca de su jubilacion, Morandi adquirio un piso en San Marco sin solicitar una hipoteca. Una nota manuscrita de la signorina Elettra informaba a Brunetti de que la signora Sartori se mudo al piso, cambiaron ambos su residencia a aquella direccion unos meses despues de la compra.

La cuenta bancaria de Morandi, intacta por la adquisicion del piso, reflejaba en gran medida la misma rutina que la de la signora Sartori: modestos ingresos y reintegros y, a partir de la compra del piso, el pago mensual de los gastos de comunidad. Estos pagos se incrementaron con el paso de los anos, y ahora ascendian a mas de cuatrocientos euros mensuales, que ya no podian proceder de la modesta pension.

A partir del momento en que la signora Sartori ingreso en la residencia, los habitos bancarios del signor Morandi cambiaron. Un mes antes de que llegara la primera factura, en la cuenta se ingresaron casi cuatrocientos euros. Desde entonces, cada tres o cuatro meses, se ingresaban entre cuatrocientos y quinientos euros, y cada mes se transferian rutinariamente mas de mil doscientos de la cuenta del signor Morandi a la de la residencia.

Aquello parecia ser lo que era. Brunetti volvio a hojear los papeles, a fin de comprobar las fechas, y vio que el piso se compro tras la jubilacion de Morandi, y que la signora Sartori continuo trabajando en el hospital. Resultaba improbable que unas personas que desempenaban aquellos empleos pudieran permitirse, incluso conjuntamente, ahorrar lo bastante como para adquirir un piso: dada la ausencia de una hipoteca y el escaso sueldo de la que seguia trabajando, era casi imposible. Ni el breve encuentro de Brunetti con Morandi ni el contenido de aquellos papeles daban idea de un hombre cuya conducta se caracterizara por la prudencia en materia de dinero.

Brunetti se puso en pie y se acerco a la ventana, reanudando su estudio de las dos fachadas que estaban a la vista. Volvio a fijar su atencion en el muro, considero el informe y se pregunto por que habia atraido la atencion de la signorina Elettra. La conocia lo bastante como para saber que toda la informacion que habia reunido estaba en aquellos papeles: no proporcionarla completa hubiera sido -le choco la palabra que acudio a su mente- un engano. Aguardo a que Vianello concluyera su lectura e hiciera alguna observacion sobre los papeles.

Mientras esperaba, Brunetti considero el fenomeno de la jubilacion. Le habian contado que en otros paises la gente sonaba con la jubilacion como una oportunidad de mudarse a un clima mas calido o de empezar un nuevo capitulo: aprender un idioma, adquirir un equipo de submarinismo o practicar la taxidermia. Que ajeno a su cultura era semejante deseo. Las personas a las que conocia y aquellas a las que habia observado a lo largo de su vida no deseaban mas, tras su jubilacion, que instalarse profundamente en sus hogares y en las rutinas que habian construido durante decadas, sin introducir cambio alguno en sus vidas salvo eliminar su necesidad de acudir al trabajo cada manana y, quiza, anadir la posibilidad de viajar un poco, pero no con frecuencia ni demasiado lejos. No conocia a nadie que hubiera comprado una casa nueva tras su jubilacion o que hubiera considerado cambiar de direccion.

?Que explicaria entonces la subita adquisicion por el signor Morandi de un piso nuevo, al termino de su vida laboral? ?Un error de la signorina Elettra? ?Un error? ?En que estaba pensando? Brunetti se llevo los dedos a la boca, como para reprimir semejante temeridad.

– ?Por que compro el piso? -pregunto Vianello desde el otro lado de la habitacion.

– ?Y con que lo compro? No se menciona ninguna hipoteca.

Vianello regreso a su silla, se inclino para poner la mano extendida sobre los papeles y dijo:

– Nada de lo que hay aqui sugiere un hombre que ahorrara durante toda su vida para comprarse una casa.

Brunetti marco el numero de la signorina Elettra.

– Si, commissario?

– El inspector y yo sentimos curiosidad por saber como se las arreglo el signor Morandi para comprar su piso.

Ella dejo pasar un momento y luego pregunto:

– ?Ha visto la fecha de la compra?

Brunetti alzo el hombro, sujeto el telefono contra la oreja y utilizo ambas manos para hojear los papeles. Encontro la fecha y dijo:

– Tres meses despues de su jubilacion. Pero no veo que eso sea significativo.

– Quiza si mirase la fecha de la muerte de Madame Reynard…

Encontro la copia del certificado de defuncion y comprobo que Morandi compro el piso exactamente un mes despues de la muerte. Dejo escapar una exclamacion. Como no hizo ningun comentario ni formulo pregunta alguna, la signorina Elettra inquirio:

– ?Ve el nombre de la persona que vendio el piso?

Miro y leyo:

– Matilda Querini.

Capto la mirada confundida de Vianello, conecto el altavoz y devolvio el receptor a su lugar. Otra vez se abstuvo de hacer comentarios.

– Entonces, ?ni usted ni el inspector recuerdan el caso?

– Recuerdo que esas personas testificaron y que Cuccetti heredo una fortuna.

– Ah -replico la signorina Elettra, arrastrando la silaba y dejandola terminar como si se apagara.

– Cuenteme -la animo Brunetti.

– Matilda Querini era su mujer.

– Ah, su mujer -se permitio decir Brunetti, en consciente imitacion de su interlocutora. Luego, tras unos pocos latidos del corazon, pregunto-. ?Vive todavia?

– No. Murio hace seis anos.

– ?Rica?

– Dinero ilimitado.

– ?Y adonde fue a parar? El hijo era solo un nino, ?no?

– Se rumorea que se lo dejo a la Iglesia.

– ?Solo se rumorea, signorina?

– De acuerdo. Es un hecho. Se lo dejo a la Iglesia. -Antes de que el pudiera preguntar, explico-: Tengo un amigo que trabaja en las oficinas del patriarcado. Lo llame, le pregunte y me dijo que fue la suma mas elevada que nunca les habian legado.

– ?Dijo cuanto era?

– Considere indelicado preguntarselo.

Vianello emitio un leve gemido.

– ?Asi pues? -pregunto Brunetti, sabiendo que ella era incapaz de dejar algo asi pendiente.

– Asi pues pregunte a mi padre. El dinero de ella no estaba en el banco donde trabaja mi padre, pero el conoce al director del banco donde lo tenia, y le pregunto.

– ?Puedo saberlo?

– Siete millones de euros, unos pocos cientos arriba o abajo. Y la patente para aquel procedimiento industrial y al menos ocho pisos.

– ?A la Iglesia? -pregunto Brunetti, y al escucharlo, Vianello apoyo melodramaticamente la cabeza en las manos y la sacudio de un lado a otro.

– Si -confirmo la signorina Elettra.

A Brunetti se le ocurrio una idea y pregunto:

?Ha mirado las cuentas bancarias de Cuccetti y de su mujer?

Para ella, eso era infringir la ley. Para el, enterarse de que ella lo habia hecho y luego no obrar en

Вы читаете Testamento mortal
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату