se quedaran con la cajita de «reducciones» y de que reembolsaran el dinero, lo arreglo todo.

Nos marchamos consoladas, casi alegres.

Aquella manana aprendi mas cosas que en un curso entero de filosofia.

Quizas entonces, pero sobre un terreno ya propicio, nacio en mi una pasion por los cementerios que no se conformo con los lugares sino que germino en una busqueda de necrologicas e inscripciones, de guias y libros sobre el tema que hoy ocupan dos estanterias de mi heterogenea y maniatica biblioteca.

Ultimas palabras famosas, suicidios estramboticos y testamentos extravagantes fueron mi delicioso alimento durante anos: me converti casi en una especialista en la materia; asustaba a todos los ninos que se me acercaban con un librito negro en forma de feretro y con mi llavero que reproducia el mismo macabro pero necesario contenedor.

Sabia perfectamente que era una manera de exorcizar la muerte cuando todavia se halla lejos. Lo que no sabia era que todo coleccionismo llevado hasta la obsesion, desde los inofensivos sellos hasta los inquietantes edictos sobre la pena capital, huelen ya a descomposicion.

Hansel y Gretel en la casa de la bruja

«?Dejalo, he hecho piraguismo!» Yo, que estaba haciendo equilibrios entre los pupitres en busca de mi preciado lapicero con goma de borrar, me volvi a mirar de quien procedia aquella voz, calida y rotunda por el acento romano.

Era una chica en la que otros habrian notado sus muchos kilos de mas, su desalino, sus modales chulescos, pero en la que yo vi el pelo enredado por el viento de ir en moto, los ojos verdes un poco inquietos, las facciones finas anuladas por ese cuerpo pesado que no se merecia. Ya habia movido el pupitre y encontrado mi lapicero.

Se llamaba Maria Antonietta, nombre bastante vulgar pero que ella llevaba como una reina a la que jamas de los jamases podrian cortar la cabeza.

Efectivamente tenia moto, posiblemente solo una Lambretta, y se ofrecio a llevarme en ella a casa.

Desde aquel dia nos hicimos inseparables. Nos ocupabamos mas o menos de los mismos temas, asi que el pretexto era estudiar juntas, aunque en realidad, como hacen todos los enamorados, que por tal motivo nunca se aburren juntos, nos contabamos nuestras vidas mutuamente, alternandonos el turno. Y, entre tanto, sus ojos realmente verdes se volvian cada dia menos inquietos, mas dulces, a veces implorantes. Ella tambien habia tenido una iniciacion dolorosa y, mientras yo habia perdido una criatura, ella habia perdido la belleza.

En el fondo, pensabamos las dos sin decirnoslo, el Azar o el Padre Eterno, que evidentemente no sabe de ciertas cosas, se habian equivocado al crear al hombre y la mujer tan dependientes entres si y a la vez tan irremediablemente diferentes. De ahi que, no sin razon, en los manuales americanos de auto-ayuda que se venden en las estaciones indaguen por que los hombres nunca quieren preguntar donde queda una calle y las mujeres no saben leer un mapa. Siempre habra asi un perdedor, uno que agacha la cabeza primero. Y tambien por que dos naturalezas tan dispares, una simple, en relieve, que se muestra con el mayor descaro, la otra secreta, oscura, la parte concava de un vaciado, se buscan a ciegas para darse placer, complementandose en la oposicion.

Un dia nos intercambiamos estos pensamientos, y ella, sin responderme, me rozo los labios muy despacio, con una dulzura que jamas habia experimentado.

Asi, sin necesidad de caballeros ni reinas, nuestra celestina fue un lapicero con goma de borrar.

Hay personas que son el mentis viviente tanto de la teoria de los caracteres heredables como de la que postula la influencia del entorno. Maria Antonietta era una de esas personas.

Dos hermanos comunes y corrientes; la madre, la mejor, una romana de familia de rancio abolengo venida a menos, pero en quien todo linguista y dialectologo habria hallado un tesoro inagotable porque de su boca brotaban de forma espontanea terminos y expresiones que en los diccionarios figuraban siempre con la anotacion «caido en desuso»; el padre, el peor, chupatintas ministerial, servil y maligno, fascista no se si por nostalgia o frustracion, en quien era facil adivinar la violencia reprimida que unicamente podia desahogar en casa.

En esa familia habia nacido y se habia criado ella, una de las personas mas inteligentes y singulares que he conocido. Puede que la enfermedad que habia hinchado las lineas originales de su cuerpo fuese el precio pagado en la carne para conservar intacto su espiritu libre.

Habia llegado el invierno, visitaba con creciente frecuencia mi cuarto, pero los chorros de la Fontana de Trevi, pese al calor nuevo de nuestra relacion, mas que alegrarnos el oido musical los sentiamos, helados, en la espalda, mientras el tio octogenario, pacifico Buda, pegado, o mejor dicho soldado a la estufa de loza, dejaba pasar el tiempo que le quedaba.

Empezamos a mirar el periodico, entonces repleto de anuncios de cuartos, cuartitos, cuartotes. Hurra, habia uno en pleno centro, en la Via Frattina, y con la esplendida novedad de tener calefaccion, con radiadores y todo: sin embargo, ni media palabra sobre los tabiques de mazapan.

Negociamos por telefono: pension completa para mi, una cama supletoria para ella: en resumen, casi una casa para ambas.

Nos presentamos de noche, a una hora mas que decente, pero la matrona opulenta que nos abrio, la patrona, afirmo que la habiamos asustado tanto que al levantarse deprisa se le habia caido el termometro que le iba a poner a la madre y se le habia roto. Nosotras, como autenticas damas, en cuanto nos entrego las llaves bajamos y, en la farmacia nocturna Garimei, ubicada en la plaza San Silvestro, entonces punto de reunion de los comediantes y noctambulos de Roma, compramos uno nuevo.

Con aquel gesto cortes, nos entregamos a ella para siempre.

Enseguida comprendio que clase de personas eramos y que le diriamos que si a todo. Por otra parte, dona Giorgiana era en verdad una mujer fuera de lo comun. A primera vista parecia una especie de cruce entre Madama Pace [21] y la bruja del cuento, sin embargo, apenas abria la boca (y la abria a menudo para hablar o reir) te dabas cuenta de que «era» una bruja. Tenia un solo diente, largo, que se erguia recto en el maxilar inferior, amenazador, faliforme. Mas tarde, cuando nos hicimos casi amigas, nos conto que habia vivido con su marido largo tiempo en Egipto: tenian una casa en Heliopolis, en la linde del desierto, y debido a las constantes subidas y bajadas de la temperatura, del calor sofocante del dia al viento frio de la noche, habia perdido todos los dientes. Sus relatos eran asi, ambientados sobre fondos exoticos y turbios pero no por ello menos creibles, puesto que ademas los adornaba con su precioso acento toscano, muy poco alterado por el leve silbido del falo. Era alta, imponente, el pelo cano recogido en un altivo mono: casi normal en invierno, en verano iba por casa regiamente envuelta en una toalla que le hacia las veces de pareo.

Vivia con su madre, ya muy anciana y tambien enferma. Decia: «Me oiran hablar de todo el mundo salvo de las dos unicas personas que he querido de verdad, mi madre y mi marido». Pocos dias despues, la madre tuvo que ser trasladada al hospital, donde no tardo en morir. Nuestra patrona llamo por telefono y nos pidio a nosotras que fueramos; entre todos los huespedes, nos eligio por una confianza instintiva o porque teniamos una Lambretta (la segunda hipotesis es mas probable): teniamos que llevarle ropa para el cadaver. Lo hicimos.

Vi entonces por primera vez, y con espanto, el cuerpo desnudo de una mujer vieja: las arrugas, los pezones convertidos en dos bolsitas semivacias, el pubis pelado.

Cuando Maria Antonietta y yo creiamos que ya habiamos hecho nuestra obra de misericordia, nos dimos cuenta de que el llamamiento incluia el velatorio nocturno.

Dona Giorgiana nos dio tebeos para pasar el tiempo; ella ya estaba embarcada en la resolucion de las palabras cruzadas del «Gran crucigrama». Yo no sabia que se hiciera compania a los cadaveres asi, no sabia que toda una noche sobre una silla de metal fuera tan extenuante. De vez en cuando ibamos a los lavabos y mi amiga me subia sobre su espalda para relajarme las vertebras comprimidas, yo en cambio no lo hacia con ella porque pesaba demasiado. Debiamos aguantar y aguantamos.

Por una vez los atroces horarios de los hospitales vinieron en nuestra ayuda: aun no amanecia cuando entraron en accion los limpiadores-arrasalotodo con sus cubos, sus escobas, sus charlas irrespetuosas. A los primeros toques de las indefectibles campanas, pudimos marcharnos con dignidad.

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