de envidia, de confianza, de recelo: por un vinculo demasiado estrecho, como un cordon umbilical que puede llegar a asfixiarte.

Ciertas imagenes se te quedan impresas, de forma muy viva.

Tengo vegetaciones, que me obligan a estar con la boca abierta, dandome aire de tonta. He aceptado ir al medico y experimento una mezcla de miedo y de orgullo ante la idea de someterme a una operacion en toda regla. Idea que rapidamente se convierte en realidad. Tengo cinco anos y un abriguito gris con lunares rojos, recortado de un abrigo de mi madre en boga en los anos de la guerra. Me lo quitan y me suben a un extrano sillon giratorio; miro por la ventana el Gran Canal que hoy esta azul y oigo tintinear las tenazas cerca de mi, y de sopeton me tapan la boca y la nariz con la mascarilla de eter. Me despierto dos minutos despues y las vegetaciones ya no son mias, estan en un platito de metal, a la vista: ?se las daran a los gatos? «?Sopla, sopla fuerte!», me ordena el medico al tiempo que me da un panuelo blanco, enorme. Mucha sangre, que va disminuyendo poco a poco, casi hasta desaparecer. Me ponen el abriguito y me dirijo, con mis piernas, hacia la puerta. Estoy ensoberbecida por haber afrontado y superado aquella prueba sin quejarme, sin llorar, y espero un comentario de admiracion, un cumplido. Pero resulta que mi madre, actriz que vive su papel, elige precisamente ese momento de gloria que me corresponde para desmayarse. Todos la rodean para levantarla, para tenderla sobre una camilla, para darle sopapitos que parecen caricias, para ponerle perfumes que apestan. Por un dia en que me tocaba ser protagonista, me ha robado el papel. Ya nadie se ocupa de mi, me han olvidado en la puerta, desde donde miro aquella estupida escena que no olvidare en toda mi vida.

Otro recuerdo.

He de decir que hasta despues de los veinte anos, cuando me marche de casa, mi madre intervino siempre autoritariamente en la eleccion de mi ropa, bolsos, zapatos: que queria acompanarme para elegirlos ella. Que, ademas de incapacitarme durante largo tiempo para tomar decisiones, me humillaba hasta el punto de que, una vez sentada en la banqueta de la verguenza, rompia a llorar ante la embarazada consternacion de los dependientes, que no sabian como comportarse con aquella rara senorita.

En la vieja tienda de confianza que vera las avergonzadas lagrimas adultas, una manana llegamos muy alegres: yo tendria cuatro o cinco anos. En el escaparate habia visto algo maravilloso, unos zapatos blancos y verdes que mama habia prometido comprarme en lugar de las sandalias con agujeros de siempre. No era un simple capricho: aquellos eran los zapatos de la felicidad, utiles no, sino necesarios. Veo a mi madre poner cara de espanto, pero oigo que dice: «Lo prometido es deuda». Va a pagar, le dice algo al dependiente y salimos. Yo llevo la caja con devocion, como una reliquia, como el Santisimo, y de vez en cuando beso la mano finalmente maternal. En casa, en la cama, con trepidante excitacion, muy despacio, desenvuelvo el papel de seda y descubro, de golpe, que es la traicion: el Santisimo no es mas que un vulgar par de sandalias, blancas, con ojos. No pregunto nada y ella no dice nada: he entendido la mueca de desagrado, el cuchicheo con el dependiente. Me voy a mi cuartito y lloro, silenciosamente.

Tambien asi crece la enemistad en el corazon de los ninos, que es pequeno y aun no puede albergar tanta, y debe guardarse un poco para los demas.

Para los de su edad, por ejemplo.

Cuando los mayores tratan de llevarte a una casa, a una fiesta que no te interesa, y creen que pueden tentarte diciendo «Anda, te divertiras, hay mas ninos», no saben cuanto se equivocan. ?Es que somos perros o monos a los que nos encanta encontrarnos entre animales semejantes, para despiojarnos, mordernos las orejas, olfatearnos el trasero?

No somos animales semejantes sino personillas, todas diferentes. Lo que soy yo, ademas, detesto a los de mi edad: a los varones por lo bulliciosos que son, con esa mania de correr con los brazos abiertos haciendo de avion o, despatarrados en el suelo, compitiendo con cochecitos, imitando con la boca el estrepito del motor; y las mujeres son aun peores, ensartando absurdas cuentas o haciendo, con la boquita ladeada, «de senoras» que hablan de ropa y de maridos, entrenandose, sin saberlo, para las conversaciones que tendran en el futuro, durante toda su vida.

Esa antipatia, la que me inspiraban las chicas, la arrastraria durante anos. Cuando veia a mis amigas pararse y mirar los escaparates, seguia andando; cuando reian con fuerza en la calle, en grupo, convencidas de atraer la admirada atencion de los hombres, me avergonzaba y me apartaba de ellas.

Debia de ser una detestable y detestada chiquilla, siempre sumergida en los libros, pedante, que miraba por encima del hombro: solo la timidez, y la cobardia, ocultaban parcialmente estas caracteristicas.

Pero ?yo que era? ?Una hembra, una mujer, una nina? Tenia las ideas confusas. Mi madre (si, siempre ella) nunca me permitio tener el pelo largo, imponiendome el barbaro y cruel rito de cortarmelo desde que naci, cuando me llevo a un barbero para que me rapara, tanto es asi que habia gente que se sorprendia de ver «un toso coi recini» [14]. Tenia que conformarme con hacer ondear la cabeza delante del espejo, imaginandome que tenia la melena de Melisenda.

?Que decir de los calcetines, que yo seguia usando cuando ya todas mis companeras usaban medias, mucho mas elegantes, y tambien cuando empezaron a ponerse las de seda? Tambien fui la ultima en dejar la falda con tirantes. A mis protestas, ella, sin el menor miramiento, decia: «? Pero si no tienes caderas!». ?Y que pasaba por eso? ?Es que acaso no existian el elastico, los cinturones, los botones?

Por supuesto, todo lo empeoraba aquella maldita escuela de monjas donde convivian, en la misma aula, borricas de buena familia, plurirrepetidoras pero pechugonas, con novio, y ratitas flacas, pobres de solemnidad pero en regla con el orden de los estudios. Y justo con la mas guapa, envidiada y odiada por esas indolentes borricas, tuve que cruzarme el dia, terrible, en que mi madre me obligo a ponerme un sombrero de paja de Florencia, lleno de flores y cintas, que llamaban «pastorcilla», y, asi ataviada, a cruzar la ciudad, a coger el vaporetto grande e ir al Lido, para visitar a mi madrina. En los callejones por los que se colaba el viento, la engorrosa pastorcilla florentina se me salia del cuello rigido y los transeuntes hacian afables comentarios que yo tomaba por insultos malignos; me senti a salvo cuando sali al sol, a una calle que daba a un canal, pero en eso vi aparecer, muy bronceada, a la guapa rubia que, llamandome por mi apellido como se estila en la escuela, se limito a alabar mi elegancia. A lo mejor hablaba con sinceridad, pero yo lo interprete como una burla. Con el corazon atravesado, me arranque el odioso objeto de la cabeza y lo doble en cuatro, en ocho, en dieciseis, en treinta y dos, para destrozarlo, matarlo, hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.

A proposito de corazones atravesados.

Aquel Jesus, con barba rubia curiosamente partida, con ojos azules de nordico, llevaba uno en su mano desnuda, sin siquiera una venda, un guante, un trozo de papel, y vaya si sangraba aquel corazon, un poco repelente, casi palpitante. Las monjas ponian un Jesus de esos por todas partes: habia uno que incluso movia los ojos y te seguia hasta la puerta con aire de leve reproche, pero daba igual porque ninguna se asustaba.

Un poco de miedo, en cambio, nos daba la meditacion del Viernes Santo que todos los anos cerraba los llamados ejercicios espirituales, consistentes en saltarnos las clases, en fingir que leiamos textos edificantes, en rezar o cantar todas juntas pensando cada cual en sus cosas. La atencion se despertaba de golpe cuando llegaba «el», el cura encargado de formar nuestras tiernecillas almas con los ejercicios prescritos, precisamente, por la gimnasia espiritual. Alto, aspecto de galan tenebroso, el padre Saverio, que no tardaria en convertirse en monsenor Saverio, lo que en realidad conseguia era hacer latir mas velozmente el corazon de todas, monjas y ninas, sembrandonos la atraccion por el pecado, de manera deliciosa.

Su caballo de batalla era, precisamente, la meditacion del Viernes Santo. Cuando llegabamos a la iglesia ya lo encontrabamos en su sitio, la cabeza entre las manos, absorto en pensamientos tan profundos que no oia ni el frufru de nuestros delantales, el repiqueteo de nuestros pasos, el chirrido de los bancos. Cuando salia de su ensimismamiento, como si ascendiese de una inmersion submarina, comenzaba en voz muy baja el relato de la Pasion de Cristo: la condena, los escupitajos, los latigazos. Luego, en voz cada vez mas baja pero tambien mas vibrante, pasaba al infame suplicio: la pesadisima cruz, la subida al monte Calvario, las caidas. La crucifixion con su anadido de clavos, la incomodisima postura encogida y la lanza que le clavaron en un costado exigian un tono mas alto, para estallar al final en el grito desgarrado y desgarrador: «?Senor, senor, por que me has abandonado!». Silencio. Largo. Pausa artistica con la cabeza de nuevo entre las manos. Al volver a levantarla, empezaba el examen: mirandonos de una en una, buscaba claramente entre nosotras a la culpable de tamano tormento. Como no la encontraba, concluia que todas eramos culpables y, tras describirnos con todo detalle las penas del infierno, nos amenazaba con ellas a menos que… A menos que con el alma realmente arrepentida y afligida nos purgasemos del pecado amparandonos en la confesion, primer paso vacilante hacia la redencion.

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