Yo, que ya amaba el teatro pero ingenuamente ignoraba la realidad profesional, pedi confesarme con el padre Saverio, sin saber que a los primeros actores no les gusta rodearse de las jovenes promesas sino de las viejas ineptas.

Hurgue en mi conciencia en busca de los deseos mas turbios, de los pensamientos mas blasfemos. En parte gracias a la meditacion previa, en parte (lo digo sin modestia) gracias a mi talento innato, me vi haciendo el papel de Maria Magdalena. ?Ay, que bien me habria venido en ese momento el pelo largo!

Sin embargo, el detuvo con una mano las lagrimas que ya habia conseguido derramar y con voz ahora nada vibrante ni seductora, me dijo: «Todo lo que cuentas son simples tonterias. Tres padrenuestros, tres avemarias y tres glorias».

De lo mas ofendida, me levante y me fui, sin acto de contricion.

Asi, el pastor perdio su centesimo cordero: no lo busco ni volvio a encontrarlo.

«Sua passion predominante e la giovin pricipiante» [15]

Como todas las adolescentes, me encontraba fea.

Flaquisima, poco pecho, ni carne ni pescado. En cuanto a mis gustos, desde hacia muchos anos su inspiracion y su modelo eran el cine, las actrices con sus pies diminutos, sus ricitos y, ay, sus naricitas. Y pensar que los museos estaban llenos de retratos de antiguas damas, reinas de corazones, con los pechos aplastados por los corses, los pomulos rojos de borrachas y las narices mucho mas largas que la mia. Que podria haber quedado hasta bonita, tan noblemente fina ella, colocada sola sobre una mesilla, pero que, en medio de mi cara, desentonaba. O mejor dicho, era yo quien no la sabia llevar, imponer con la debida autoridad. Ademas, ante la duda de ser hombre, admirado por su inteligencia, o mujer, apta para desempenar tareas menudas, no me decidia a adoptar trucos y truquitos que habrian mejorado mi «exterior».

Parece que Virginia Wolf lo pasaba muy mal cada vez que se dirigia a una dependienta para comprar un producto de maquillaje. Y que las compresas se las hacia ella misma. En cambio, cuando escribia una nota como «Querido George, fue usted muy descortes en mi merienda de ayer…», el tal George era Eliot.

Cada uno con sus timideces.

Mi madre, tampoco en el delicadisimo terreno feminidad/virilidad, belleza/fealdad, me ayudaba mucho. Me reprochaba que no experimentara placer en las tareas domesticas (me encantaria conocer a alguna que lo experimente), que no supiera guisar (entonces casi no comia), que no supiera coser un boton («no hace falta tanta ciencia, una mujer coge la aguja y le coge el tranquillo»). Al mismo tiempo, me animaba a estudiar para que fuera independiente, mientras ella se resignaba a quedarse, pues ya estaba acostumbrada a hacerlas, con esas faenas, sin ensenarme nada.

Por lo que se refiere a la belleza, tras repetirme hasta la saciedad que aunque no fuera guapa era «fina», un dia dijo una cosa terrible. Buscando en su cultura de revistas el ejemplo de una mujer triunfadora no guapa, encontro el peor: «?Fijate en Elsa Maxwell!». Elsa Maxwell, la repugnante enana que se ganaba la vida y frecuentaba la buena sociedad chantajeando a ricachones, actores y actrices con la amenaza de sacar a la luz sus devaneos en sus venenosos articulos; Elsa Maxwell era el modelo que una madre ponia a una hija que no era un monstruo ni una depravada, sino que solamente sufria las melancolias de su edad…

Mi padre al menos supo proponerme algo concreto: que hiciera teatro. Me presento al director del Teatro Universitario local, institucion muy respetada que entonces oscilaba entre el amateurismo y el profesionalismo: fui aceptada.

Habia encontrado mi sitio, el lugar destinado al narcisismo de los timidos que finalmente, con esa mascara que llevan, pueden decir con las palabras de otro lo que piensan e incluso muchisimo mas.

Me converti en una pequena estrella, aprendi a maquillarme, viaje con la compania, me embriague con el olor polvoriento de los camerinos, tuve cortejadores bienintencionados que no me gustaban, los otros, los malintencionados que me atraian, se detenian en el umbral como si hubiese una campana de cristal que me protegia o me negaba el placer: la buena familia, la mayor cultura, la ingenuidad.

En cambio, los hay que se sienten atraidos por estos rasgos, otros a los que les gusta robarle la mujer al amigo, turbar a la devota, corromper a una nina: Don Juanes, en suma.

El mio llego una noche al teatro y me lo presentaron como un periodista perseguido y despedido de su periodico, mojigato y conservador, por la independencia y la valentia demostradas en la defensa de sus ideas.

Era el retrato (la parodia, diria ahora) del intelectual de izquierdas: aire de suficiencia, ojos entornados, gafas que se quitaba y ponia con desenvuelta reiteracion, cabeza que ladeaba apenas pero de manera constante, un hombro ligeramente hundido como si cargara un enorme volumen imaginario que en realidad no era sino el periodico que apretaba bajo el brazo. Detalle importante (se vera por que), el traje marron.

Me administro la dosis justa de cumplidos, es decir, muchos pero enmendados por algunas observaciones que juzgue nuevas y agudas. Me ofrecio respetuosa amistad, pintorescos paseos y entradas para el Festival Internacional de Cine: solo dimos los paseos.

Pique como la merlucilla que era y no fui capaz de ver, mas alla del aspecto de un caballero tan distinguido, los autenticos deseos y los vagos planes de un hombre que me doblaba la edad.

?Que encontraba, entonces? Muy sencillo: la confirmacion definitiva de mi feminidad por medio del despertar, repentino, incontenible, de los sentidos aun intactos, cerrados, jovenes.

Y ademas mi Don Juan personal era un seductor nato, poseia los requisitos requeridos.

Amaba realmente a las mujeres, al reves que la gran mayoria de los hombres, que se convencen de que las aman por no perder la cara frente a si mismos pero siempre prefieren las companias viriles, en las que se habla con sencillez de cosas concretas, a las femeninas, en las que hay que adentrarse en un laberinto de preguntas, acusaciones, deducciones, contradeducciones, a veces pesadas, a menudo aburridas, siempre con el riesgo de llegar al odiado final con lagrimas.

Como las amaba, las conocia, y con ellas se volvia a su vez mas sensible, mas sutil, mas inteligente.

Como las conocia, de manera espontanea le salian las palabras adecuadas, las propuestas sugerentes, los besos ligeros, las caricias en el lugar y en la forma que deben hacerse, primero lentas, apenas un roce, luego, captando que la temperatura de la companera iba en aumento, poco a poco mas rapidas, profundas, posesivas.

Asi conoci todos los portales y los callejones de la Venecia erotica antes de ir a su casa, donde vivia con su madre, permanentemente encerrada en su habitacion, a la que le aranaba la miserable pension que cobraba.

Con la paciencia de un pescador, sabia esperar a que la merlucita fuese a implorar que la frieran y se limito a hacerme un halago que sono delicioso a una precoz cinefila como yo: «Tu boca es incluso mas bonita que la suya», dijo senalando un fotografia en la pared que encuadraba los labios, solamente los labios, de Greta Garbo.

Espere su cumpleanos para ofrecerme: asi, el pescador de esponjas tuvo su perla rara.

Los problemas empezaron casi enseguida. El, pese a la mala situacion en la que se encontraba, cometio la desfachatez de presentarse a mis padres, y ellos (por increible que parezca) cometieron la ingenuidad de considerarnos prometidos. Puede que haya empleado una palabra injusta, demasiado dura, puede que a mi padre su propia correccion lo hiciera ver mas el bien que el mal, puede que usara la tactica, el chantaje de los buenos, de forzar al otro a que tuviera una conducta honesta demostrandole que lo tenia por un caballero si le confiaba su hija. Sin embargo, anadio una frase equivocada («ademas, mi hija es sexualmente tranquila»), que me irrito y me empujo a demostrarle lo contrario.

En cambio, mi madre, con su sentido comun de campesina, no tardo nada en reparar en pequenos indicios de su mala fe: «?Por que lleva siempre el mismo traje marron?». El afirmaba que le fastidiaba tener que vaciar los bolsillos, pero ella advertia que el traje estaba siempre perfectamente planchado, por consiguiente los bolsillos habian sido necesariamente vaciados, de lo que deducia que tenia un solo traje.

Al «muerto de hambre», como ya lo llamaba, le tendio entonces una trampa pequena pero eficaz. Una noche

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