propietario de una naviera; una vez ayudo a un famoso cirujano a idear un sistema contable particular para pacientes extranjeros; y tambien -aunque todo este asunto de los ordenadores era algo que le llego tarde en la vida- consiguio disenar un sistema informatico para la facturacion y la contabilidad completas de su despacho.
Brunetti adopto su actitud mas lisonjera, asintiendo y sonriendo ante cada triunfo que ella contaba, y se preguntaba como aquella mujer podria haber puesto a alguien en peligro, salvo a si misma, de resultas de un ataque violento por parte de la gente a la que aburria.
– ?Y cuanto tiempo lleva aqui de huesped,
Su sonrisa se volvio mas crispada al responder:
– Oh, hace unos anos me di cuenta de que aqui tengo mucha mas libertad. Y estoy con personas de mi edad. No con gente de la generacion de mi hijo o incluso mas joven… Usted ya sabe lo insensibles que pueden ser - continuo, abriendo los ojos para exteriorizar su honradez y su generosa sinceridad, por no mencionar su extrema calidez humana-. Ademas, la gente prefiere la compania de sus iguales, que tengan los mismos recuerdos y parecida historia.
Sonrio, y Brunetti hizo un gesto de asentimiento que demostraba su acuerdo de forma tan expresiva que le sirvio para despejarse la cabeza.
– Bien -concluyo, poniendose en pie y dejando claro que lo hacia con desgana-. No quiero entretenerla mas,
Ella compuso lo que probablemente intentaba ser una sonrisa coqueta.
– Una manera seria que volviese a charlar conmigo otra vez.
– Sin falta,
Su mirada era tan clara que el comprendio que ninguno de los dos se enganaba lo mas minimo respecto a lo que acababa de decir, pero ambos decidieron seguir representando sus papeles hasta finalizar la escena.
– Y yo lo tendre en cuenta -dijo la
Brunetti sonrio. Sabia que, sencillamente, no podia trasladarse a la otra mesa y empezar a hablar con la
– Usted perdone -empezo, inseguro de que tratamiento darle-, ?podria decirme donde encontrar al
– Oh, esta detras del vestibulo,
Miro alrededor de Brunetti y senalo el corredor, como si temiera que no siguiera sus instrucciones.
– Gracias -dijo, y echo a andar por el corredor. La ultima puerta a la derecha estaba cerrada, asi que llamo. Llamo de nuevo y entonces, al no oir respuesta, abrio despacio y pregunto, dirigiendo la voz al interior de la habitacion-: ?
La respuesta fue un ruido. Pudo haber sido una palabra o tambien un grunido, pero en definitiva sono como un ruido, y Brunetti lo considero una invitacion a entrar. Dentro vio lo que, al principio, le parecio una calavera apoyada en la almohada de la cama. Pero la calavera tenia mechones de cabello pegados y una delgada capa de piel arrugada. Bajo las mantas sobresalia una forma larga y estrecha, y al final, unos pies semejantes a una mitra episcopal en miniatura. Los ojos seguian alli, y se volvieron en direccion a Brunetti. No pestanearon ni se movieron; se limitaron a abrir un conducto entre el y la calavera. Brunetti reconocio el olor que habia llegado a conocer en la habitacion de su madre.
–
– Soy amigo del hijo de la
Los ojos parpadearon. O, para mas precisar, se cerraron y permanecieron cerrados un rato. Cuando se reabrieron, de algun modo se habian transformado en los ojos de un hombre vivo, embargado por la emocion y, de eso Brunetti estaba seguro, por el dolor.
– ?Que ha pasado? -pregunto con la misma voz profunda.
Al aproximarse a la cama, tuvo plena conciencia de que los ojos del
– Murio de un ataque al corazon. Debio ser fulminante, segun los resultados de la autopsia, y cualquier dolor que hubiera podido sentir duro solo un instante.
– ?Rizzardi? -pregunto el
– Si. ?Lo conoce?
Brunetti no habia considerado la posibilidad de que aquel hombre fuera medico.
– Lo conozco. O lo conoci cuando yo aun ejercia. Un hombre solido.
Los labios del doctor se movian al hablar, y sus ojos prestaban una cuidadosa atencion a Brunetti, pero las arrugas de sus mejillas permanecian inmoviles, y su expresion se leia tan solo en sus ojos.
Lo que dijo de Rizzardi era al mismo tiempo una descripcion y un halago, pronunciados con una voz que no debia haber sonado de aquella forma. El doctor cerro los ojos de nuevo, y esta simple accion lo transformo, sustrayendole el espiritu y no dejando en su lugar mas que una cabeza estragada y mas abajo, bajo las mantas, lo que parecian unas ramas.
Como no deseaba abrumarlo, Brunetti aparto la vista, pero la ventana junto a la cama daba a una calle estrecha y no proporcionaba otra vista que un muro y una ventana con los postigos cerrados. Continuo mirandolos hasta que el otro pregunto:
– ?La conocio usted?
Volvio a mirarlo y vio que renacian la animacion y el interes.
– No. Solo a su hijo. Estuve con el mientras Rizzardi… -La frase languidecio; Brunetti estaba inseguro de que hacer con ella-. Me pidio que hablara con las hermanas. Dijo que su madre era feliz cuando venia. Despues de reunirme con la madre superiora, me propongo hablar con las personas que mas le gustaban a la
– ?Conocia el hijo nuestros nombres? -pregunto, y Brunetti percibio una oleada de esperanza en su voz.
Quiso mentir y decirle al doctor que si, que habia hablado con el hijo acerca de las personas de las que ella mas se preocupaba, pero Brunetti no se sintio capaz. En lugar de eso, dijo:
– No lo se. Decidi hablar con usted despues de haberlo hecho con la madre superiora. Ella me dio su nombre.
El hombre acostado volvio a un lado la cabeza al oir eso, sorprendiendo a Brunetti con el movimiento. Pero sus ojos no se cerraron ni repitio aquella completa desaparicion de la vida de su cuerpo que habia observado antes.
Enderezo la cabeza, su mirada encontro la de Brunetti y pregunto, con voz neutra:
– ?Que quiere saber?
Brunetti considero por un momento si debia preguntarle que habia querido decir con eso. Pero el
– Quiero saber si hay alguna razon por la que una persona quisiera hacerle dano.
Al oirse decir eso, sintio un subito escalofrio, como si le hubieran pedido introducir una moneda en la boca de aquel hombre para pagarle su viaje al otro mundo o, peor, como si lo cargara con un gran peso que hubiera traido consigo.
– Si yo estuviera en condiciones de llamar a Rizzardi, ?me diria que ella murio de un ataque al corazon?
– Si.
Grandesso aparto la mirada de Brunetti, como si examinara la ventana cerrada al otro lado de la calle,
