revista, como era su costumbre en los momentos de tranquilidad, sino un libro.
Deslizo un trozo de papel entre las hojas y cerro el libro.
– ?Poco trabajo hoy? -pregunto Brunetti.
– Asi podria decirse,
Se acerco a la mesa de la
– Hoy he conocido a una mujer, una de las personas a las que visitaba la
– Y le gustaria ver que puedo averiguar acerca de ella -concluyo, como si estuviera canalizando los pensamientos de Brunetti, aunque no intento imitar su voz.
– ?Tan obvio resulta? -pregunto Brunetti, sonriendo.
– Tiene usted cierta expresion depredadora.
– ?Y que mas?
– Por lo general no se limita a una persona determinada,
– Sartori. No conozco el nombre de pila, y tampoco se cuanto tiempo lleva alli. Unos anos, al menos, segun creo. Tiene un marido que parece no controlar su ira. Ignoro su nombre y no se si tienen hijos.
– ?Cree usted que ella esta alli como paciente privada? -indago la
– No tengo ni idea. -Retrocedio con el pensamiento a la habitacion, pero no era mas que una habitacion en una residencia de ancianos. No habia ningun signo de lujo y no advirtio la presencia de objetos personales-. ?Por que? ?Que diferencia podria haber?
– Si es una paciente de la sanidad publica, yo empezaria por los archivos estatales, pero si es privada, tendria que acceder a los archivos de la
El mero sonido de la palabra «acceder» saliendo de los labios de la
– ?Que es lo mas facil? -pregunto, rechazando la palabra «acceder» y siendo lo bastante prudente para no emplear «meterse en».
– Ah, la
– ?Y lo otro? -inquirio, curioso, como siempre, de la importancia que el Estado otorgaba a la proteccion y rigor de la informacion que poseia acerca de sus ciudadanos.
Su pregunta provoco un suspiro y un cansado movimiento de cabeza de la
– Con los organismos gubernamentales, el problema no consiste en introducirse en el sistema -en la mayoria de los casos un estudiante de secundaria podria hacerlo-, sino en ser capaz de encontrar la informacion.
– No estoy seguro de comprender la diferencia -admitio Brunetti.
Ella hizo una pausa, considerando que ejemplo resultaria tan sencillo como para que lo entendiera una persona de la limitada capacidad de Brunetti.
– Supongo que es como un robo,
No necesitaba saberlo, pero la explicacion de la
– ?Ese es el caso de las oficinas publicas?
– Afortunadamente no,
– ?Cual es la mejor? -quiso saber, sin tomar conciencia de la ambiguedad de su pregunta.
– Oh, no hay ninguna que sea la mejor; es solo la menos mala. -Al advertir que no lo habia satisfecho, aclaro-: Averiguar a quien se ha entregado un pasaporte suele ser facil. Y los permisos de armas. Esos archivos estan muy ordenados. Pero luego hay mucha confusion, y no hay esperanza de saber quien tiene un
Puesto que todo eso correspondia al ministerio para el que trabajaba Brunetti, la noticia le produjo poca sorpresa. No pudo resistir la tentacion y pregunto:
– ?Y la peor?
– La verdad es que no soy competente para juzgar -dijo con una modestia admirablemente fingida-, pero las que encuentro mas dificiles de… -bueno, para navegar-, aunque el acceso resulte facil, son las que autorizan a la gente a hacer cosas, o quiza sea mejor decir aquellos organismos que se supone nos protegen. -En respuesta al ceno fruncido de Brunetti, explico-: Quiero decir esas oficinas donde se supone que comprueban que las enfermeras tienen la documentacion en regla y que realmente han estudiado lo que dicen haber estudiado. O, para el caso, medicos, psiquiatras y dentistas. -Hablaba con ecuanimidad, como el investigador frustrado que informa de sus hallazgos-. Hay ahi una negligencia terrible. Introducirse en el sistema es facil, como ya le he dicho, pero luego todo se vuelve muy dificil. -Luego, graciosa y generosa como siempre, anadio-: Para ellos seguro que ya esta bien, pobre gente.
De vez en cuando, la familia de Brunetti veia un programa de television que hacia publicos algunos de los peores casos de negligencia gubernamental. Por razones que el no comprendia, sus hijos lo encontraban maravillosamente gracioso, mientras que el y Paola sentian verguenza ajena ante la frivolidad con que aquellas revelaciones nocturnas eran saludadas cuando se presentaban a las autoridades que habian dejado de prevenirlas o de advertir abusos. ?Cuantos falsos doctores habia descubierto el programa, cuantos medicos alternativos fraudulentos? ?Y a cuantos de ellos se habia puesto coto?
Brunetti alejo de si esos pensamientos y dijo:
– Le estaria agradecido si pudiera encontrar algo sobre ella o sobre su marido.
– Desde luego, senor -respondio, no sin alivio por haber puesto fin a la disertacion sobre sus exploraciones por el ciberespacio y sus descubrimientos-. Vere que puedo encontrar. -Luego, con su eficacia habitual-: ?Hasta cuando debo remontarme?
– Hasta que de con algo interesante -respondio Brunetti, tratando de adoptar un tono como si bromeara, pero temeroso de no lograrlo.
Despues de esto, regreso a su despacho. Una vez ante su mesa lo asalto el hambre, miro el reloj y quedo sorprendido al comprobar que eran las tres pasadas. Llamo a casa pero no contesto nadie. Colgo antes de que se disparara el contestador. Paola se negaba a llevar
Penso en llamar de nuevo a casa y esta vez dejar un mensaje, pero nada de lo que pudiera decir cambiaria el hecho de que, una vez mas, habia dejado de presentarse a almorzar y no habia pensado en avisar. Si intentaba dejar el mensaje, los chicos se pasarian dias oyendo hablar del asunto.
Sono su telefono y respondio con su nombre.
– Soy Maddalena Orsoni. He vuelto antes de lo previsto.
En otra circunstancia, Brunetti hubiera respondido con algun lugar comun, como que esperaba que eso no significara que habia tropezado con alguna dificultad, pero ella no parecia la clase de mujer con mucha paciencia para los lugares comunes o los sentimientos, de modo que dijo:
– ?Seria posible que nos vieramos ahora?
Ninguno de los dos, observo, hizo referencia al asunto que los afectaba. El era un funcionario de la policia en
