He de decir que dona Giorgiana nos guardo cierta gratitud y nos recompenso a su manera. Desde luego, no cerrando un ojo sobre nuestros habitos privados (ese ojo ya habia visto de todo), sino gratificandonos con sus mejores relatos. Mi preferido era el del motin de Ezio Barbieri, un bandido del estilo de Vallanzasca [22] que daba vueltas por el pobre Milan de la posguerra en un fantastico Aprilia negro y entraba en los locales nocturnos con una ametralladora bajo el brazo. Dotado de un gran carisma y con una confusa ideologia, consiguio amotinar a todo el penal de San Vittore, entonces atestado de los canallas mas variopintos: fascistas feroces,
Pues bien, parece que el cabecilla, en un momento de relajacion, eligio la estancia mas grande y, sentado cual si fuera un trono en el sillon del director, hizo poner en fila a todas las mujeres, a las que luego obsequiaba con una palmada en el culo cuando pasaban delante de el. Al llegar su turno, nuestra amiga se escabullo y no se dejo tocar, proclamando orgullosamente: «?A mi no, que soy politica!».
Mucho tiempo despues, otra huespeda de la pension me conto que Giorgiana habia estado efectivamente presa, pero por trata de blancas; yo, sin embargo, habria velado a otro muerto por escuchar historias asi.
Bien pensado, el segundo delito era sin duda mas probable, pero el arte narrativo no precisa verosimilitud.
Bien es verdad que en la casa habia un discreto ir y venir de mujeres, especialmente despues de cierta hora: amigas, decia ella.
Una noche nos desperto un alboroto inusitado: una de las amigas era levantada en brazos, la obligaban a ir de arriba abajo por el largo pasillo y a beber muchos cafes. Al parecer habia tratado de envenenarse porque el viejo joyero que la mantenia, caprichoso, habia cambiado de chica. Pero no hubo siquiera necesidad del lavado gastrico y volvimos a la cama.
El tenso clima de aquel lugar nos contagio tambien a nosotras. Los pequenos celos, las pequenas desavenencias que, aun invisibles, empezaban a surgir en aquella relacion perfecta se plasmaban en estallidos de ira, huidas, gestos teatrales. La mas teatral, la mas melodramatica era yo, elegida como ama, senora, guru desde el principio: ella era mi esclava, mi sirvienta, mi discipula. Una noche la eche de casa y tire sus cosas a la calle, desde el cuarto piso, mientras la gente que estaba sentada en la cafeteria de abajo miraba boquiabierta.
Eramos tan inteligentes y tan estupidas que no comprendimos que, al margen de la intimidad mas dulce, en esas relaciones se reproducen tambien los mecanismos hombre y mujer, vencedor y vencido, sin igualdad, sin siquiera presentar armas al rendido.
En cualquier caso, en aquella casa aprendi tambien un monton de cosas practicas: por ejemplo, a soltar los faciles nudos con que sellan los contadores del gas y de la luz. La patrona me decia con persuasiva sencillez: «Usted, senorita Amelia, con esas manitas lo hace mejor». Y era verdad.
Luego, algo importantisimo, aprendi a comer. Habia sido una nina escrupulosa con la comida, una adolescente neurotica, una adulta patologicamente insegura en la eleccion de platos, hasta optar por el ayuno. La dieta de la patrona me curo. No cabia discusion: primero, segundo y fruta. Solo que el primero consistia en cuatro hilos de pasta, el segundo, en dos hojas de lechuga con una lamina de carne a cuyo traves se podria haber visto a Cristo crucificado, la fruta, en una inexorable manzana. Puedes no tocar nada pero tampoco hay alternativas. Hasta que con el paso de los meses, de los anos (si, me quede en esa pension varios anos), desarrollas un hambre cronico, continuo, que se parece mucho al de los indios o al de los birmanos, al de todos los menesterosos de la tierra.
Lo de dona Giorgiana no era mala voluntad o tacaneria. Aunque todos pagabamos regularmente la mensualidad, ella estaba siempre en otro mar: ?deudas acumuladas?, ?usureros?
Nos enseno que nunca hay que coger el recibo que un cobrador te tiende, que nunca hay que abrirle la puerta pues no puede meter nada por debajo de esta, tiene la obligacion de hacer la entrega en mano, a la persona que sea, pero en mano.
A dona Giorgiana, cuando se encontraba realmente mal, le quedaba todavia una via de escape: hacer que la ingresaran, no se mediante que subterfugios, en una clinica conocida sobre todo por estar especializada en enfermedades mentales, donde tengo para mi que, a cambio de la hospitalizacion hecha de tapadillo, experimentaban con ella los efectos de nuevos farmacos. ?Y vaya efectos! Regresaba a casa, tras amainar la tormenta, trastornada: no deprimida sino con una alegria rayana en la locura. Una vez, en ese estado, intento emborrachar al canario, pobre animalito.
Durante sus hospitalizaciones se ocupaba de nosotras una criatura maravillosa, la vieja Maria, una
Tenia un amante: un obrero de su edad, casado, con el cual, despues de ser descubiertos por la mujer, unicamente podia verse a primera hora de la manana en un bar para tomar cafe. Y hasta que pude pasar por la Via di Monterone, frente a aquel bar, siempre pense que el suyo era el autentico amor.
El barco casero se hundia y los huespedes, de uno en uno, lo abandonaban. Yo tambien, rata miedosa, estaba tentada de hacerlo y, tras la imprevista propuesta de la inquilina del pequeno atico de irme a vivir con ella a un autentico piso compartiendo los gastos, cedi.
Antes de que el gallo cantase, ya me habia mudado.
Si los psicoanalistas se despsicoanalizaran
Arriba, en el atiquito (llamemoslo asi), no se estaba tan mal.
Mi coinquilina tenia maneras bruscas y hablaba muy poco conmigo.
Tal vez a causa de la nobleza: marquesita economicamente venida a menos, se levantaba temprano todas las mananas y se marchaba volando al trabajo sin asearse, pero todas las noches, tras despojarse del
Ella ocupaba una habitacion enorme con acceso directo a la terraza y, lo que es mas importante, al bano- retrete que se habia construido, como en muchas casas del centro antiguo, en la antigua caseta antano destinada a esas necesidades.
Yo, en cambio, ocupaba un cuartito diminuto con un ventanuco altisimo que daba a los tejados: quedaba muy bohemio pero tenia la desventaja y el inconveniente de obligarme a cruzar su zona cada vez que necesitaba utilizar la ex caseta.
Habia ademas un perro grande, de lo mas carinoso, que dormia sobre un verdadero colchon a su medida, al que pronto se sumo un gato llevado por mi: se hicieron tan amigos que descansaban juntos tiernamente entrelazados, sobre el insolito jergon, un pequeno espectaculo cotidiano.
Las visitas de Maria Antonietta continuaban: la marquesita era tambien una mujer de mundo. Seguian los viajes, maravillosos, en Lambretta, pincelados por mis chiflados caprichos. Recuerdo el que hicimos al monte Amiata, con parada en Grosseto a las dos de la madrugada porque no me apetecia partir con el sol, tras las huellas del visionario carretero Davide Lazzaretti [24].
Despues, para compensar, fuimos a Nomadelfia [25], donde viven las madres mas heroicas, que, una vez que crian hijos ajenos y los dejan seguir su camino, se disponen a acoger a otros.
Maravillosa Toscana, tierra de blasfemos y de santos, de anarquicos y de locos.
He hecho mencion de estos viajes, que ahora se organizan a lo sumo para ancianas jubiladas con el fin de encasquetarles cacerolas, no solo por anoranza, sentimiento que sin duda comparto con dichas ancianas
