Todos los venecianos, al menos los de su edad, lo hubieran recordado tarde o temprano. Ahora que Vianello le habia proporcionado el nombre, tambien a Brunetti se le refresco la memoria. Madame Marie Reynard, una belleza legendaria, llego a Venecia con su marido casi -?podia ser?- un siglo antes. Pasaron unos cinco anos antes de que el muriera de forma aparatosa. Brunetti no consiguio recordar como: coche, embarcacion, avion. La honda pena le costo la perdida de su hijo, aun por nacer, y tras su recuperacion se sumergio en la viudez y en la reclusion en su palazzo del Canal Grande.

Ya no sabia cuando oyo por primera vez la historia pero, aun antes de que Brunetti comenzara la escuela secundaria, Madame Reynard se habia convertido en una leyenda, como corresponde al destino de las esposas dolientes, al menos si son a la vez hermosas y ricas. La misteriosa francesa nunca abandonaba su palazzo, o salia de noche para pasear por las calles derramando lagrimas en silencio, o solo permitia la entrada a sacerdotes con los que, envuelta en su velo de viuda, ofrecia interminables rosarios por el reposo del alma de su marido. O permanecia recluida, crucificada por la pena. Dos elementos se mantenian constantes en todas las variantes: ella era hermosa y era rica.

Y luego, hacia mas de veinte anos, a los cien de edad, viuda durante tres cuartos de siglo, murio. Su abogado -que no habia aparecido por ninguna parte en las leyendas- resulto que heredaba el palazzo y todo cuanto contenia, asi como las tierras, las inversiones y la patente de un procedimiento que tenia algo que ver con la fortaleza de las fibras de algodon, que las hacia resistentes a las mas elevadas temperaturas. Sea como fuere -y el tejido cambiaba del algodon a la seda o a la lana, segun la version-, la patente acabo siendo inconmensurablemente mas valiosa que el palazzo y que lo demas.

– Claro, claro -dijo Brunetti a medida que las tenues figuras se juntaban en su memoria y Maria se encontraba con su Benito, pues esos eran los nombres de los testigos del testamento de Madame Reynard -Sartori y Morandi-, y como tales, un tema de chismorreo y cabalas en el que se habia ocupado la ciudad durante meses.

Trabajaban en el hospital, no tenian conocimiento previo de la mujer agonizante, no aparecian como beneficiarios del testamento, y por tanto fueron considerados ajenos al asunto. Brunetti regreso a su mesa.

– ?No habia algunos parientes franceses? -pregunto Vianello.

Brunetti hurgo en las historias que habian sido desplazadas de su memoria y llego a la que deseaba:

– Resulto que no eran parientes, sino personas que habian leido sobre aquella fortuna y pensaron que podian intentar hacerse con ella. -Dejo que se filtrara mas informacion en sus recuerdos y anadio-: Pero si, eran franceses.

Siguieron sentados un rato, dejando que sus memorias juntaran trozos y trocitos.

– ?Y no hubo una subasta? -pregunto Vianello.

– Si. Una de las ultimas grandes. Despues de que ella muriera. Lo vendieron todo. -Luego, y porque con quien estaba hablando era con Vianello, y a el podia decirle cosas como aquellas, Brunetti anadio-: Mi suegro decia que todos los coleccionistas de la ciudad estaban alli. Todos los coleccionistas del Veneto, para el caso. -Brunetti sabia de dos dibujos procedentes de aquella subasta-. Consiguio dos paginas de un cuaderno de Giovannino de Grassi.

Vianello movio la cabeza, en un gesto de ignorancia.

– Siglo XIV. Hay un cuaderno entero en Bergamo, con dibujos -realmente, pinturas- de pajaros y animales, y un alfabeto fantastico. -Su suegro conservaba sus dos dibujos en una carpeta, a buen recaudo. Brunetti puso las manos separadas unos veinte centimetros-. Son solo paginas sueltas, de este tamano. Una hermosura.

– ?Valiosas? -pregunto el mucho mas pragmatico Vianello.

– No lo se exactamente, pero yo diria que si. De hecho, segun mi suegro la mayoria de los coleccionistas acudio por la coleccion de dibujos del marido. No era como hoy dia, en que puedes comprobar online todo lo que se subasta. Decia que siempre hay sorpresas. Pero en aquella epoca la sorpresa fue que hubo muy pocos dibujos. Aun asi, el consiguio hacerse con esos dos.

– Lastima de Cuccetti, ?no? -comento Vianello, sorprendiendo a Brunetti por acordarse del nombre del abogado que arramblo con todo.

– ?Por que? ?Porque murio poco despues? ?Cuanto tiempo paso, dos anos?

– Eso creo. Y con su hijo. El hijo conducia, ?verdad?

– Si, y borracho. Pero todo se tapo. -Ambos sabian bastante sobre esas cosas-. Cuccetti tenia un monton de amigos importantes -anadio Brunetti.

Como si la afirmacion de Brunetti fuera la noche y la pregunta de Vianello, el dia, el inspector volvio a preguntar:

– El testamento nunca se impugno, ?verdad?

– Solo lo hicieron aquellos franceses, y la cosa no se sostuvo. -Brunetti se inclino sobre su mesa, localizo los papeles que le habia dado la signorina Elettra y dijo-: Esto es lo que ella ha encontrado.

Leyo la primera hoja y se la paso a Vianello. Ambos leyeron sus respectivos papeles en amigable silencio, sin que ninguno de los dos considerara necesario comentar nada.

Maria Sartori habia sido enfermera, primero en el Ospedale al Lido y luego en el Ospedale Civile, del cual se jubilo hacia mas de quince anos. Nunca se caso, y vivio en la misma direccion que Benito Morandi la mayor parte de su vida adulta. Durante su vida laboral mantuvo abierta una cuenta en un mismo banco, en la cual eran depositadas y luego retiradas sumas modestas. Nunca estuvo ingresada en un hospital ni llamo la atencion de la policia. Y eso era todo: ninguna mencion de alegria o tristeza, suenos o desenganos. Decadas de trabajo, jubilacion y pension, y ahora una habitacion en una casa di cura privada, pagada con su pension y con la aportacion de su companero.

Se adjuntaba una fotocopia de su carta d'identita. Brunetti apenas reconocio a la mujer de facciones suaves que miraba al mundo desde la foto: aun con menos anos, no podia ser la misma que habia visto, con el rostro profundamente arrugado. Lucho con la tentacion de susurrar al rostro mas joven lo muy certera que habia estado: se avecina el conflicto.

Cuando alargaba la segunda hoja a Vianello, Brunetti dirigio su atencion al companero de la mujer. Morandi habia servido durante la Segunda Guerra Mundial. El primer pensamiento de Brunetti fue que Morandi debio haber mentido al respecto, pero luego echo cuentas y comprobo que era posible por poco.

El padre de Brunetti se refirio a menudo al caos que reinaba en aquellos anos terribles, de modo que creyo que a un adolescente pudo permitirsele alistarse cuando el conflicto estaba a punto de acabar. Pero luego Brunetti leyo la hoja de servicios de Morandi, segun la cual habia servido en Abisinia, Albania y Grecia, donde habia sido herido, enviado a casa y devuelto a la vida civil.

– No, eh? -se oyo decir Brunetti en voz alta, sobresaltando a Vianello, que se volvio a mirarlo.

Si la fecha de nacimiento de aquel archivo era cierta, Morandi hubiera ido a Grecia con solo doce anos, y hubiera tenido dieciseis cuando Italia se rindio a los aliados. Por mas entusiastas que hubieran sido sus padres del fascismo, hasta el punto de llamar «Benito» a su hijo, pocas familias habrian permitido a su vastago adolescente seguir al otro Benito a la guerra.

Unos anos despues del regreso de Morandi -o al menos despues de que la prueba documental de su servicio en la guerra se hubiera incorporado al expediente-, accedio a un empleo en el puerto de Venecia, que desempeno durante mas de una decada, aunque no constaba ningun dato que precisara la naturaleza del trabajo, salvo el de «peon». Brunetti se entero de que habia sido despedido de su puesto sin explicacion.

Unos anos mas tarde, empezo a trabajar como limpiador en el Ospedale Civile. Brunetti se inclino a un lado y tomo los papeles que Vianello habia dejado en la mesa. La signora Sartori ya trabajaba por entonces en ese hospital.

Morandi habia sido portiere y limpiador durante mas de dos decadas, llevaba jubilado unos veinte anos y percibia una pension minima.

Brunetti reconocio el sello del Ministerio de Justicia en las siguientes tres hojas de papel, que reflejaban la relacion de Morandi con las fuerzas del orden, para las que no era un extrano. Fue detenido por primera vez a comienzos de la treintena, acusado de vender cigarrillos de contrabando a estancos de la tierra firme. Cinco anos mas tarde, segunda detencion por vender objetos robados de barcos que descargaban en el puerto, y condena a un ano con suspension de sentencia. Siete anos despues detenido otra vez por agredir y herir gravemente a un

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