Adverti que mi madre habia hecho anadir al nombre y apellido el titulo de abogado. Me parecio poco elegante, pero mi padre, con toda su punzante ironia, si hubiese estado alli habria sonreido indulgente ante aquella pequena, ingenua vanidad.

Sit tibi terra levis

Llegan lo camilleros

Tras quedarse sola, mi madre paso diez anos mas en Venecia. No creo que estuviese mal: tenia una sola amiga, la viejisima y docilisima secretaria de mi padre, a la que podia tiranizar afectuosamente.

Cada noche, por supuesto, llamaba por telefono. Despues de enumerar con todo lujo de detalles los trastornos que habia sufrido ese dia, me pedia que le encontraramos una casa en Roma y, de ser posible, para los cuatro, perspectiva que me ponia los pelos de punta. Mas tarde, cuando empezo a poner trabas a cada una de nuestras propuestas, comprendimos que hacia algo muy parecido al astuto campesino Bertoldo, quien, al ser condenado a muerte pero habiendole concedido el rey la gracia de elegir el arbol del que habria de ser colgado, eligio una plantita de fresas.

Yo habia conseguido por fin el trabajo hecho a mi medida, el de bibliotecaria. Pronto me especialice en pesquisas raras, en lectores extravagantes que se echaban atras asustados cuando notaban lo mucho que me interesaban sus temas, que hacia mios. Alli, en aquel antiguo palacio que por si solo satisfacia mi necesidad de belleza, he pasado mis mejores anos.

Hasta que llego el palo, repentino como todos los palos.

Por cuestiones legales, mi madre tenia que dejar la casa, asi que su llegada era inminente.

Nos decidimos rapidamente por la primera plantita de fresas que encontramos a mano, parecida, hasta donde cabe, a un robusto roble.

Comenzaron asi para mi otros diez anos, pero de vacas flacas.

Autoritaria, inoportuna, pesada, pero tambien lista, resuelta, positiva: entre todas las facetas de su personalidad, ninguna coincidia con una sola de las mias. Decidi renunciar a los intentos de acercamiento sentimental y atenerme estrictamente a las directrices que ella me daba.

Iba a verla todos los dias; antes de llamar al timbre miraba el reloj para estar segura de quedarme al menos una hora, sacando una conversacion que pudiese interesarle.

Daba largas vueltas en busca del periodico de su ciudad, en el que podia enterarse de las personas que acababan de morir, mejor (oh alegria) si los conocia personalmente.

No tenia remedio. Con una agudeza que hay que reconocerle, me decia: «Si, tu me haces la compra, los encargos, pagas mis facturas, pero haces todo eso por obligacion, mientras que tu hija, que no me ayuda en nada, cuando me abraza noto que me quiere».

Es una historia aburrida, lo se, la clasica cadena infinita de los resentimientos entre madre e hija, pero con las historias aburridas, comunes, es con las que mas se aprende: todo lo que viene despues (reconciliacion final, rencor inagotable, venganza postuma, hasta crimen) ya estaba escrito alli. Solo que no nos apasionan las pequeneces que pasan entre la cocina y el dormitorio, las discusiones por medicamentos caducados y por compras mal hechas, por el volumen muy alto de los televisores y por las protestas de los vecinos. Se parecen demasiado a la vida real.

Pero de repente aparece el deus ex machina para avivar el escenario.

Una tarde mama no responde a mis llamadas de telefono. Despreocupada, no voy en ese momento a la visita obligatoria, que ya se parece a presentarse en una comisaria para firmar cuando se esta en regimen de libertad vigilada. Me llego a su puerta mas tarde, llamo: nada. Al final, despues de muchos timbrazos, responde con una voz alegre, casi picara: «Espera, abro dentro de un momento, espera». Instintivamente, ignoro por que, entre todas las explicaciones posibles siempre he elegido la mas estrafalaria; asi, al oir ese tono, pienso lo impensable tratandose de aquella mujer ya muy vieja, remilgada, un poco despectiva con los hombres: una cita galante. Me siento en las gradas de la escalera y espero educadamente a que acaben. Por suerte, llega mi hija, que, un poco mas realista que yo, rompe el embrujo erotico llamando a los bomberos y una ambulancia.

Encontramos a mi madre en el suelo, la cabeza y los hombros empotrados debajo del aparador, la casa llena de gas, pues la cafetera habia apagado el fuego al salirse el cafe. Ahora bien, no es que el gas de una cocina sea toxico, pero inhalarlo durante horas tampoco constituye un balsamo para amigdalas inflamadas. No tardo en comprenderlo en el hospital cuando mi madre me pregunta, mientras ve en un episodio de una serie negra como una policia gorda vigila dormitando a una presa enferma, que ha pasado porque no se acuerda absolutamente de nada.

Cuando le dan el alta no podemos, naturalmente, llevarla a su casa, en la que vive sola, ni conseguimos encontrar a nadie que permanezca a su lado ni, aun menos, que ella acepte.

Notese que el rechazo instintivo de los mayores al «extrano en casa» suele responder a motivos validos. Con frecuencia el extrano es una criatura tan enferma como ellos, pero de nostalgia, que se pasa el dia, cuando no puede permitirse la llamada de telefono reconfortante, con el mando a distancia en la mano, los ojos clavados en la pantalla, perdidos en busca de suenos.

Para eso eran preferibles, me decia a mi misma, los verdaderos timadores de senoras solas que, apuntando mas alto (un pequeno legado, las joyas, la casa), saben crear a su alrededor, como los profesionales que son, un clima que puede parecer de genuino afecto a quien dejo de recibirlo hace mucho tiempo.

En resumen, al final nos llevamos a casa a aquel fantasma delirante pero no inofensivo.

Mi madre, como todos los viejos, se habia vuelto recelosa; a su innata, campesina desconfianza habia anadido otra, relacionada con nosotros. Tenia un tesoro: una sortija de brillantes que solia esconder en sus ordenadisimos cajones, entre los camisones o prendido bajo el cuello de un abrigo, lugares, todos ellos, que yo conocia bien.

Un buen dia no encuentra su tesoro. En vez de ponerse a chillar como Harpagon, comienza a observarnos, a espiarnos; de vez en cuando pronuncia frases oscuras en las que alude a los peristas de Venecia, ciudad en la que mi marido ha estado hace poco: es evidente que sospecha de nosotros.

A esas trompetas, nosotros respondemos con nuestras campanas…

Esta triste, transcurre el dia en la misma ventana desde la que yo ahora veo como pasan las estaciones fijandome en mis amigos los pajaros. A ella, sin embargo, los pajaros no le importan nada; preferiria un trasiego de gente bulliciosa, accidentes en el semaforo, la sirena de la ambulancia, preludio de un poco de emocion vital.

Pese a todo, procura ser util quitando la mesa, por antigua costumbre al orden y al trabajo, y tambien por corresponder a nuestra caridad interesada. Pero ese ir y venir molesta a mi marido, que querria ver la television en paz, que todos estuvieran callados, y que una noche cogio su plato y desde entonces se va siempre a cenar a otra habitacion, haciendo ostentacion de su enfado.

Me convierto asi en la guardiana de mi madre, duermo en una habitacion contigua a la suya, muy pendiente para enterarme de sus necesidades. Tiene muchas y debo levantarme varias veces por la noche, cada vez mas exasperada.

De esa forma es como, en las familias, nos hacemos cautivos los unos de los otros, quedamos atrapados en una red fortisima que no sabes si esta hecha mas de amor o de odio.

Un dia mama deja de comer; rechaza tambien los flanes, incluso los helados, su pasion infantil. Empieza a llorar, a quejarse (como yo, como yo ahora), pero los suyos no son gemidos normales, sordos, sino gritos, bramidos que se vuelven cada vez mas fuertes y dan miedo, no solo lastima.

Una maldita noche me llama por centesima vez: no camina, no se tiene en pie, quiere ir al bano pero yo no puedo sostenerla pese a que se ha quedado como un pajarito desplumado; entonces la arrastro por el suelo esperando que se rompa la cabeza contra el marmol, como una nuez. A sus lamentos (ella es limpia, ella nunca se ensucia), respondo frotandole la cara con un pano suyo que huele mal.

Si Dios existe, confio en que en ese momento estuviese mirando hacia otro lado.

Otra noche maldita. Mi marido, extenuado, temiendo que los vecinos oyeran aquel infierno, se impone. Me pide un cigarrillo (hace seis anos que no fuma, a partir de aquel momento ya no lo volvera a dejar) y me expone

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