El profesor N., al que fui confiada, no me gusto nada. No solo porque se trataba de una segunda eleccion, sino por razones objetivas: se habia casado con la hija de su maestro, se habia hecho celebre por el invento de una maquina de tortura para locos, lo que a mis ojos lo convertia en un perchero de sombreros, pero, por encima de todo, era apuesto.
Cuando vino a abrirme la puerta, pequeno ardid que emplea esa clase de medicos a fin de que te sientas a gusto, esperada, crei que me habia equivocado de rellano y que habia ido a parar a la clinica dental de al lado. Alto, rubio, sonrisa tranquilizadora, era la perfecta imagen publicitaria de un dentista. ?Y a un dentista, con todo el respeto por estos inevitables trabajadores, tenia que contarle mis cuitas?
Era sembrar en arena: transferi negativo.
Tuvimos muchas, demasiadas sesiones, tratando de llegar a algo. Pero no tenia suenos y recurria a todas las estrategias masoquistas que ellos llaman «resistencias»: llegaba tarde, una vez con un retraso de hasta tres cuartos de hora, cuando la sesion termina inflexiblemente a los cincuenta minutos; en alguna ocasion incluso me dormi sobre el divan…
Al final, el tambien comprendio; entonces me dijo lo unico provechoso que salio de sus labios: «Si deja el analisis, tenga en cuenta que no estara en el punto de partida, sino un escalon mas arriba».
Un dia me senti mal estando alli: temblaba de fiebre, un dolor agudisimo en la espalda, en el costado izquierdo. El profesor N. me acompano, muy humanamente, a casa, pero no pudo contenerse de decir la frase que a mis ojos lo defenestro: «?Ha observado donde le duele? Muy cerca del corazon, el punto de los afectos».
Fue asi como lo abandone. O mejor dicho, lo descargue, dejando ademas una pequena deuda pendiente.
Tanto en esto como en aquello, era la primera vez.
En el ojo del huracan
Ya es pleno otono.
La lluvia cae en agujas muy finas, demostrando una vez mas cuan mas elegante es la plata que el oro.
Goethe escribe que quien no sabe asombrarse del cambio de las estaciones es un hombre acabado.
Por fin estamos en el corazon del otono, de poesia para libro de primaria: lluvia, ultimas hojas secas que a saber por que siguen unidas a su arbol, ninos que ahora se levantan mohinos porque se les ha pasado el entusiasmo por las carpetas y los libros nuevos. Adios al esplendor dorado del principio, a la uva multicolor, a los ultimos higos, a las primeras castanas. ?Senora mia, ya no hay medias estaciones!
En el fondo, sin embargo, unicamente yo puedo disfrutar de la lluvia, desde detras de un cristal, sin la preocupacion de estropearme los zapatos, el pelo, los dias.
He escrito, he vomitado unas cuantas nueces, y esta actividad liberadora me ha extenuado pero a la vez me ha evitado mirarme al espejo del hoy. No habria visto nada bonito: el pelo creciendo blanco y salvaje y sobre todo una boca un poco torcida (vosotros, por favor, mis parientes, no lo sigais negando), que se empena con insistencia en emitir sonidos inteligibles, como nos parece que hacen los peces desde el interior de un frasco de cristal.
Con todo, justo en esta estacion, de niebla y de humedad envolventes, hace muchos anos regrese a Venecia para curarme la pulmonia que tan pintorescamente me habia diagnosticado el segundo y definitivo psicoanalista.
Milagros del aire natal: respirando aquellas minusculas particulas me cure del todo y muy rapido. Me enamore nuevamente de mi infiel ciudad y empece a hacer planes.
?Por que no recomenzar desde alli sin tener que huir mas? ?Por que no se puede ser libre, amigos, sin necesidad de marcharse?
Una antigua companera de colegio dejaba su pequeno y bonito piso: estaba justo debajo del campanario y daba al huerto de una iglesia, lo que es muy raro en una ciudad asi, donde se ven muy pocos huertos.
Lo conte con prudente entusiasmo en casa: mi padre, cuya primera maxima era la duda, se quedo perplejo. Mi madre se encargo de arrojarme a la cara el habitual jarro de agua helada: «Prefiero que estes a seiscientos kilometros de distancia antes que aqui cerca y menos en nuestra casa», me espeto. El respeto humano por «el que diran» habia ganado, pero ella me habia perdido a mi. La herida que aun podia ser medicada ya era incurable. Me fui pocos dias despues, esta vez para volver solamente en breves visitas, como un pariente lejano.
En el ojo del huracan, como a estas alturas sabe todo el mundo menos los periodistas, es el lugar mas tranquilo que existe, el sitio en el que hay que refugiarse en el caso de catastrofe natural o metaforica. Pues bien, casi todo el mundo paso, agazapado en aquel bendito ojo, los terribles anos de plomo, esperando que terminaran y casi acostumbrandose a los disparos, a los atentados, a la sangre cotidiana. Es mas, para algunos fueron los anos de mas calma, los mas serenos y normales. La generacion, a la que yo tambien pertenecia, que conocio la guerra siendo nina y que ya habia acabado el colegio cuando se hallaba en plena efervescencia la revuelta juvenil, realmente no vivio aquellos anos. Nosotros juzgabamos que habiamos hecho nuestra revuelta privadamente, en solitario, y todavia teniamos cardenales, mas perdurables que una paliza.
Desde luego, yo tambien quise estar metida en el 68, para conquistar una pertenencia, sentirme acompanada; recibi mis alegres porrazos, participando en manifestaciones con mi inexcusable falda hasta las rodillas, mis pendientes discretos pero de oro de ley, mi carmin.
Habia algo, sin embargo, que me atraia sobremanera porque consideraba que habia llegado la hora de desarrollar el germen que habia anidado siempre en mi: el feminismo.
Comence por lo mas facil: un curso de dramaturgia para y por mujeres. Tuve un pequeno exito escribiendo un acto unico que se represento. Pero me daba perfecta cuenta de que no caia bien, que las otras no me aceptaban: ?por que? Repase cuanto habia hecho y dicho u omitido y callado. En todo momento habia sido amable, buscando en sus obras aquella palabra diferente, aquel chispazo nuevo aceptable, haciendo caso omiso de las pifias que los asfixiaba. Me sellaba los labios para no senalar los errores en que incurria en nombres, tiempos y lugares nuestra propia profesora, a la que rodeaba una temerosa veneracion debida ademas a sus celebres amores.
Al final crei que habia encontrado el agujero negro: mi modo de vestir, falda hasta la rodilla, pendientes discretos pero de oro de ley, carmin.
En aquellos anos, mucho mas que ahora, asi era como se juzgaba a la gente, por la forma de vestir y de arreglarse (no espereis que escriba
Decidi sacrificar mi biodiversidad y me adentre en las callejas donde vendian esas cosas. Por suerte, la dependienta a la que confese mi problema fue comprensiva y me disfrazo rapidamente. La falda floreada me gustaba pero los zuecos hacian un dano espantoso; cuando llegue al cambio de joyas, casi lloraba: jamas en toda mi vida me habia puesto nada de bisuteria, ni una perla falsa, y mis preciosas joyas antiguas reposaban en una caja que abria de vez en cuando, contemplandolas con avergonzada fruicion.
Eso fue lo que me decidio. Junte las cosas que ya habia elegido, las puse sobre el mostrador, masculle algo y me marche volando.
?Por que tenia que renunciar a mi identidad? ?Por agradar a aquellas tontitas que consideraba menos autenticas que yo?
Segundo intento. Una noche me di animos y fui a la guarida mas temida, el famoso colectivo de la Via Pompeo Magno. Ya en el mismo portal se oia bulla, pero no de conversaciones, ni de risas ni de debates. Segun subia las escaleras, fui dandome cuenta de que aquello era una gresca o, mejor dicho, un juicio enconado. En
