una cadena centelleante de erres arrastradas que podia concluir en un bon mariage o, en los casos desafortunados, en una visita a las faiseuses d'anges.

Bonita expresion, que hace pensar en pequenos talleres que huelen bien y en los que diestras tejedoras esculpen, sacan brillo y pintan angeles medianos, pequenos y diminutos. Nunca grandes, nunca de mas de tres meses, pues la condena es mayor.

El pequeno taller al que fui no olia bien, a menos que se considere buen olor el de las judias que se cuecen cuando no se tiene hambre. Tampoco era un antro con un catre para descuartizar a la gente: era una cocina, sencillamente. Nos esperaban; mi padre, al entrar, tal vez para adaptarse al ambiente o para fingir desenvoltura, dijo la unica frase en dialecto que le he oido pronunciar jamas: «La ghe xe casca». [17]

La duena de casa, acompanada por una chica muda, presunta sobrina, que ejercia de ayudante, enseguida me invito a pasar a la habitacion y a tumbarme sobre el catre, sobre el que habia una toalla. No me parecio un trabajo dificil el faiseuse d'anges ni tampoco peligroso: ya habian inventado las pajitas de plastico, sustitutas modernas de las antiguas agujas de hacer punto. Por otra parte, apenas pude ver como manipulaban dentro de mi cuerpo: incomoda, recorria la vista por el espejo, por la reproduccion de la Virgen de Loreto, por la colcha de seda que habian quitado de la cama y colocado cuidadosamente doblada sobre el sillon, junto con la indefectible muneca.

No era un trabajo dificil porque el resto tenia que hacerlo yo; buscarme un medico en una clinica permisiva, como las llaman, para la limpieza final. Me advirtio lealmente que durante la noche sufriria mucho («como en un parto») y me aconsejo que anduviera pero sin perder la pajita. En un momento dado, saldria todo.

Mi padre pago, dio las gracias y nos fuimos directamente a la casa de su amigo de la infancia, que nos hospedaba. Si en total habia pasado un cuarto de hora, ya es mucho.

Empezo la noche de los dolores. Recorria el pasillo de un lado a otro, de un lado a otro hasta el cuarto de bano: pasillo, cuarto de bano, cuarto de bano, pasillo. Nada.

Horas asi, ya con dolor en el vientre, mucho dolor, un dolor tremendo. Ante el temor de echarlo «todo» por la casa, fije mi residencia en el cuarto de bano.

Como decia Charlot, la vida vista en primer plano es una tragedia, en un plano general, una comedia. Palida, sentada ignominiosamente en el bide, indudablemente no parecia una reina, pero cuando, de repente, broto de mi cuerpo una especie de muneco diminuto, negrusco, embadurnado de sangre, senti por primera vez la solemnidad de la muerte.

Por la noche, mi padre salio a tirar mi muneco al canal. La unica mala accion de su vida.

Ya basta. No recuerdo nada mas, no quiero decir nada mas, tampoco he sonado jamas con estas cosas ni se por que las cuento. He regresado mil veces a nuestro satelite, donde he cursado mis estudios, y nunca he buscado esas casas.

La sonrisa altiva de Gattamelata, mano de hierro en guante de terciopelo, maestro de la doblez, se ha soldado firmemente con los nervio» por el examen escrito de latin, aun en vigor en la universidad de una ciudad pecadora pero conservadora.

El estudio me apasionaba, el teatro, que creia que iba a ser mi vida, cada vez menos. Le guardaba, de una manera misteriosa, rencor. Es raro como cambia uno de pasiones. Durante anos segui yendo al teatro, como espectadora, pero mas por deber que por placer, por no perderme las funciones importantes que habia que ver. Al final solo me daban sueno, un sueno enfermo que una vez estuvo a punto de hacerme caer de mi asiento en la sala de butacas. Me desperte inmediatamente y el ridiculo de la situacion me turbo. Sin hacerme muchas preguntas, deje de ir.

No queria ver gente, sobre todo a la que habia conocido «antes». Me abri un poco en la universidad, donde todos eran nuevos, pero cuando regresaba a casa me encerraba en mi misma.

Don Juan, en vez de quedarse en el infierno para seguir su cena eterna y sus pendencias con el Comendador, tuvo una ocurrencia digna de el. Fue a ver al fiscal de la Republica para acusar a mi padre de haberle sustraido «la mujer y el hijo». El magistrado, que conocia a los dos, supo como comportarse.

Son terribles los mentirosos de buena fe, y peligrosos, convencidos como se sienten de que todos sus castillos en el aire estan realmente hechos de muros solidos, con magnificas almenas, torreones, terraplenes, que pueden aislar a voluntad gracias a su puente levadizo. Nosotros, sin fantasias de ese tipo, nos quedamos atonitos preguntandonos si acaso no cometiamos un error impugnando el recurso de apelacion de un pobre diablo que seguia proclamando a gritos su inocencia, tergiversando las circunstancias, insinuando una pequena duda al jurado, esa pequena «duda razonable» suficiente para que lo absolvieran.

* * *

No podia quedarme en mi ciudad, me habian quemado la tierra bajo los pies, quitado los amigos que ya no queria ver, con los que ya no me entendia.

Mi natural inclinacion a la melancolia se acentuaba; una melancolia ambiental, la llamaria, que ya no soportaba la romantica niebla, el chapoteo del agua en los canales, el sonido apagado de las campanas, sobre todo cuando llamaban a Visperas, por la tarde, con la ciudad ya a oscuras.

En casa todos estaban en ascuas, asi que, cuando dije que me queria ir a Roma siguiendo los pasos de un famoso profesor con el que estaba preparando la tesis, y al que habian contratado en aquella ciudad para concluir su carrera, no tope con objeciones inobjetables.

Me encontraron alojamiento en la casa de una especie de tia y parti hacia una vida nueva, si no con la bendicion, por lo menos con el forzado permiso de mi padre y mi madre.

«?A Moscu, a Moscu!»

La ironia, afable pero urticante, con que mi padre parafraseaba la veleidosa aspiracion de las tres hermanas a hacerse moscovitas, habia sido vencida.

Yo si me iba a Roma, y ademas con su ayuda economica. Seguramente cambiaria de vida, al reves que Olga, Masha e Irina, las cuales, ya fuera en Moscu o en el pueblo de provincias, serian siempre unas tristes solteronas o unas nerviosas malcasadas.

Ya conocia la ciudad y tambien la amaba con esa inquietud, con ese miedo a perderla, a no llegar a poseerla por entero que, precisamente, son inherentes al amor. Ya deseaba que llegara el dia en que la pasion se transforma en tranquilo afecto, el dia en que me sintiera parte de ella lo bastante para poder quejarme, como todos los genuinos habitantes, de sus defectos e incomodidades.

Asi pues, pense que lo que yo necesitaba era una gruta de eremita donde enclaustrarme o una ciudad grande donde esconderme.

Mimetizada como un camaleon sobre la hoja de un arbol, finalmente me sentia libre. De los vinculos, de las trampas, de las murmuraciones que siempre te siguen en tu ciudad natal, que deberia tener la obligacion, como una madre, de amarte.

Los dos suppli [18] que constituian mi comida me parecian lo mas exquisito que habia probado jamas; encontrarme sola en una calle, una plazoleta, un callejon equivalia a una aventura en la jungla.

«Roma no acaba nunca», suspiraba cojeando sobre el empedrado Leopardi, quien no sentia el menor aprecio por la ciudad; para mi, en cambio, esas palabras me sonaban como una promesa: siempre habria algo que descubrir, una inscripcion que descifrar, un fantasma que desanidar. En resumidas cuentas, una fiesta ininterrumpida, la tarta de los cuentos de la que siempre queda un trocito. Para las personas que disfrutan con la soledad, estar en un lugar en el que nadie puede situarte con exactitud constituye una dicha singular: puede que

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