Al despedirme, me sugiere que no tenga prisa, que empiece a hacerme las pruebas con calma dentro de unos meses: me estrecha la mano como un viejo amigo, anadiendo un tranquilizador: «?Yo la apoyare en todo!».
En lugar de tranquilizarme, me transmite una ligera aprension y, yendo sin demora a su estimadisimo hospital para que me hagan las pruebas, regreso a verlo pasados pocos dias.
Segundo acto. En vez del individuo elegante, encuentro a un vejete que disimula mal su irritacion al verme aparecer por alli para molestar a su espiritu libre de engorrosas cargas. Examina las placas (cuyo contenido evidentemente ya conoce), farfulla una veloz alusion a las enfermedades que habia mencionado tan vagamente en la ocasion anterior y me liquida con una de esas frases que se pronuncian en el cementerio cuando no se sabe que decir a la viuda en lagrimas: «Senora, cada uno tiene sus propias desgracias».
Un latinista cinico.
Mas tarde sabre (cuantas cosas aprendidas en estos cuatro anos) que se trataba del comportamiento tipico de los neurologos del Medievo, a medio camino entre el triunfalismo del paleolitico, orgulloso de su eficaz ojo clinico en relacion con los meandros del cerebro, y la frustracion del neolitico, a los que los progresos tecnologicos en las exploraciones de aquellos han revelado la presencia de nuevos misterios pero no les han brindado la clave magica para curarlos.
A estas alturas quiero, quisiera, desearia la verdad.
Otra lumbrera, pues, (? y van seis!), un poco mas j oven pero tambien cargado de laureles academicos. Por suerte, tiene un caracter un poco mas alegre que el otro y le divierte hacer preguntitas a quemarropa (premeditadas, huelga decir), para poner a prueba el animo del paciente. «?Le tiene miedo al cancer?», te pregunta risueno doblandote una pierna. «No», respondo en el acto. «?Le tiene miedo al alzheimer?», todavia mas contento doblandote la otra. «Si», y me deshago en lagrimas. Pillada. Una intelectual que lamenta haber desaprovechado el tiempo.
Me palpa un poco mas el cuerpo (el al menos no se averguenza de reconocer como se hacia antano, de tocar la carne, la piel ajena), luego la iluminacion.
Como el jugador que en una sala llena de ojos envidiosos y de oidos incredulos, incredulo el mismo, grita «?Bingo!» con voz quebrada, asi el medico ilustrisimo lanza las palabras magicas: «Esclerosis lateral primaria». Que seria una de esas enfermedades que te hacen las veces de elixir de una vida larga y atormentadisima. Ese «primaria», ademas, no me lo ha sabido explicar bien nadie; indiferentes a los matices del idioma, los medicos se desentienden de informarte si el adjetivo se usa aqui en el sentido de «inicial» o en el de «superior». Dejemos de lado las finuras.
La lumbrera repasa a continuacion los papeles y cuando descubre el resultado negativo de la ELA, al medico que me ha atendido antes (que ha sido su alumno: aqui se conocen todos) lo califica con un sonoro «asno» y me mira sacudiendo la cabeza como si me hubiese querido inscribir en el concurso de Miss Italia. Comienzo a entender que la dichosa ELA, que reune a los mas infelices de todos, viene a ser una especie de elite conforme a la optica inversa de una jerarquia de las desgracias.
Mas o menos como el Circulo de la Caza respecto al Circulo del Ajedrez.
Con la audacia de los ofendidos, trato de averiguar las razones de mi estado. El abre los brazos y, tranquilizandose, responde: «Debe usted enviar una carta certificada con acuse de recibo al padre eterno y hacerle en ella esa pregunta, pues es el unico que puede responderle».
Con la humildad de los vencidos, pregunto entonces que debo hacer. Obsequiandome una amplia sonrisa alentadora, el medico se pone manos a la obra y con freneticas llamadas de telefono me concierta enseguida una cita con su mejor alumno, tambien profesor y a su vez director de un hospital publico, en cuyas manos me deja (?y ya son finalmente siete!).
Este medico, joven pero ya medio calvo, altisimo y con una cabeza ensartada en la sumidad del cuello como a la punta de la pica de un sans-culotte, es muy amable y prolijo en aclaraciones. Se entiende al vuelo que esta relacion maestro alumno, aunque alimentada de una hosca afectuosidad semejante a la que hay entre un padre y un hijo que se quieren, es la de dos hombres muy diferentes. Extrovertido y seguro de su propio olfato aquel, meticuloso y precavido este; rico de experiencias aquel, entregado a los estudios este; el maestro garabatea dos palabras sobre el reves de un sobre, el discipulo llena hojas y mas hojas con una letra minuciosa. Importante observacion fisiognomica: el mayor se parece a un caballo, el mas joven es un cruce entre un raton y un conejo.
En cualquier caso, ambos son barones, en la realidad o in pectore. A mi me toca el baroncito y procurare que me caiga bien; lo que ocurre muy pronto cuando, firmando un e-mail, anade: «Con amistad no solo medica».
Pero ?donde aprenden estas tretas, en cursos especiales? ?Donde aprenden, mientras te repiten que estas en tu perfecto derecho de elegir, a convencerte de que te pongas en sus manos con la mas plena confianza, hasta el extremo de que apoyas voluntariamente la cabeza sobre lo que ya no te parece un garrote sino una comoda almohada?
Todos los enfermos se vuelven ninos. Asi, a traves de un aprendizaje de sensatez y de sometimiento a los tratamientos se preparan a ese tiempo ya cercano en el que unas manos extranas (ojala que por lo menos respetuosas) los alimentaran, asearan y vestiran, convirtiendo a sus cuerpos en los objetos indefensos que han sido siempre.
A los ninos no se les pide opinion ni intuicion sobre lo que ha causado todo aquel desbarajuste. Yo solo recuerdo la profunda afliccion en que me sumio la idea de tener que dejar pronto el trabajo y con el mi funcion, mi manera de ser util, agradable, ocurrente. La ley me concedia permanecer aun dos anos, que pedi, obtuve, queme deprisa. El ultimo dia, el de mi cumpleanos, caia en sabado: poco personal, pocos lectores. Espere a que se fueran todos, baje la suntuosa escalinata siempre sucia y resbaladiza, pero rebosante de bajorrelieves y estatuas; me sente en el escalon de los mendigos y llore.
Tengo para mi que fue entonces cuando la primera neurona se seco como una rama por una repentina helada de primavera.
No volvi mas a aquel lugar, que habia sido mi palacio encantado.
En amor, o todo o nada.
Rehabilitaciones, experimentaciones, ilusiones
Al principio mi enfermedad no me daba mucho miedo. Tal vez por el nombre, tan cientifico y aseptico que no despertaba simbolismos enraizados y que se resumia mal en una sigla facil de memorizar, tal vez por esos dos adjetivos, «cronica e incurable», que se adaptaban a demasiadas condiciones: ?la vejez, por ejemplo, no es tambien cronica e incurable?
Tendria que haber prestado mas atencion al termino «degenerativa», solo que pensando en los degenerados que se divierten haciendo que los fustiguen me entraba enseguida la risa. Ademas, el medico me habia asegurado que conservaria mis facultades mentales intactas hasta el final: entonces la tome por una promesa, pero ahora comprendo que se trataba de una amenaza.
Por darle mas empaque, anadamos la pizca de absurda vanidad por sufrir una dolencia que aqueja a una persona de cada cincuenta mil (?cincuenta mil: los habitantes de una pequena ciudad!). Reios, reios si quereis pero yo conozco a una persona que afirma tener una enfermedad que comparten solo treinta habitantes del planeta: a traves de la red ha trabado trato con los otros veintinueve, una especie de casta, de estirpe predestinada a saber a que, con la que se escribe on line, disfrutando muchisimo. Por otra parte, en esta primera fase, en la que todavia te mueves decentemente y hablas mal pero de modo comprensible, estas excitado y exaltado: es la fase triunfalista, en la que tienes la impresion de haber ganado al menos cuanto has perdido y de haber sido elegido para algo oscuro pero importante. La sensacion, por norma justificada, de entender mejor a los demas, de penetrar casi en sus pensamientos, aunada a la seguridad de la plena posesion de tu cerebro, te hace sobrevalorar este en detrimento de las mas humildes expresiones corporales que al final se vengaran, destrozandote.
Asi, cuando alguien solto la palabreja «rehabilitacion» y el doctor Cara-de-raton se apresuro a atraparla y a agitarmela delante de la cara como un piruli de premio, tambien a mi me parecio estupenda y apropiada. En realidad, a los dos nos sirvio para ganar y perder tiempo.
