importante: un viaje (de trabajo, claro) a Roma. Tras mil dudas, preocupada pero feliz, la madre accedio a dejar a su hija en aquellas manos que sabia mas expertas en hombres, o en aguja e hilo, que en ninos, pero cuyo amor por Pucci les ensenaria que hacer, como y cuando.

Las improvisadas amas de cria secas se pusieron manos a la obra con celo, y la vieja Cocca/«coca», probable ex guardiana de casa de citas, fue por una vez la maestra. Sin el gato, los ratones bailaron alegremente: la nina, la directora, la patrona y hasta el hombre-zangano que le calentaba la cama. Seguramente las hijas de Maria disfrutaron mas que nadie con aquella muneca que sabia hablar, que nunca lloraba y a la que muy pronto habian ensenado a cuidar de su aseo personal. Quisieron entonces que la nina pasara al menos un dia y una noche fuera de alli, en casa de una de ellas, y le suplicaron que no lo contara jamas.

Que maravilla. Pucci supo que era el campo, aquel campo que los venecianos solo conocen en forma de geranios en las macetas que hay en las bonitas ventanas, dado que los «campos» [10] son sus plazas. Y nada de papillas sino alubias, fruta fresca sin lavar pero frotada rapidamente sobre el delantal, lo suficiente para no tragarse un gusano o una arana, un agujero en el suelo dentro de una casetilla llena de rendijas que hace las veces de bano, pocas advertencias pesadas y reiteradas, poquisimas prohibiciones: en resumidas cuentas, la libertad.

A su vuelta, los padres, como hacen todos los mayores cuando se han olvidado como eran de pequenos, la abrumaron a preguntas sin contar nada de lo que habian hecho ellos. Se resistio, se resistio y se resistio hasta que una noche, tantas ganas tenia de hablar y tan orgullosa estaba de haber vivido tamanas aventuras, estallo: «?He dormido sobre hojas!». Hasta tal punto la habia impresionado el costal crujiente que le habian dado como cama.

Fue perdonada, y tambien las aprendices. Aprietos mucho mas complejos se avecinaban. Italia se disponia a entrar en guerra y su padre decidio que ya era hora de que los tres vivieran juntos, en Venecia, donde la gente ahora tenia cosas mas serias en que fijarse, que deducir, que comentar, que cotillear.

Pucci, seria, antes de marcharse, solo pidio permiso para ir a despedirse de Gattamelata. Le parecio que tenia el ceno menos fruncido y que casi le estaba sonriendo.

La guerra gusta a los capitanes de (des)ventura.

La guerra de los pequenos, la guerra de los mayores

Me mandaron enseguida a la escuela. Era de unas monjas muy chics: a cambio de una alta mensualidad, no daban tanto bombo al hecho de que siguiese llevando el apellido de mi madre ni al de que estuviese dispensada de gimnasia para no tener que ponerme el uniforme (horrible) de Pequena Italiana. Dos exquisitos detalles de mi padre que lo eximen con creces de esa insolita desviacion de su laicismo.

Ademas, en aquellos anos, salvo algunos jerarcas fanaticos y, en el campo opuesto, los expatriados, todo el mundo vivia en la contradiccion, ya fuera aceptada o elegida.

Con las monjas, honradas profesionales de la fe, aprendi: a llamar ma chere mere a la madre superior, a hacer una breve reverencia, a bostezar sin que se notara en la iglesia. En cambio, no aprendi, y lo lamento, a recoger la falda de su largo habito en un coqueto remolino de tela, que se sujetaba con un solo alfiler.

Gracias a mi dispensa de las clases de gimnasia me pasaba el rato fantaseando sentada en un banco. Alli fue donde conoci a mi principe azul, a mi primer novio. Era un nino gracil y palido, rubio como corresponde, de familia rica, con una pierna machacada por la poliomielitis. Si cruzamos treinta palabras en total ya es mucho decir para una aventura que tenia lugar cuando contabamos seis anos, antes de segundo de primaria, plazo maximo que se concedia a los varones para que asistieran a la virginal escuela: ?plazo basado en la edad del uso de razon u obtenido a partir de los calculos de los cientificos sobre la longitud del pene a dicha edad? Calculos, bien pensado, no menos abstrusos que los que esos mismos cientificos, en esos mismos anos, hicieron para determinar los requisitos de las «razas», puras e impuras.

Treinta anos despues, cuando me senalaron por la calle a mi primer amor, empalideci: un hombreton alto y gordo, con las marcas del borrachin veneciano, que andaba con las piernas abiertas, creo que mas por exhibicionismo que por necesidad motora. En el fondo, para curarse de las penas de amor, solo hay que esperar.

Para nosotros, en casa, seguia siendo la epoca tranquila de la guerra. Venecia, que afortunadamente nunca fue devastada por los bombardeos, cuando la dejaban a oscuras estaba preciosa. Cielos estrellados que no he vuelto a ver, paseos con mi padre, que me ensenaba las constelaciones (yo, nina sabihonda, sabia reproducirlas con granos de arroz sobre un plato, para admiracion de todos), secreto reparto entre ambos del firmamento: el, mas experto que yo, se apropiaba de las estrellas mas brillantes como Sirio, Aldebaran, Betelgeuse; a mi me quedaba, como premio de consolacion, la azul Vega.

En 1943 todo cambio: el cuento se volvio mas negro pero seguia siendo un cuento.

Ya hemos dicho que los recuerdos, verdaderos, reconstruidos o mejorados, son siempre recuerdos. ?Sabia alguien entonces que mi padre habia sido el unico en la ciudad que se habia atrevido a salir en defensa de los vecinos de la casa de Marcello Petacci (el majadero hermano de Claretta), a quienes aquel atormentaba disparando contra los postigos? Seguramente no, como tampoco nadie debia de estar al tanto de que tras la amistosa advertencia del comisario («?Es que no sabe, abogado, que se trata del hermano de la amante de Mussolini?») se habia levantado de un salto y, haciendo el saludo romano y, con su inteligencia, sagacidad, ironia y rapidez habia replicado: «?Como se permite hablar asi de nuestro Duce?». Yo solo sabia que, despues del 8 de septiembre, llego la venganza. Mi padre acabo en la carcel, sin acusaciones concretas, pero por sus companeros de celda (los famosos vecinos, los testigos imprudentes y afines), enseguida comprendi.

Parece que fueron dos meses extraordinarios: para empezar, nunca habia comido tan bien en toda su vida (la mitica cocinera del «vecino» llevaba a diario exquisiteces gastronomicas para todos); por otra parte, aquel caballero resulto ser un estupendo companero (declamaba enardecido el Infierno de Dante mientras, de noche, era bombardeada la cercana Margheta, entre el humo, el reflejo de las llamas y los gritos de los detenidos). Otro companero de celda, un napolitano que quizas habia terminado alli por azar, hablaba con gran alharaca sobre su familia de seis hijos (luego se descubrio que solo tenia dos, y ademas mujeres) y todos los dias ejecutaba un curioso ritual: sacaba las imaginarias llaves de su casa y recorria el trayecto (habia contado los pasos) desde su quincalleria, cuyos articulos trataba de vender en subastas ilegales, hasta su domicilio.

En resumen, una jaula de locos.

Yo tambien tuve mi poquito de diversion las veces que con mi madre, mezcladas con las familiares de los detenidos, ibamos a llevarle una muda, algo de comida, un libro pasado por la censura. Habia hecho amistad con un perro que tenia cejas (y no solo eso, sino que ademas eran de distinto color), cuya dulzura y alegria desmintieron para siempre el topico segun el cual tal caracteristica denota en el animal mal caracter.

Mi padre y sus nuevos amigos, ya porque no existia ningun cargo contra ellos, ya por la intervencion de varios medicos transigentes, fueron trasladados al hospital y luego puestos en libertad. Si la carcel habia sido una especie de asueto ensombrecido por las chinches (cada vez que atrapaba una, el lector de Dante, de una forma que comprendian perfectamente tambien los no linguistas, pasaba rapidamente al masculino plural y, al tiempo que la aplastaba, rugia: «?Malditos! ?Malditos!»), ahora empezaba el autentico peligro.

Se estaba organizando la Resistencia y los intelectuales como mi padre, duchos con la pluma pero ciertamente no con el fusil, resucitaban en la clandestinidad los antiguos periodicos del partido. El se encargaba del Avantil y de la redaccion de las octavillas, que luego distribuia un companero pastelero. Alguien hablo y todo el grupo acabo en la lista negra, si ya no lo estaba.

La guerra, entre sus poquisimas virtudes, tiene la de volver mas inteligentes a las personas en peligro. Una manana (mi madre habia sonado con flores, para ella un signo indiscutible de inminentes dolores), muy temprano para los habitos de los tribunales de la ciudad, la secretaria llamo por telefono desde el despacho anunciando, con rodeos y palabras vagas e inusuales en una muchacha tan sencilla, la presencia de «gente» que iba a buscar a mi padre a casa. Mi padre entiende al vuelo y huye. Con tanta prisa que se pone los pantalones sobre el pijama: y sale a la calle justo antes de cruzarse en el «sotoportego» [11] con unos cuantos alemanes y «repubblichini», [12] que tienen el

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