todo el placer de los viajes resida en eso.

A veces me turbaba una especie de remordimiento; pero era un remordimiento esnob por haber preferido la belleza abierta y facil de Roma a la de Venecia, ciudad mas fria, mas cerrada, donde de hecho, a pesar de las grandes alabanzas que se le prodigan, nadie querria vivir.

Entre la plaza Navona y la Via Giulia, en la Via del Mascherone, hay una lapida con una inscripcion acongojante, dedicada a un poeta que solamente conocen los especialistas:

«El poeta Guglielmo Federico Waiblinger partio de su Alemania natal y vino a esta Roma Inmortal donde encontro la patria de sus suenos. Solamente aqui fue feliz. Murio en esta casa a los 27 anos el 17 de enero de 1830».

Realmente aqui fue feliz.

Hasta los anos cincuenta, Roma tenia gustos y necesidades, si no elementales, simples.

Los talleres de los artesanos compartian aun el sol y la sombra con los edificios del centro, que no precisaba llamarse «historico». Los panaderos convivian con los merceros y tambien con los joyeros. Por todas partes habia charcuterias, verdulerias y carnicerias. Algun matarife de cerdos tenia aun doble licencia y, en verano, se convertia en vendedor de sombreros de paja y articulos de playa, por el antiguo prejuicio, extendido no obstante la llegada de las neveras, de que el cerdo era nocivo en los meses calidos.

Los romanos eran poseedores de dos brazos y dos piernas, pues todavia no se habian transformado en ese pueblo de milpies y de diosas Kali que necesita de millares de zapaterias y tiendas de blusas, que a saber por que han de hallarse todas pegadas.

Estaban las porteras [19] de Ciociaria con sus sonolientos maridos, que te decian, si llegabas cuando estaban comiendo en su chiscon: «?Si gustas?». Siempre me quedaba atonita, preguntaba por el menu y a veces aceptaba, hasta que me explicaron que no era mas que una formula de antigua cortesia campesina, a la que habia que responder con la correspondiente contrasena: «Gracias, ya he comido».

Las rosticcerie [20], aunque tambien algunas madres de familia las aprovechaban, eran el reino de los hombres y las mujeres solos.

Alli conoci los famosos suppli, que me asombraron por la longitud de sus cables telefonicos, el bocadillo de mozarela rebozado, con una anchoa de sorpresa dentro, las flores de calabaza con un buen chorro de aceite. Los pollos giraban sobre asadores en escaparates y siguieron siendo un plato festivo hasta que desde las instancias superiores se nos recomendo consumirlos mas en provecho de la economia nacional: en efecto, a partir de ese momento se convirtieron en un plato vulgar y dejaron de gustarnos.

Habia muchos banos publicos: para quien no tenia una banera digna de tal nombre y sobre todo para quien, siendo huesped de un cuarto de alquiler, le irritaba pagar un suplemento por ese servicio y queria disfrutar en paz del aseo semanal, sin nadie resoplando al otro lado de la puerta y con apenas un hilito de agua caliente, que encima parece querer hacerte el feo de no salir. Nunca he visto grifos tan anchos y chorros tan potentes como los de los banos publicos. Que en los barrios eran realmente publicos, esto es, comunales, regentados por un particular (grandiosos los de la senora Garbatella); los de los barrios del centro, en cambio, estaban en las firmes manos del comendador Cobianchi, a cuyo cargo se encontraba asimismo el estrategico emplazamiento de la Casa del Pasajero, en la estacion. Cleopatro Cobianchi, el unico hombre en todo el mundo con ese nombre.

En cuestion de nombres, Roma iba un poco por su lado. Los Benito ya eran jovenzuelos creciditos, cuando no hombres hechos y derechos que solian llevar esa etiqueta explicativa con cierto empacho; mucho mas sueltos los Spartaco, cuyos padres habian rescatado el nombre subversivo a traves de la tempestad de los reglamentos sobre la onomastica que dicto el fascismo. El ardid de prohibir los nombres extranjeros, si bien elimino los Lenin y los Stalin, con Spartaco, que para lo bueno y para lo malo pertenece a la historia romana, no surtio efecto. Ademas, si se habla con precision, Benito tambien es un nombre extranjero, y encima de un revolucionario, pero se trataba de la excepcion que confirma la regla. Y asimismo en la tradicion de la antigua Roma, que revivio la campana demografica, estan los numerosos Primo, Secondo, Terzo, Quarto, etc., etc., asi como los que fueron exentos de impuestos e incluidos en el benemerito grupo de las familias numerosas, el mismo que tenia que darnos ocho millones de bayonetas.

Tras dejar muy pronto a la presunta tia, pues me quedaba corta, se me presento el problema de buscar alojamiento. Fuera del centro, donde sin embargo conocia muy buena gente, ni pensarlo: Roma es Roma hasta las murallas. Encontre un cuarto en un callejon situado en las inmediaciones de la Fontana de Trevi: en las inmediaciones, no enfrente o al lado, pero el estruendo del agua o los chorros que alcanzaba a entrever asomandome por la ventana me bastaban y sobraban.

La patrona era, como ocurria a menudo, una ex prostituta de muy baja estofa; se le notaba por la manera en que se maquillaba: parecia que se hubiera dado un brochazo de pintura blanca sobre la cara, mientras que los ojos, azules y bonitos, los oscurecia con unas sombras caseras.

Ahora bien, su caracteristica principal era el lenguaje, que no abundaba solamente de lo que los romanos llaman el «dinguete donguete», sino que retorcia tanto las consonantes que nunca pude saber si su apellido tenia una «p», como figuraba en la placa de laton que habia en la puerta, o una «b», como lo pronunciaba ella; llevaba alrededor del cuello «una zorro» y me deseaba como la mayor de las dichas que tuviera pronto «mi televisora» personal.

Vivia con un supuesto tio que estaba siempre en mangas de camisa, tanto en invierno como en verano, al que me senalaba como ejemplo de aguante y de vigor cuando timidamente me quejaba del frio: «Fijese en mi tio, que tiene ochenta anos». En efecto, como en todas las viejas casas romanas, en lugar de radiadores, considerados un lujo sibaritico, en esta habia una de esas entranables estufas de loza que solo calentaba el pasillo y sobre la cual, apoyado de espaldas, pasaba los meses invernales, en mangas de camisa, el anciano pero gallardo tio.

La fauna que se hospedaba era la habitual: en su mayoria hombres insignificantes, humillados y ofendidos. La unica interesante era la vecina de la puerta de al lado: una chica, o mejor dicho una senorita, guapa pero palida, melancolica, a la que alguna vez me parecio oir llorar, al otro lado del tabique.

Una noche oi llamar a mi puerta: era ella. Me dijo que era calabresa, que vivia desde hacia muchos anos en Roma, donde habia llegado con un hermano menor, tras ganar una oposicion a Correos. Una vez envalentonada, me lo conto todo sobre ella, es decir, lo poco que le habia pasado en la vida, como sucede a veces durante los largos viajes en tren, en los que el desconocido companero de compartimento es elegido como confidente y testigo de hechos que el ignoraba hasta hacia diez minutos. Sin embargo, percibia que no me lo estaba diciendo todo: el relato se interrumpia cuando mencionaba al hermano, encargado de cuidarla por ser el varon, pero a la vez cuidado por ella en la medida en que era mas pequeno; en su cara aparecia entonces una demanda de ayuda, timida y apremiante. Finalmente el nudo se desato. Su hermano habia muerto varios anos antes: la confusion de la posguerra y la suya propia, asi como las trabas burocraticas, le habian impedido mandarlo a Calabria; habia estado largo tiempo en una camara frigorifica en el cementerio de Verano, donde al final, cansados de esperar, le habian encontrado un pequeno hoyo. La hermana creia que ya todo estaba arreglado cuando, de repente, le habia llegado una carta en la que se le requeria, se le exigia, que estuviera presente en la exhumacion. ?Cuando? Manana. Temblaba, lloraba, no queria ir sola. Naturalmente, al dia siguiente fuimos juntas. Fue a comprar uno de esos contenedores de metal para «reducciones» y nos presentamos al sepulturero. Este, un tipo apuesto shakespeariano, llevaba un rato esperandonos, apoyado en la azada. «Oiga», dijo enseguida, «no puedo sacarlo». «?Por que?» «Porque sigue entero.» «?No!» Aquel «no» retorico, casi un grito, fue interpretado por el hombre como un signo de desconfianza en su pericia profesional. «Pues entonces cavare y se lo ensenare», dijo ofendido. Pero al segundo no, y mas aun al acentuarse la palidez de ella, que anunciaba el inminente desvanecimiento, comprendio: era angustia, miedo, horror. Movio la cabeza: aquellos no eran sino cuerpos muertos, no podian hacer dano a nadie, es mas, eran el trabajo, el pan para sus hijos. De todos modos, nos acompano a ver al director.

Las oficinas de Verano. Absurdamente, uno se las imagina oscuras, con muebles negros apoyados sobre zarpas de leon, silenciosos. Lo cierto, en cambio, es que son como todas las demas, con el mobiliario que la Direccion Provincial destina conforme a la jerarquia, funcionarios que hablan de horas extras, un zumbido apagado de palabras.

El director fue muy amable: mando traer dos cafes con leche, convencio a los encargados de la tienda de que

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