Lo hizo y vio que se trataba del certificado de defuncion de Marie Reynard.

En todos aquellos anos, Brunetti nunca habia decidido si la signorina Elettra preferia explicarle las cosas o hacer que las descubriera por si mismo. Para ahorrar tiempo, pregunto:

– ?Y que busco?

– Las fechas, senor.

Volvio a mirar la primera hoja y vio que su fecha era cuatro dias anterior a la del certificado de defuncion. Senalandola, dijo:

– ?Asi que este es el famoso testamento?

Era comprensible que hubiera causado tantos problemas: solo un experto podia desentranar aquella escritura.

– La tercera hoja es una transcripcion, senor. La hicieron tres personas distintas y todas escribieron mas o menos el mismo texto.

– ?Mas o menos?

– Nada importante. Ni tampoco en los papeles adjuntos.

Volvio a la tercera pagina y leyo que hallandose en pleno uso de sus facultades mentales, Marie Reynard legaba su entero patrimonio, incluyendo cuentas bancarias, inversiones, inmuebles y sus propiedades anejas, asi como todo su patrimonio mobiliario al avvocato Benevento Cuccetti, y que este testamento derogaba e invalidaba todos los anteriores y constituia una expresion de su pleno deseo e irrevocable decision.

– Bonita mezcla de poesia y legalidad: «Pleno deseo e irrevocable decision» -recalco Brunetti.

– Bonita mezcla, tambien, de bienes muebles e inmuebles -anadio la signorina Elettra, senalando con un movimiento de cabeza los papeles que tenia en la mano.

Brunetti volvio a la transcripcion y encontro una lista de cuentas bancarias, propiedades y otras posesiones.

– ?De que mas se ha enterado?

– El piso vendido a Morandi esta detras de la basilica, ultima planta, ciento ochenta metros.

– Si la propietaria era la mujer de Cuccetti, no puede haber formado parte de las propiedades de Reynard.

– No, fue suyo durante mas de diez anos antes de venderselo a Morandi.

– ?El precio declarado?

– Ciento cincuenta mil euros -respondio ella. Antes de que Brunetti pudiera replicar, anadio-: Probablemente hoy valdria mas de diez veces esa cantidad.

– Y valdria al menos tres veces mas cuando el lo compro -comento Brunetti en tono neutro. Luego, concretando-: Es interesante que nadie en Hacienda cuestionara ese precio. Esta clarisimo que es falso.

La signorina Elettra se encogio de hombros. Un hombre tan poderoso y rico como Cuccetti se habia salido con la suya en cosas mucho peores durante su vida, y ?quien no le debia un favor en Hacienda al avvocato Cuccetti?

Vianello aparecio en la puerta.

– Signorina, el vicequestore desea hablar con usted.

A ninguno de los tres les extrano que Patta no se hubiera limitado a usar el telefono. De esta manera, que todos tomaran nota, el vicequestore podia mandar a Vianello a un recado arriba, obligar a la signorina Elettra a dejar lo que estuviera haciendo para acudir a su despacho, y dejar claro a Brunetti para quien trabajaba ella y a quien se suponia que debia lealtad.

Ella se fue, y Vianello, aunque no se le invitara, entro y se sento frente a la mesa de Brunetti.

– He echado un vistazo a los libros de Derecho -dijo Brunetti, utilizando el pulgar para senalar la estanteria que tenia detras, la cual contenia volumenes de Derecho civil y penal-. Y el asunto prescribio hace anos.

– ?Que asunto?

– Falsedad en documento publico. En este caso, un testamento.

– Yo no se nada de eso -declaro Vianello, con especial enfasis en la primera palabra.

– ?Que quieres decir?

– Que si yo no se nada de eso, es improbable que alguien como Morandi lo sepa, ?no crees?

– ?Y que significa eso?

Vianello cruzo las piernas y los brazos, cargando su peso sobre la silla, y dijo, expresandose tan despacio que Brunetti casi pudo oir como el inspector juntaba las piezas mientras hablaba:

– Eso significa que una manera de que estas cosas encajen es dar por supuesto que la signora Sartori le dijo algo a la signora Altavilla sobre lo que hizo Morandi. O sea, sobre el testamento.

Brunetti lo interrumpio para preguntar:

– ?Que sabian que era falso cuando actuaron como testigos?

– Quiza.

– La madre Rosa se refirio a la signora Altavilla como «tremendamente honrada» o algo asi -dijo Brunetti, que no pudo recordar la frase exacta, aunque lo extrano de la expresion lo habia sorprendido cuando la oyo-. Asi pues, si la signora Altavilla supo algo por la signora Sartori, pudo haber sido capaz de enfrentarse a Morandi por esa causa.

– ?Porque queria que confesara?

Brunetti considero esa posibilidad por un momento, antes de responder:

– Ya pense en eso. Pero ?con que proposito? La anciana, muerta; Cuccetti, su mujer y su hijo, muertos. El patrimonio desaparecio: la Iglesia tiene lo que quedo de el. -Se encogio de hombros, en un gesto de incomprension, y anadio-: Quiza creia que eso salvaria la reputacion de Morandi, o su conciencia. -Y tras un instante-: O salvaria su alma.

Quien sabe. La gente cree en cosas aun mas extranas.

– Morandi no es la clase de hombre al que le preocupe su conciencia -objeto Vianello en tono brusco-. Ni su reputacion.

El inspector opto por no comentar la tercera cosa.

– Te sorprenderias.

– ?De que?

– De lo importante que puede ser su reputacion para las personas de las que menos esperariamos que pensaran en ella.

– Pero es un hombre sin formacion, con abundantes antecedentes penales, un ladron conocido -argumento Vianello, tratando de disimular su sorpresa.

– Podrias estar describiendo a muchos de los hombres que estan en el Parlamento -replico Brunetti, como si fuera una broma, pero de repente se sintio agobiado por la verdad que encerraban sus palabras.

En efecto, mas alla de la broma, Brunetti habia revelado una verdad, y lo sabia: incluso los peores hombres deseaban ser percibidos mejores de lo que eran. ?Que mas podia elevar la hipocresia a alturas tan delirantes?

Volvio a pensar en su encuentro con Morandi. El anciano se habia sorprendido de encontrarlo alli y reacciono de manera instintiva. Pero en cuanto se percato de que Brunetti era un representante del Estado, y en el cumplimiento de su deber -un deber que el creyo consistia en ayudar a la signora Sartori-, su actitud se suavizo. Brunetti penso en su propio padre, un hombre violento: aun en sus peores momentos, siempre se mostro deferente con la autoridad y con aquellos cuya buena opinion el valoraba. Siempre trato a su esposa con respeto y se esforzo por contar con el suyo. Que despacio desaparecian esas viejas formas.

Vianello lo saco de estas cavilaciones cuando dijo, aunque a reganadientes:

– Quiza tengas razon.

– ?Sobre que?

– Sobre que la buena opinion de la gente seria importante para el. ?Has dicho que se mostraba protector con la mujer?

– Eso parecia.

– ?Protector porque no queria que hablara contigo o porque no queria que la molestaras?

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