una atmosfera de espera, antes del temporal.
Lo que nos incumbe directamente hace que desdenemos hasta los hechos publicos mas importantes, que los releguemos a un segundo plano.
Recibia frecuentes llamadas telefonicas de mi madre: estaba asustada, mi padre se encontraba muy mal y lo habian llevado al hospital, ella ya no podia mas, me pedia que fuera a echarle una mano. Se materializaba, en una palabra, lo que todos los hijos temen y ninguno se atreve a decir: la probable muerte de un padre en el preciso instante en que se te presenta un trabajo, un compromiso, un viaje. Descubres entonces que tu corazon esta partido en muchos trozos o, mejor dicho, que esta distraido, que es incapaz de aferrarse a un solo sentimiento sin vacilaciones: eso solamente pasa en el
Mi pequena y yo nos estabamos preparando para ir a recoger al marido y padre, en Suecia desde hacia tiempo por trabajo. ?Debia renunciar a todo? ?A una novedad, a un viaje que me apetecia mucho hacer? Comence a contarme las tipicas mentiras: sin duda mi madre estaba exagerando, papa se habia encontrado asi otras veces; ademas, amable como era, iba a esperarme.
Me marche. Sin embargo, queria a mi padre, quiza mas que a nadie en el mundo. Mi amor incluia esa manera supersticiosa e infantil con la que, en un semaforo en verde, nos decimos: «Si llego antes de que se ponga en rojo, mi padre no morira».
Y corria, corria desaforadamente, y siempre ganaba. Fui injustamente afortunado: ese viaje resulto ser otro semaforo verde. El ultimo.
Encontre a papa inerte en una camilla de hospital, a su lado la fiel triada que no lo abandonaria hasta el final: oxigeno, gotero, cateter. Aunque no podia hablar no cabe duda de que en ciertos momentos me reconocia. Era yo quien no reconocia en aquella figura enflaquecida y rendida al hombre brillante, ocurrente y culto al que todos apreciaban y muchos querian.
Mi madre y yo nos repartimos el cuidado: ella de dia, yo de noche, que muchas veces se prolongaba durante varias horas de la manana. En cualquier caso, de noche habia muy poco que hacer: a las nueve pasaba una enfermera que nos regalaba a todos, enfermos y acompanantes, una benefica pastilla que nos hacia dormir hasta la manana, cuando la despiadada regla de los turnos daba prioridad al lavado de los suelos sobre cualquier alivio de los pacientes, sobre cualquier atencion de los medicos, sobre cualquier orden de los jefes de servicio.
Pase en el hospital una temporada bastante larga, casi serena. La certidumbre del final liberador atenuaba la ansiedad, estar alli de forma practicamente ininterrumpida diluia el sentimiento de culpa hasta dosis homeopaticas, inocuas.
El hospital de Venecia es precioso para los amantes del arte, algo menos para los enfermos indigentes.
Las salas oscuras, de bovedas altisimas, tan sugerentes, no son ideales para quien no tiene mas remedio que estar tumbado en medio de una abigarrada y acerba promiscuidad. La cortina que tapa una cama no basta para contener el miedo que desde ese misterioso parapeto se propaga por las crujias. Resulta incluso preferible ver al dia siguiente el colchon enrollado en el que se ha extinguido una vida, ya listo, una vez mullido, para recibir otra, distinta pero muy semejante.
A mi padre al menos se le ahorraron estas humillaciones: aunque puede que tampoco hubiera reparado en ellas.
Estaba en una unidad nueva, en la parte de atras, donde podiamos tener una habitacion solo para nosotras dos. Las ventanas daban a la laguna, justo enfrente del cementerio. Habia supersticiosos a los que no gustaba aquella vista: estaban confundidos, pues aquella isla, exclusivamente de los muertos, dedicada a san Miguel, unica en todo el mundo, prometia una paz elitista.
Al llegar cruzaba la parte antigua, donde los cofrades de la rica Escuela Grande de San Marcos tenian abundantes marmoles, inscripciones, porticos, brocales, y luego hacia una corta parada en el jardin donde charlaba con los gatos, hermosos ejemplares de hospital a los que les daban las sobras de la cocina. Aquellos breves dialogos me apaciguaban, me permitian pasar mas tranquilamente a la otra cara de la luna, me preparaban para los otros dialogos, igualmente mudos, que iba a sostener con mi padre.
Si llegaba a la hora de la comida me invitaban, y yo, que no contaba con otras alternativas que la cocina monocorde de mama y la modesta preparada con mis manos, aceptaba encantada. Fue alli donde probe por primera vez la quina, servida en un vaso lleno de hielo triturado: deliciosa.
Mi madre me habia contado que papa, con la poca fuerza que le quedaba, habia hecho el gesto de sujetar un revolver en la mano y de apuntarselo a la sien: la melancolia y la conciencia de su deterioro habia conducido a aquel hombre tan pacifico, y tan inimaginable con un arma no tan facil de empunar, a ese estallido violento.
Brotaban de mi memoria profunda sus impulsos de bondad y de cortesia.
Entre los recien nacidos en brazos de sus madres el elegia, para hacerles carantonas, a los mas feuchos, los que eran bizcos o tenian la carita devorada por los mosquitos.
En primero de primaria, una de esas enfermedades infantiles no graves pero que tardan en dejarte me creo problemas con el latin a mi vuelta al colegio. Y el venia cada manana a despertarme, con mis braguitas infantiles en la cabeza a guisa de gorra frigia, una imaginaria flauta de pastorcillo pegada a los labios, entonando (?quien hubiera podido no reir y no aprender la cantilena?):
Era pedagogico sin aburrir, pero su metodo espontaneo tenia necesariamente que ser eficaz a la vista de que supo regalarme la unica riqueza de la que disfruto aun hoy: la curiosidad, el amor por los poetas, los narradores, la belleza.
Cuando yo ya estaba lejos, recortaba de los periodicos los articulos que me podian interesar y por la noche iba a depositar en la estacion de tren unos sobres gruesos, sintiendome asi, desde alli, mas proxima. Tal vez solo ahora, cuando ya es inutil, comprendo cuanto sufria por mi lejania, y cada vez que evoco aquellos grandes sobres amarillos en los que guardaba no solo papel impreso sino ademas toda su delicada ternura, sobres que yo muchas veces ni abria, siento una punzada en el corazon, muy profunda.
Era justo.
Era tolerante.
Era socialista por inclinacion natural, lo que no le impedia repetir para si mismo y por el mismo las palabras del principote de Salina: «Mientras hay muerte, hay esperanza».
Era agnostico, de madre muy religiosa: los muchos libros sobre la fe y las fes que tenia en su biblioteca bien podian ser una prueba y una justificacion de por que habia elegido las crudas luces de la razon en vez de la oscura seguridad materna.
Muchas veces me dijo: «Si yo muero antes, como seria logico por los anos que le saco, entierrame como quiere tu madre, dale ese gusto; pero si por casualidad muero despues, mi deseo es un funeral laico, no lo olvides».
Creia que habia que preocuparse por los hombres, antes que por Dios.
Cuando llego el momento cumpli sus deseos, si bien anadi un toque personal. El oficio se celebro en San Giovanni y Pao-lo, el arca de las glorias venecianas, pero previamente fui a hablar con el sacerdote. Le explique lealmente las ideas de mi padre y le pedi que no lo llamara «buen cristiano», para no asociarlo a una comunidad de la que no se sentia parte.
Sea como fuere, la iglesia estaba a rebosar, senal de que podemos ser hermanos aunque no lo seamos en Cristo.
Poco antes, cuando llego el sobrio feretro, sin ornamentos, que habia elegido el dia anterior, repare en que le habian puesto algo: una cruz dorada. Le rogue al jefe de los sepultureros que la quitara y el, con un pequeno destornillador que llevaba siempre en el bolsillo, lo hizo prontamente.
Mi madre, que lo habia visto, no dijo nada e introdujo en el bolsillo de papa un conejito de peluche, simbolo mas modesto pero mas sentimental.
Acompanamos a mi padre a la isla de los muertos; su tumba estaba rodeada, por no decir cercada - seguramente de forma casual, lo que no era obice para que a nosotras nos pareciera un homenaje a su timida galanteria-, solo de damas difuntas.
