en la que me quede sola, convencida de que aprovecharia la ocasion para hacerlo subir a pesar de que lo tenia prohibido, al salir para ir al cine con papa, dejo, medio escondido en el ultimo escalon, un cigarrillo.
A su vuelta, el cigarrillo ya no estaba.
Como novio era asiduo de nuestra casa, donde como es logico se entretenia mas con mi padre, por sus charlas intelectuales, que con mi madre, cuya hostilidad y perspicacia se habia olido.
Sin embargo, a mi padre le toco pronto descubrir su mezquindad, defecto mucho mas grave que la pobreza.
Una noche hablabamos de Maquiavelo (oh, que cultos somos) y mi padre, apasionado de libros y orgulloso de su biblioteca, fue de inmediato a coger un hermoso volumen encuadernado en piel roja. Pues bien, el otro mostro tanta admiracion e interes, que mi padre, angustiado y tras rogarle encarecidamente que lo tratara bien, al final se lo presto.
«Pasa un dia y pasa el siguiente / pero nunca vuelve Anselmo el valiente.» [16] Ya se sabe lo que ocurre con un libro prestado. Pasados unos dias lo reclamas, dejas pasar un lapso mayor de tiempo y de nuevo lo reclamas con cierta verguenza, y al cabo ya no sabes como sacar el tema y lo dejas al albur y a la memoria del otro.
Quien este libre de pecado que lance la primera piedra: yo misma tengo un par que ya no puedo devolver porque han muerto sus respectivos duenos. Es un pequeno remordimiento de entre los muchos que los maniaticos como yo entenderan: por otra parte, los
Papa regreso a casa menos indignado que deprimido: me lo conto todo y me regalo el encarnado volumen para que lo conservase siempre como una leccion: y, en efecto, sigue aqui, al alcance de la mano, en mi biblioteca.
?Ay! ?Don Juan, por que me haces recordar estas miserias? ?Por que, en lugar de seguir cenando eternamente con tu Convidado de Piedra, has tenido que deslizarte en un sueno que solo me pertenece a mi, figura trastornada e incoherente que ahora me veo obligada a revivir?
Segun el lugar comun, que suele ser una comun verdad, habia perdido la cabeza. Un dia, un poco preocupada aunque solo un poco porque por norma los jovenes piensan que es imposible lo probable, te pregunte: «?Y si me quedo embarazada?».
Tu respondiste con ternura (?verdadera o falsa?, me lo sigo preguntando): «Seria tan candoroso este nacimiento».
Aqui se fabrican angeles
No hubo nacimiento ni, aun menos, candor.
Fui, sola, a un medico: me confirmo la hipotesis que habia lanzado en broma, tomaba sal de frutas contra los mareos, decidida a negar y a renegar, como hacen las ninas ante todo trance que consideran, con sinceridad, insoluble.
Aguante lo que pude, hasta que, enfrentada a la Santa Inquisicion de mi madre, me rendi y me entregue totalmente.
Don Juan fue expulsado de casa, yo me encerre; el nos seguia rondando, yo temia incluso asomarme a las ventanas.
Mientras tanto la gente, que se habia perdido un episodio, daba los buenos consejos que tendria que haber dado antes: que me mantuviera alejada de aquel hombre, era un pequeno timador y un gran depravado, queria casarse conmigo por puro interes, nos habia contado un monton de mentiras, etc., etc.
Hasta las monjas, abandonadas hacia tiempo por la escuela publica, lo conocian. Anos atras iba a buscar a la salida, acompanado por un enorme perro escenografico, a una jovencisima alumna que era su amante, hija de una dama de la que a su vez habia sido amante: el colmo para aquellas virginales muchachas viejas que en todo perro grande y escenografico ya veian siempre el de Mefistofeles. Una de ellas se encontro en una ocasion con mi madre y, ruborizandose, se atrevio a decirle: «Hagale saber a la Pucci que todas las monjas de N. rezan por ella».
Mama volvio a casa enfurecida: veia esfumarse el desquite de una vida cada vez mas humillada. A la hija vestida de blanco dirigiendose, en gondola, a la iglesia para la boda.
Sin embargo, me tenia el suficiente carino para empenarse en impedir que me arruinase la vida, que a esa edad me «ahorcase» con un hijo y un marido sinverguenza.
Yo pensaba de otra manera: incluso compre una bolsa de agua caliente en forma de oso y la escondi; ella la encontro y la tiro a la basura.
Mi padre vacilaba. Recuerdo con bochorno retrospectivo una escena demasiado patetica. Papa, destruido, en el sillon; yo sobre sus rodillas, la cabeza sobre su pecho, sollozando; y el cede, como si estuviera tratando de un juguete deseado y rechazado, y dice con la voz empanada, que despues odiare toda mi vida: «Si, ninas mias, trabajare, trabajare para todos».
Pero mi madre, mi tigresa, fue inflexible: hablo largo y tendido, como si estuviera en un tribunal, nos explico por que estabamos equivocados con varios ejemplos; en resumen, si no nos convencio, se impuso.
Ganada la causa, recurrio a las artes medicas que habia aprendido en el pueblo: curiosamente, la sangre ya no la impresionaba (lo que me demostro que su desmayo cuando vio mis vegetaciones sobre el platito no fue sino una escenificacion, aunque involuntaria), no la impresionaban las heridas, es mas, se habia convertido en el ambulatorio de la calle. «Llevemoslo a la casa de la Abogada», decian las madres cuando los chiquillos se lastimaban: la vi curar a un nino (chillaba como un cerdito) que se habia derramado brea hirviendo sobre una rodilla, completamente negra.
En cambio, no sabia nada de los males de las mujeres; habia oido hablar unicamente de un remedio, al que me sometio, el bano de pies en agua muy caliente con mostaza, mientras refunfunaba: «Me siento una vieja alcahueta».
No os lo aconsejo, no hareis mas que achicharraros los pies. Hay que ser Scarlett O'Hara para tener un aborto tras caerse por unas escaleras; miles de mujeres mas, masacradas a golpes diariamente por sus maridos, dan infelizmente a luz.
A la vista del fracaso, con suma precaucion acudimos al mundo exterior. Empezaron asi a desfilar por casa personajes un tanto siniestros, casi todos medicos expulsados de su correspondiente colegio, con buenos modales, con malos pensamientos. Uno llego a proponerme una pequena operacion «para dejarme como antes». Me revolvio el estomago y lo eche.
Mis padres pusieron la mirada mas lejos.
Todas las ciudades pequenas tienen su doble: mas pequeno, con menos peso y, lo que es mas importante (como en el caso de Padua para Venecia), a unos treinta kilometros, el gemelo malo al que se va a comprar cosas prohibidas y a hacer negocios un poco sucios, a tener amores clandestinos. Se regresa a casa el mismo dia, mas ligeros, normales, siendo los de siempre, porque lo que nadie sabe es como si no existiera.
Mi padre se acordo de que en ese satelite borroso vivia un amigo de la infancia, que se encontraba en una situacion familiar parecida a la suya. Muy avergonzado, acudio a el, y encontro ayuda.
En aquellos anos cincuenta (espantosos, y no
