El hospital al que me envio (para entendernos, aquel donde se cantaba karaoke en silla de ruedas) era muy bonito. Adyacente a un castillo medieval papal, estaba bordeado por impotentes murallones. Un gran jardin repleto de miles de pajaros avispados, seguros de que alli no entraria nadie con redes o fusiles. Todo el interior relucia por su limpieza: en el fondo era una lastima que solo acogiese enfermos.
Alli aprendi a desenvolverme en aquel pequeno mundo, donde rigen otros usos, otros habitos, otras leyes.
Empece a observar los uniformes, a los que usualmente echamos una ojeada tan distraida que apenas recordamos si son batas o camisolas. Distincion que en realidad no es en absoluto baladi, toda vez que revela jerarquias y ascensos en el escalafon social: la bata blanca corresponde unicamente a los medicos y a todo aquel que tenga la categoria de jefe; el azul-verde y las camisolas son para los demas. Aunque todos los uniformes estan cuidadosamente descritos y prescritos en los reglamentos (cuello en V, tres botones, bolsillos sobrepuestos, pantalones unisex), la vanidad, el individualismo y los muy frecuentes lavados antimanchas, que destinen colores y ribetes, vuelven inutil el fin para el que han nacido, haciendo que muchas veces confundamos a un general con un cabo. Lo importante, en cualquier caso, es comprender donde se halla el poder: en los camilleros y en las jefas de planta. Los primeros pueden bloquear el mecanismo que hace funcionar todo el hospital; las segundas, fiduciarias y portavoces de los medicos, pero al tiempo procedentes de la misma clase social de sus subordinados, conocen los humores y por tanto saben dosificar a la perfeccion el pan y el palo.
En cuanto a lo» terapeutas, pueden dividirse grosso modo en dos categorias: los simples y los compuestos. Los simples se preocupan por hacer bien su trabajo, tienen una adecuada relacion con el dinero y su mayor aspiracion consiste en conseguir la diplomatura universitaria, que, a su entender, practicamente los equipara con los autenticos medicos.
Los compuestos son mas inquietos, mas espirituales, y suelen cumplir su tarea como una mision salvadora por los enfermos y por ellos mismos, lo que no siempre es necesariamente lo mejor. Mi logopeda era asi: simpatica, inteligente, amante de la poesia y del teatro. Naturalmente, pasabamos casi toda la hora que me correspondia de charleta, olvidandonos de los globos que habia que inflar y de las pajitas que habia que soplar. Salia de muchas experiencias dolorosas, entre ellas de un intento de suicidio.
?Aspirantes a suicidas, atencion! En esta fase inicial, triunfalista, todo aquel que no tenga remoras religiosas bien puede estimar que esta es la mejor solucion, en tanto y en cuanto si el mismo se infiere el golpe evitara que otro (?quien?) sea mas rapido en inferirselo. Asi, con un arrebato de dignidad de antiguo romano, podremos irnos libres, sin presenciar ni ofrecer espectaculos de excesiva degradacion.
Cuando eramos muy jovenes (y es lo unico que nos excusa), mi marido y yo planeamos esta salida de seguridad, sobre el ejemplo de muchas parejas socialistas del siglo xix. No nos pusimos de acuerdo solo porque, dada nuestra diferencia de anos, no fuimos capaces de decidir a que edad debiamos poner fin a nuestra vida. Brigitte Bardot, en la era de la carita enfurrunada y de la cola de caballo, dijo una bestialidad todavia mayor: que se suicidaria a los treinta anos. Hoy es una mujer tan despeinada como yo que da de comer a los gatos.
Atentos, companeros de desventura que sois ya los destinatarios de este pequeno vademecum que se va componiendo casi solo. El homo sapiens es el animal mas adaptable que haya aparecido jamas, sin desaparecer, sobre la faz de la Tierra. Ya no hay dinosaurios, tampoco mamuts, pero el ser humano sigue aqui. Porque ha accedido, sin prejuicios pero no sin asco, a comer carne o hierba, segun las carestias. Cuando creyo que era civilizado porque hablaba, caminaba erguido y se vestia, a lo mejor con una chaqueta a rayas con una estrella amarilla cosida encima, comio mondas de patatas, basura, cuero hervido. Otros, distintos, han traicionado, vendido a sus hijos, prostituido a sus hijas, para sobrevivir. Al final se acepta todo, creedme a mi que odio la fealdad, la suciedad, la dependencia de los demas, la enfermedad y, pues si, tambien a los enfermos: el humillante instinto de supervivencia sale ganando.
Alto, atractivo sin conciencia de serlo, el tambien seducido por la idea de la autodestruccion en un momento penoso de su pasado, mi psicoterapeuta de elegantes botines (un regalo de su muy amada mujer) seguia afortunadamente vivo: pasamos juntos horas agradables discutiendo muy seriamente de lo divino y lo humano. Comence a perderle aprecio cuando me devolvio un libro, a mi juicio estupendo, confesandome con candor que no lo habia leido porque preferia los libros relacionados con su tema. Y se lo perdi definitivamente cuando me recomendo una pelicula llena de buenas intenciones que se van al garete. Su idolo era Nelson Mandela.
Deje el hospital habiendo hecho muchas observaciones interesantes pero ninguna rehabilitacion.
Desde entonces pasaron casi dos anos, durante los cuales fui a ver con regularidad, cada trimestre, a Cara- de-raton. Yo le llevaba guasones informes de los progresos de mi enfermedad, que habia aprendido a andar en mi lugar; el escribia y escribia en grandes hojas que pasarian a engrosar, estaba segura, su personal Libro de los Muertos.
Un dia, en plan un poco magnanimo, me hizo una propuesta: ?no queria participar, digamos como «por libre», en una experimentacion de la que estaba oficialmente excluida por cuanto me hallaba algo mas avanzada que los otros en la parabola descendente? Por supuesto, tenia total libertad de aceptar o no, de dejarla cuando quisiera, etc., etc., etc.
Es inutil: estos medicos saben mas que Lepe y asi convencen a los condenados para que introduzcan la cabeza en la soga por su propia voluntad, contentos y tambien agradecidos. Acepte intrigada: en el fondo solo se trataba de tomar pequenas cantidades diarias de una sustancia que habia tenido su cuarto de hora de fama ni difundirse el rumor de que valia para apaciguar los nervios de un politico especialmente precipitado y la lengua demasiado desatada de un presidente emerito de la Republica.
Empece con la mejor voluntad del mundo, aguantando los agujeros en brazos y manos que me dejaban las continuas extracciones de sangre que hacian para los controles (Cara-de-raton era ademas meticuloso); sin embargo, cuando adverti que hacia pipi con mucha frecuencia y abundancia, me acometio ese terror de ensuciarme que es prerrogativa de las criaturas civilizadas. Y asi una noche, corriendo, es un decir, hacia el cuarto de bano, me cai, y conmigo el carrito que habia en el pasillo, anadiendo a mis trofeos de guerra (hematomas sin fin, dos costillas danadas, tres vertebras rotas), la fractura del hueso sacro.
Era la primera victima de la experimentacion que ya habia sacrificado a centenares de ratones, ellos si realmente inocentes.
Cuando, dandome animos, informe al medico sobre la puntual confirmacion de las nefastas secuelas que se recogian en el prospecto anexo al farmaco, el me respondio serafico que, habiendo surgido la sustancia para tratar a los «locos», dichas advertencias estaban dirigidas a ellos, que por naturaleza tendian a tomar dosis dobles, triples, cuadruples.
Desde ese instante me persuadi de que las enfermedades raras constituyen el autentico caldo de cultivo de las ilusiones. Pues que cuezan en ese caldo y que los medicos que no curan nos dejen en paz: maldita las ganas que tenemos de arrancar el velo de Maya o de ver la cara de Medusa con sus cabellos de serpiente moviendose despacito. Entre otras cosas, despues nos petrificaria.
He leido, asombrandome tontamente, que las personas tratadas de la forma que para nosotros es habitual (medicos, analisis, recetas, rayos, medicamentos) son una minoria sobre el planeta, toda ella concentrada en los paises tecnologicamente civilizados. El resto de la humanidad se vale de los rezos, las hierbas, los magos, las plantas, las danzas, los conjuros. Entre esas paginas he encontrado el tratamiento que me gustaria: un chaman viene a tu tienda, mira tu cuerpo, durante mucho rato te sujeta una mano entre las suyas; luego te pone una caca de ciervo sobre la frente, prometiendote que regresara al dia siguiente. Y regresa.
Viaje alrededor de mi cuarto [27]
Despues de las llamadas Fiestas, me mude a mi pequeno estudio, que ademas tiene una cama. Reducido pero suficiente para quien, como yo, no puede mover la pelvis y se pasa la noche tratando de emular en vano al baron de Munchausen, que se salvo de las arenas movedizas tirando el mismo de su pelo.
La excusa para esa mudanza es que ahi hace mas calor; lo cierto es que se trata del primer paso hacia el distanciamiento de los mios, que ya siento proximo. Ademas, me encanta este cuartito: en las paredes, imagenes y objetos elegidos por mi, cosa que no habia podido hacer jamas en la casa veneciana, donde un orden inmovil,
