tambien cuatro cabellos largos, renegridos.

Y 15.000 dolares en billetes nuevos.

De repente tuve necesidad de Nina, hambre de Nina, sed, frio de Nina caliente y dulce. Pero ella ya no estaba. Me tire en la cama insultando mi falta de confianza, mi porfiada habilidad para ahuyentar lo que mas queria. Y senti algo duro bajo la almohada. La pistolita plateada.

Pense en buscar a Nina y supe que no lo haria.

Pense en escapar otra vez, total, ya estaba acostumbrado a hacerlo.

Pense en Nina y supe que estaba jodido, porque la queria.

Una chicharra desagradable empezo a sonar por todo el cuarto.

Un telefono movil caido sobre la alfombra.

– Tenemos a su amiguita, Sotanovsky -dijo El Muerto-. Se acabo la broma: o me consigue el dinero o la putilla lo va a pasar pero que muy mal…

– ?Como le toque un pelo a Nina, yo…!

– No sea ridiculo. ?Usted, que? No me haga perder mas tiempo: consiga la pasta o ella muere, pero no en seguida, le va a costar morirse. Usted ya me entiende…

– Oiga, que ella no tiene nada que ver. Ademas, la pelirroja ha muerto.

– Ya me lo dijo Serrano.

– ?Y le hacia falta que alguien se lo dijera, Muerto?

– Me importa un huevo que me crea, infeliz. Pero yo no tuve nada que ver con su muerte. Aunque ya me hubiera gustado encontrarla…

– Perdimos todos, Muerto -dije-. Sin la colorada, no hay dinero y usted lo sabe. Suelte a Nina, la va a matar al pedo…

– ?Al que?

– De balde -traduje-. Si no tenemos la plata, ?por que la va a matar?

Fue una pregunta estupida.

– Porque me gusta -dijo. Y colgo.

Pero solo queria hacerme sufrir.

Cinco minutos mas tarde la chicharra volvio a sonar.

– Usted elige -dijo-: la pasta o la chica.

– ?Cuantas veces tengo que decirle que no tengo el dinero?

– Eso ya lo se. Pero aqui Serrano dice que usted no es tan tonto como parece, y a estas alturas habra deducido que yo tampoco tengo muchas salidas. Es el unico que puede encontrar la pista del dinero. Muevase. La puta pelirroja no se lo habra llevado a Marruecos metido en las bragas. Piense.

– ?Que plazo me da?

– Hasta la tarde y sin bromas. Lleve el telefono encima. Ya lo llamare.

Colgo otra vez.

No tenia la menor idea de donde podria estar el dinero, si es que todavia existia.

Ir a la cita con El Muerto sin la guita era un suicidio.

Y no ir era matar a Nina.

Busque una de las monedas franquistas en el bolsillo y la tire al aire con furia.

Giro y giro hasta casi rozar el techo.

Cayo en mi mano y su peso redondo, en el centro exacto de la palma abierta sin ganas, me sorprendio tanto que la enjaule entre los dedos apretados.

Que recordara, era la primera vez en mi vida que tiraba una moneda y tenia la ocasion de conocer su veredicto. No estaba preparado para eso.

«Si es cara, voy a cambiarme por ella aunque sea una boludez», pense.

«Si no, me subo al primer avion aunque sea en el ala.»

Mire fijamente la mano, como si pudiera ver a traves de los dedos cerrados, como Superman o como el desgraciado protagonista de una de mis novelas inconclusas. No podia.

«Si es cara, voy al matadero», pense.

«Si no, me voy a otra muerte igual de inutil, pero mas lenta.»

Tire la moneda por la ventana, guarde la pistolita en la mochila, me la colgue de los hombros y antes de salir me calce el movil en la cintura.

A esa altura de mi vida, no iba a dejar que un dictador muerto de viejo o un aguila reaccionaria decidieran por mi.

Si habia algo que yo sabia hacer por mi cuenta era equivocarme.

40

En algun pais de mi continente, en Colombia o Venezuela creo, hay una tradicion que dice que los muertos, antes del viaje final, salen a recoger su vida, la revisitan a modo de despedida, la guardan en una bolsa y entonces mueren en paz. Yo no tenia mucho que hacer hasta que El Muerto me llamara, y sabia que antes de verlo me quedaban cosas que recoger.

Pocas, pero me quedaban.

Cada cual tiene sus ritos sin sentido, y yo tenia el mio.

No era el dia adecuado, pero pense que el viernes, a una noche de distancia, me quedaba demasiado lejos.

Camine hasta Correos cargando la mochila y mi miedo.

Pesaban mucho. Por el camino encontre algunos turistas a medio derretir bajo el sol de mediodia y madrilenos castigados a quedarse en agosto, que miraban con rencor mi mochila, suponiendome un viaje sin horarios ni corbata. Y tenian razon: el viaje mas largo de mi vida y sin pasaje de vuelta.

Entre esquivando huesos de mis recuerdos pelados, pero tomando nota de su posicion para recogerlos a la salida, despues del ultimo ritual esteril. Antes de llegar al mostrador, mi presencia desperto cierta atencion entre los empleados aburridos. Despues de seis meses de acudir puntualmente a la cita y sin recibir nunca una carta, ya era una especie de leyenda entre el personal.

Tardaron en atenderme aunque me vieron llegar desde lejos. Estaban reunidos y me miraban ocasionalmente mientras hablaban en voz baja, ignorando a la gente que esperaba en el mostrador. La verdad es que siempre la ignoraban, pero ese dia era distinto: estaban decidiendo algo.

Conocia borrosamente sus caras, a fuerza de oirles decir casi con pena cada viernes a la misma hora «no ha llegado nada para usted».

Por fin se decidieron y avanzaron directamente hacia mi en comitiva encabezada por el mas viejo, que seria el jefe de la seccion.

Sonreian.

– Hoy, si -dijo el viejo.

Y los otros asentian felices.

Me dio dos sobres y declaro redundante, al borde del llanto emocionado:

– Y son dos.

Uno tenia la letra inconfundible de Lidia, pero tarde en reconocerla, aunque el remitente era correcto, correctos el nombre y los apellidos. Habia algo urgente en esa letra, algo rabioso. Como si la misma letra hubiera sido trazada por dos manos diferentes, irreconciliables.

Era un sobre grueso y cuadrado, despachado el dia anterior. Lo palpe y reconoci la forma de un estuche de cede.

El otro sobre era casi igual de grueso pero contenia folios y venia lastimado de matasellos y transbordos.

Venia de la Argentina.

Era de Ella.

Lo mire sobre el mostrador, sin tocarlo, como si pudiera deshacerse, un hueso prehistorico y valioso. Cada curva de la letra era el eco de una caricia que tenia un lugar en mi cuerpo, un hueco para nombrar un vacio, una

Вы читаете Un jamon calibre 45
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ОБРАНЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату