honor de no conocerle la cara. El picadero de un conde rojo lo aguarda: no estara con sus mujercitas pero si en un lugar seguro.

Mientras tanto, mi madre, especialista en escenas melodramaticas y lista como su heroe Bertoldo, se inventa que «aquel cerdo» la deja a menudo sola, sola con una nina pequena; llora, se desespera y los caballeros ya no saben que hacer, salvo poner la casa patas arriba y secuestrar un viejo libro de historia que no tiene nada de subversivo pero cuyo titulo, ignorantes como son, les recuerda el monstruo bolchevique: Del aguila imperial a la bandera roja. Por ultimo, a uno de ellos se le ocurre una idea de pelicula: sacarnos de la casa y usarnos como cebo para que picara el padre desconsolado. Pero ?adonde podian llevarnos? El alcaide se niega a encerrarnos porque soy demasiado pequena. Hasta que un fascista, para ganar meritos, ofrece su casa en la playa y a su familia como guardiana. Asi, pasamos unos dias respirando aire de mar: yo me dedico a pasear en compania del hijo adolescente, mi madre a charlar con la esposa que, con el sentido comun de las mujeres, ya sabe como va a acabar la guerra y por ello considera conveniente ser amable con nosotras. O puede que despreciara realmente a aquel marido oportunista y ruin, toda vez que, al verlo desde la ventana vaguear por el jardin con el pijama a rayas que llevaban de dia los italianos haraganes, solto un «Fijese, parece un preso», que resulto profetico.

Fracasada la astuta trampa, pocos dias despues estabamos en casa.

Es entonces cuando vivo mi aventura guerrera mas hermosa: mi padre, que se muere por verme, consigue que mi madre me autorice a ir a pasar una noche al ya secularizado picadero, del que he de volver a casa a la manana siguiente, sola para no llamar la atencion. Sola y con algunas noticias para mi incomprensibles: ?una autentica correo partisana de ocho anos! Sola, yo que siempre habia estado acompanada, que supuestamente no conocia Venecia y que, sin embargo, como los perros, como los caballos, encuentro magicamente las calles, doblo con desenvoltura los callejones, cruzo en cuatro zancadas el puente de Rialto como si fuese mio, porque es mio, es mia esta maravillosa ciudad, con el sol, con la sombra, perfumada de especias merced a aquellas droguerias decimononicas que han destruido paulatinamente para hacer primero tiendas de radios, luego de neveras, despues de televisores, por ultimo, de moviles (ni siquiera me atrevo a escribir el afectuoso diminutivo que nadie sino los italianos emplean para designar dicho aparato, como si fueran crios), [13] por seguir o anticiparse a la onda que primero hace plum y mas tarde cataplum.

Cumplida mi mision, mi padre tuvo que dejar a otros companeros de paso el hospital refugio, que habia visto de todo pero nunca hombres solos con barba larga, muchos de ellos con los pantalones sobre el pijama, la cabeza perdida en pensamientos en ningun caso lujuriosos.

?Final feliz? Si, para algunos, pero no para el socialista pastelero, que acabo en Dachau, donde se quedo para siempre.

Ahora el peligro esta realmente cerca, casi palpable, y hay que buscar otro cobijo. Lo ofrece una familia modesta, con una casa oscura en un callejon, que acepta a aquel extrano huesped aun a sabiendas de quien es y del tipo de paz que esta buscando. Es duro estar ahi, escondido durante meses, sin poder salir nunca a tomar una bocanada de aire, como no sea ya muy entrada la noche y pendiente de las rondas: pero es mas duro acabar en Dachau.

Papa no es de los que pierdan el animo: sigue la actividad clandestina escribiendo sus articulos, estudia y aprende ingles mientras el poco dinero que se ha economizado en casa pasa a los bolsillos de los «estraperlistas», que aparecen siempre en un regimen de carestia. Personalmente, me siguen dando nauseas las «americanas», que no eran chaquetas de hombre, sino guisantes troceados, de los que mi madre se hace con una provision que a mi me parece inagotable. Yo era una nina escrupulosa: me resisti a las americanas y gane la guerra. Pese a ser muy flaca (aunque entonces todos eramos flaquisimos, solo hay que mirar fotografias: un mar de bigotillos, gomina, hombres y mujeres en los huesos), consegui dejarlas en el plato.

La esperanza es el mejor reconstituyente y la mayoria de la gente confiaba y se mantenia en pie aguardando la llegada del primer dia de libertad, concepto y condicion nuevos y un poco misteriosos para al menos una generacion. Ese primer dia, que llego a la ciudad despues del 25 de abril, sin embargo no fue ni tan heroico ni emocionante. Como en Venecia no se puede entrar en jeep con chicas a bordo, lo que da materia para muchos documentales, y ademas sus ciudadanos son especialmente ironicos y guasones (en lo que constituyen toda una excepcion a la impermeabilidad padana), lo cierto es que pocos ingleses, en orden tan disperso que parecia casual, aparecieron por el puente llamado entonces Littorio, donde fueron recibidos por un reducido numero de personas. Nada que ver, comentaron los irreductibles venecianos con la cabeza siempre vuelta hacia el pasado, con los regresos gloriosos de los galeones tras las victorias de «nuestro leon». Ironicos y guasones, en efecto, pero muchos fueron corriendo para que les sellaran como fuera, de manera legitima o fraudulenta, cualquier papel que certificara su adscripcion al Comite de Liberacion Nacional y a alguna Brigada Partisana, donde habrian realizado actos dignos de reconocimiento y, de ser posible, de recompensa.

La esperanza, el festejo y el miedo se habian terminado hacia unos dias, mientras llegaban noticias del norte insurrecto. ?Insurrecto? Aqui nunca se rebela nadie, no es propio de los aristocratas venidos a menos que somos.

El 25 de abril, en cambio, lo recuerdo perfectamente. Desde hace siglos, aquel dia Venecia celebra su gran fiesta. Es el dia de San Marcos: la plaza y la basilica se adornan con rosas, se venden rosas (mejor dicho, «bocoli», como se llaman en veneciano) en todas las esquinas en los anos buenos, porque segun la tradicion los hombres deben regalar un pimpollo a sus mozas y a estas les encanta el gesto, vaya si les encanta. En 1945, obviamente, no habia ni muchas flores ni mucho dinero que gastar: pese a todo, un aire fresco y alegre circulaba entre la gente que llenaba las calles y las plazoletas. Todavia habia francotiradores, que disparaban desde los tejados, pero nadie les hacia caso: habia llegado su fin, su autentico fin, dentro de poco bajarian para rendirse, para pagar, siempre demasiado poco.

Un grupo de mujeres, entre ellas una vecina nuestra, estaba cotorreando sin parar, como solo las venecianas saben hacer, al lado del estanco, al sol, en San Giacomo dall'Orio, la hermosa plaza con arboles frondosos, una rareza en un lugar dedicado a las aguas.

Oimos un zumbido, un estruendo, un ruido que desconociamos, gritos, alaridos. La granada lanzada por uno de esos miserables que estaba en los tejados cayo en medio del grupito de las felices parlanchinas y las mato a todas.

Para mi, aquel dia estallo la paz.

Enemistades

Al hacernos mayores, luego viejos y peor si se padece alguna enfermedad, lo usual es confundir hechos y anecdotas de la infancia y la adolescencia, que se ven desde lejos aureolados por una luz dorada, envueltos como caramelos de colores.

Yo no. Se que esa es la edad mas cruel, cuando los aranazos se graban como heridas porque la piel, blanda y suave, es mas sensible. Ademas, ciertas personas viven aquellos triviales enfrentamientos, aquellas antipatias automaticas como ofensas imperdonables. Eso fue lo que me paso a mi.

Es facil recordar con dulzura a un hombre tierno, carinoso, justo con los que defienden la justicia, mas aun si posee el halo del perseguido politico que, precisamente ahora que me habia acostumbrado a esperarlo detras de la puerta para echarme en sus brazos cuando llegaba, tiene que estar mucho tiempo lejos de casa.

Quien esta siempre conmigo es mi madre, a menudo tumbada en la cama, pano mojado sobre la frente, contraventanas entornadas, en silencio, por la diaria, epica jaqueca. Nadie viene a vernos, ni un mayor con el cual hablar ni un pequeno con el cual jugar. La unica transgresion, estar sentada en el suelo, pero sobre una manta, por los microbios.

Mi madre, como otras mil, esta obsesionada con la limpieza. Es de las que chillan «Caca, caca» cada vez que el nino coge algo interesante del suelo y hacen como si le pegaran en la mano que aquel le tendia confiado para contemplar juntos el nuevo tesoro. Asi es como los hijos aprenden que el mundo esta hecho de mierda mucho antes de que tengan la prueba indudable.

Es una enemistad muy comun la que se da entre madre e hija, y reciproca, hecha de admiracion, de antipatia,

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