Eran unas flores altas que parecian margaritas, blancas y amarillas, y aportaron cierta animacion a la estancia. La signorina Elettra las coloco en el jarron del escritorio, retrocedio, las estudio y desplazo el jarron hacia el alfeizar de la ventana. Satisfecha, volvio al punto de partida y se sento en una de las sillas frente a la mesa.

– He conseguido el numero de telefonino de la mujer que lo lleva -dijo, colocando una hoja de papel en el escritorio-. Maddalena Orsoni. Muy perspicaz.

– ?En que sentido?

– En el de que se preguntara por que la policia esta interesada por la signora Altavilla. Y por su muerte.

– ?Y si le digo que es mera rutina?

– No le creera -se apresuro a replicar la signorina Elettra-. Ha tratado con las autoridades durante anos, con los servicios sociales y con los hombres de los que esas mujeres se esconden. Asi que puede descubrir a un mentiroso a diez metros. No es probable que le crea a usted.

– ?Y si no miento acerca de la muerte?

– Commissario, hasta yo sospecho que miente.

Brunetti penso en fanfarronear pero abandono la idea. Aguardo a que ella continuara.

– Recuerde, signore, que el unico mentiroso habitual con el que tengo que tratar es el teniente Scarpa, asi que, realmente, no he desarrollado la habilidad precisa. Maddalena, si.

De nuevo dejo a Brunetti con la duda de como encajar su critica a un superior.

– Si usted cree que yo no deberia hablar con ella, ?como podria preguntarle acerca de la signora Altavilla? -pregunto, optando por eludir el asunto del teniente Scarpa.

Ella sonrio ante la pregunta y dijo:

– Me temo que estabamos hablando de cosas distintas, commissario. Yo no le sugiero que no hable con ella. Tan solo que no le mienta. Si trata con ella honradamente, ella hara lo mismo.

– ?Tan bien la conoce?

– No. Pero conozco a personas que si la conocen.

– Comprendo -dijo Brunetti, optando por no preguntarle tampoco sobre eso.

Atrajo hacia si la hoja de papel, alzo una mano para darle a entender a ella que no se levantara, y marco el numero.

A la tercera llamada, una mujer contesto con un neutro «Si?».

– Signora Orsoni, soy el commissario Guido Brunetti. -Le dio una oportunidad para preguntar, como muchas personas hacian, por que llamaba la policia, pero ella no dijo nada-. La llamo en relacion con alguien que trabajaba para su organizacion, Alba Libera. -De nuevo ella se abstuvo de hablar-. Costanza Altavilla.

Esta vez Brunetti decidio no decir nada mas y espero hasta que ella pregunto:

– ?En que puedo serle util, commissario?

Hablaba bajo, y su voz no permitia adivinar su edad, como tampoco se apreciaba acento alguno. Era una mujer que se expresaba en un italiano preciso. Eso es todo cuanto el pudo juzgar.

– Me gustaria hablar con usted sobre la signora Altavilla.

– ?Con que fin? -pregunto en tono neutro, con curiosidad pero nada mas.

Brunetti decidio mostrar sus cartas y dijo:

– Para averiguar si existe alguna razon para considerar con mas detenimiento su muerte.

Ella dilato la respuesta unos momentos, pero al cabo pregunto, con una voz que seguia sin revelar nada:

– ?Significa eso que la informacion de la prensa era erronea y que no murio de un ataque al corazon, commissario?

– No, no cabe duda de que el ataque al corazon fue la causa de su muerte -dijo. Luego, una vez sentado lo anterior, anadio-: Siento curiosidad por las posibles circunstancias de ese ataque.

Dirigio una mirada a la signorina Elettra, quien hacia todo lo posible por aparentar que no sentia un interes extraordinario por la conversacion que Brunetti sostenia.

– ?Y le gustaria hablar conmigo? -pregunto la signora Orsoni.

– Si.

– En este momento no estoy en la ciudad.

– ?Cuando regresa?

– Quiza manana.

– ?Y si le digo que seria urgente que hablara con usted?

– Le responderia que lo que yo estoy haciendo tambien es urgente-declaro, sin ofrecer una explicacion.

Tablas.

– Entonces la llamare de nuevo -dijo Brunetti, en tono muy agradable, como si la estuviera invitando a almorzar.

– Bueno -contesto su interlocutora, y colgo.

El colgo a su vez, miro a la signorina Elettra y dijo:

– Demasiado ocupada para verme.

– Me han dicho que Maddalena no es de las que se amedrenta facilmente.

15

– ?Ha leido los informes? -pregunto Brunetti, cuyo interes y respeto por la costumbre de la signorina Elettra de leer con atencion y escepticismo todos los documentos oficiales superaban todos los escrupulos que el pudiera abrigar por su condicion de civil.

Ella asintio.

– ?Y?

– Los tecnicos fueron concienzudos -dijo. Brunetti penso que era mejor renunciar a hacer un comentario, lo que la animo a anadir-: Las senales en la garganta y en la espalda y el traumatismo de la espalda me llamaron la atencion.

– Y a mi -admitio Brunetti, que decidio seguir siendo cauteloso y no revelar nada de lo que Rizzardi le habia dicho privadamente.

La mirada de ella era penetrante, pero su voz sono tranquila al decir:

– Que lastima que estas cosas se le escapen al doctor.

– Suele darse el caso.

– Claro. -Por su inflexion, Brunetti no se hizo una idea de si estaba afirmando o formulando una pregunta sobre la opinion de Rizzardi. Ella continuo-: Usted hablo con la monja de la casa di cura de Bragora.

Esta vez no cabia duda de que se trataba de una pregunta.

– Si.

– ?Y? -pregunto, demostrando que dos podian jugar a los monosilabos.

– La monja con la que hable la tenia en alta consideracion. La madre superiora parecia comunicativa, pero… -empezo, pero luego se desvio, inseguro de como admitiria ella el peor de sus prejuicios. La signorina Elettra no le presto ninguna ayuda, y asi, al cabo de unos instantes, el se vio obligado a continuar-. Pero es del sur, asi que adverti cierta…

– ?Reticencia?

– Si. Vianello estaba conmigo.

– Eso suele ayudar. Con las mujeres.

– Esa vez no. Quiza porque eramos dos. Y eramos altos.

Se lo quedo mirando como si lo examinara por primera vez.

– Nunca crei que ustedes fueran particularmente altos -dijo y volvio a mirarlo-. Pero quiza lo sean. ?Como era ella de baja?

Brunetti, poniendo la mano horizontal, se la llevo a la altura del pecho.

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