jubiladas, sino por la asfixiante sensacion de que hoy el mundo se esta estrechando, viajes incluidos, hasta acogotarte. No, no es la queja de quien encuentra hermoso cuanto tiene que ver con su juventud, una edad que causa mucho sufrimiento, sino que se trata de un hecho real, que puede constatar cualquiera que reflexione un poco sobre el: de los diez mil nombres que se usaban hace unos cuarenta anos se ha pasado a tres mil, de la infinita variedad de manzanas apenas se salvan las reineta, las golden y pocas mas. ?Y donde se encuentra un corte de tela o un boton encarnadino, pavon, turquesa, zafirino, verdeceledon? ?Quien conserva aun delante de los ojos de la mente, con claridad, esos fragiles matices?

SOS: ?Salvad nuestras almas!

Maria Antonietta era una adorable companera en esas correrias: curiosa, atenta, participativa. De vuelta en casa, volvian los problemas. No terminabamos lo poco que nos quedaba de carrera bien porque dedicabamos los dias y las noches a devanarnos los sesos tratando de los temas mas complejos, bien porque un miedo neurotico nos impedia hacer frente a las cosas practicas.

Ay, ay, sin querer me ha salido la palabra «neurotico». Hizo falta, pues, la ayuda de un profesional para que nos centraramos un poco. Ante la desesperacion, Maria Antonietta, creo que por motivos economicos, acudio a una psicologa, terapeuta muy apreciada en su circulo, muy severa, muy catolica, traje de chaqueta oscuro y mono como en las peliculas. Parece que el cometido de este colectivo consiste en hablar, dar consejos, enderezar, intervenir profundamente en la vida ajena, por el bien de los demas, claro esta. O al menos por lo que ellos juzgan que es el bien. Enseguida le aconsejo que se pusiera carmin y pendientes, y que se peinara de una forma mas apropiada y femenina.

Despues le exigio que no me viera mas, nunca mas.

Amiga mia dulce y furiosa, seguidora devota de un falso guru, solo ahora entiendo por que jamas he sonado contigo. La estricta prohibicion, acatada por ti con obediencia instantanea, ciega y absoluta (como habria dicho tu mussoliniano padre), se extiende hasta mis suenos, en los que veo una casa que podria haber sido la nuestra. Es pequenisima, como en la que se encuentra entrampada Alicia en aquel Pais de las Maravillas que no son nada maravillosas, con un ventanuco irregular en los tejados, igual al de mi habitacion. A veces consigo entrar, otras no.

Pero tu nunca estas.

Ahora me tocaba a mi, que, como pertenecia a otro medio y tenia algo de dinero gracias a mi cada vez mas perplejo padre, iba a ir a un psicoanalista. Entonces era casi una moda y solo me quedaba elegir entre un junghiano y un freudiano. Aunque lo haya comprendido tarde, y dada mi poca inclinacion a escarbar en lo profundo, habria sido preferible que pescara en el primer grupo: se habla, se desempolvan o descubren mitos, leyendas, simbolos; en resumen, se pasa el tiempo de una forma agradable. En cambio, elegi un freudiano, por mor de ortodoxia.

* * *

El profesor M. tenia realmente le physique du role y por ello me gusto mucho. Bastante joven pero calvo, gafitas doradas, bajito como un elfo, un duende, una criatura magica del bosque. Gabinete en una penumbra agradable, sobrio, con el divan reglamentario. Unico detalle llamativo, para mi, no para el, un reloj de mesa girado hacia su lado al que de vez en cuando echaba una ojeada que pretendia ser indiferente, como hacen los taxistas con el taximetro.

La primera sesion fue pasable: una especie de replica de la confesion a Maria Magdalena pero con un resultado mejor del que me habia llevado, en la epoca de las monjas, a abandonar toda fe religiosa. Resultado mejor, lo descubri pronto, solamente porque el psicoanalista freudiano no habla nunca, no te manifiesta su parecer, no hace comentarios ni da consejos, no sugiere durante la terapia ni, mucho menos, impone cambios de estado y de amores (deje a ese, quedese con aquel). Si pese a todo insistes, empieza un educado partido de tenis, en el que te devuelve veloz la pelota (?usted que piensa?, ?como lo interpreta?), y tu te quedas ahi, incapaz de devolversela a tu vez con tu inutil raqueta desenvainada.

Los dolores comenzaron enseguida, en la segunda sesion.

?Que le cuento a este, que sea adecuado a la circunstancia? Una vez mas me salvaron las peliculas: con los suenos, naturalmente. Tenia un bonito cuaderno de tapas de flores, con una tierna imagen de santa Ursula de Carpaccio pegada en la primera pagina: ella duerme como una nina, su pequena mano en la mejilla, aun no sabe que dentro de poco un angel se deslizara en su sueno. Hacia anos habia empezado a anotar mis suenos: los relei, eran viejos pero no habian perdido significado y, durante algunas sesiones, los aproveche.

Hasta que se hizo el milagro: para ello me vali de la hoja y la pluma que tenia listas sobre la mesilla de noche, como hacian los antiguos romanos cuando pedian los numeros que iban a salir en la Loteria de San Pascual y los transcribian a toda prisa en cuanto se despertaban.

Comence a sonar como es debido, con simbolos de este porte. Mi madre en voluptuosa guepiere negra era la autentica feminidad que se me habia negado (pobre mujer, y pensar que detestaba y desaconsejaba la ropa interior negra, pues la consideraba muy poco higienica); las excavaciones arqueologicas de toda la ciudad representaban los procedimientos del analisis; el edificio de la Rinascente (ojo al nombre), que en su interior ocultaba un lazareto, contenia todas las miserias que el temido inconsciente podia sacar a la luz. Sin embargo, el mejor sueno, que no entendi enseguida, fue el de las nueces: habia comido muchas y las vomite en el acto, con sus pulpas casi intactas. El profesor M., que entre tanto se habia vuelto un poco mas locuaz, me pregunto a que se parecia el interior de esos frutos secos. Al cerebro, por supuesto, cuya parte enferma eliminaba en nuestros encuentros.

Tuve asimismo un genuino transferi con los correspondientes celos infantiles por las otras ninas, que trato «mi» doctor. A una incluso la persegui, persecucion de la que regrese desconsolada: era guapa, elegante, llevaba una pulsera de monedas tintineantes.

No es que me pasara todo el santo dia a la bartola, al reves, nunca he trabajado tanto, en el antiguo sentido de «bregado», en toda mi vida.

Por la manana me desplazaba hasta una pequena ciudad costera donde hacia una suplencia: suponia levantarse a una hora indigna, ir corriendo con el primer tranvia a una estacion de cercanias, lanzarme al tren que se disponia a partir. O bien: levantarme siempre a una hora indigna, etc., perder el tren, ir a toda prisa a la carretera, apostarme alli, descartar a todos los coches que no alcanzaran cierta cilindrada, parar a los mas potentes, dar pena al conductor, llegar triunfalmente al colegio llevada por un acompanante siempre nuevo antes de que sonara la campana. Me volvi exigente y empece a elegir solo coches extranjeros: mi espiral llego a un Porsche plateado cuyo dueno, despues de correr como un condenado, me aconsejo paternalmente que me esforzara para coger el tren.

No era suficiente. Para la tarde habia encontrado un trabajo extravagante: escribir vidas de santos para una enciclopedia religiosa. La extravagancia residia principalmente en lo siguiente: como todas eramos mujeres (somos mas baratas) y la pequena redaccion estaba ubicada en un instituto universitario catolico, teniamos que entrar en el jardin por una pequena puerta secreta, cuidandonos de que no nos vieran los novicios talibanes, no fueran a turbarse demasiado por nuestra presencia, pobres almas castas en cuerpos endemoniados.

Los domingos, como debe ser, hacia alguna breve excursion por los alrededores. Precisamente durante una de ellas me forme una idea mas exacta del psicoanalisis y de sus sacerdotes.

En un concurrido mercadillo de pueblo, entre mil personas posibles, ?a quien me encuentro? Al profesor M. en persona, si en persona puede ser un hombrecillo ridiculo, con sus gafitas doradas pero descamisado, la nariz quemada por el sol, muy diferente a un elfo. De todos modos, aun a sabiendas de que estos encuentros extra moenia estaban desaconsejados, me parecio de buena educacion acercarme y saludarlo. Se puso rojo como un tomate, calva incluida, me planto en la mano una bolsita de avellanas que acababa de comprar y, con un «Buenos dias, senorita» de lo mas violento, desaparecio.

Cuando volvi a la sombra fresca de su gabinete se fue por las ramas. Que lo que habiamos hecho era un preanalisis, que tenia demasiados pacientes para poder seguirlos bien, que un excelente colega suyo ya me estaba esperando.

En resumen, me abandono. O mejor dicho, me descargo.

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