su plan.

Estamos ahi, como dos conjurados, escondidos en la oscuridad, fumando juntos.

«De pequena estuve en un orfanato, no quiero morir en un hospital.» En ese rechazo es lucida, inquebrantable.

Habra que actuar con astucia y rapidez. Diremos que se ha caido.

Llamados por nosotros, llegan los camilleros. Altos y recios, un poco bovinos, pero no peores que los demas, que nosotros, por ejemplo. Cargan y descargan cuerpos como si fueran corderos lechales o sandias en el mercado central: es trabajo.

Llegamos en su compania al gran hospital, sobre el que se dice: «Hay que traer papel higienico, pero tiene unidades que nos envidia Estados Unidos. Cuenta incluso con el medico que le ha quitado la prostata al papa».

A mi madre, que no tiene prostata, la ponen en una de esas crujias viejas con veinte, treinta enfermos. Alli puede gritar cuanto le plazca, hay hasta eco.

Y grita, grita mi nombre durante horas, hasta que llego, tarde, y los otros ingresados me reciben con un aplauso.

No puede estar alli, es evidente, entre otras cosas porque no le encuentran ninguna enfermedad: o lo que es lo mismo, las tiene todas, imperceptibles.

Finalmente encontramos una pequena clinica privada, cerca de casa: una casita elegante pero un poco siniestra por dentro, donde medicos recien licenciados hacen lo que pueden por viejecitos amontonados en cada habitacion: todo ello dirigido con puno de hierro por una maciza que esta medio tumbada sobre un escritorio.

A mi madre no la tratan mal: hasta le hacen una trencita con sus escasas canas, consiguen ponerle el chandal que odia («Es de hombre») y la llevan, inerte, a la lugubre fiesta que han organizado.

Para su suerte, muere al dia siguiente.

Nosotros la vemos ya perfectamente limpia, arreglada por las manos, mas piadosas que las nuestras, de la auxiliar de color. Nos podemos enganar diciendonos que hemos pagado nuestra deuda por haber encontrado un sitio en la veneciana isla de los muertos, donde ella habia siempre pedido volver, la tierra a la tierra, el polvo al polvo.

Por fin en casa: cansados, destemplados por el viaje. Busco una bata para entrar en calor y encuentro la suya a mano: es fea pero es de lana, siempre la hemos llamado en son de burla «la espiguilla siberiana», como la chaqueta de Fantozzi [26]. Me la pongo y aun no se que con aquel gesto magico comienza un largo viaje hacia ella, identica a ella.

Es la primera noche que me acuesto sintiendome tranquila y aun no se que esta a punto de empezar mi epico insomnio.

Neurologia, ninfa amable

He conocido a siete neurologos. De uno en uno, por supuesto, no todos a la vez, como se le presentaron los enanitos a Blancanieves. Pero, en cualquier caso, han sido siete en total.

Apenas note que se me trababa un poco la lengua, hecho reforzado por dos o tres caidas de bruces sobre el asfalto de la calle sin motivo aparente que me ahorrase las carcajadas ajenas, enseguida me dije: «Aqui se precisa un neurologo». Sin embargo, no sabia nada de especialistas y confiaba aun menos en ellos: mi ideal era un veterinario, que, sin malgastar palabras, sabe o no sabe, pero al que fui, inteligente, no me quiso entre sus pacientes.

Empece por el grado cero, a saber, la sanidad publica.

El dia de la cita debia de ser especial, tanta ruidosa alegria se desparramaba desde los despachos, llegaba a las escaleras, entraba en los laboratorios de analisis y en las consultas de los medicos, contagiaba incluso a los doloridos y cenudos pacientes.

Supe, mucho tiempo despues, que se celebraba el cumpleanos de un odiado jefe, forzado, desde aquella fecha, a regresar a su casa para torturar de por vida ya solamente a su mujer.

Aun mas tarde vine a saber que los funcionarios, quizas excitados por las naranjadas y los bocadillos resecos a los que muy a su pesar les habia invitado el nuevo jubilado, y sin duda arrebatados por un jubilo dionisiaco, habian orquestado una broma de escolares, cambiando las placas de las puertas de los medicos, de manera que mi neurologo podia ser perfectamente un urologo, un andrologo o, por que no, incluso un podologo, duda esta ultima que no disipe hasta que, tras hacer el juego de seguir con la mirada su indice, dar pasos con los ojos cerrados, comprobar mis reflejos dando toques a las plantas de mis pies, pude reconocerle el titulo que le correspondia. Me liquido con un calmante suave, tachandome en su fuero interno como la tipica hipocondriaca que se aprovecha del sistema sanitario nacional.

Mientras tanto, me seguia cayendo: en casa y fuera; con tacones altos y con tacones bajos; con botas y con bailarinas; con sandalias y con zapatillas. Demasiado para seguir con el calmante suave. Finalmente se decidio a pedirme un TAC y resonancias magneticas, confiando astutamente en la lentitud de los tramites, que me mantendrian lejos al menos durante seis meses.

Indomita, recurri a un olvidado medio pariente amable que se ocupaba precisamente de esas tecnicas de estudio y en media jornada lo hice todo. Al murmurar mi medio pariente «hay algo» experimente, absurdamente, casi satisfaccion.

Me enviaron a la unidad equivocada, donde hice sudar tinta a los medicos y medicas que, como no entendian nada, me agujerearon sin parar, dando principio a esa larga serie de analisis que al cabo el enfermo rechaza con toda la fuerza que le queda tras aquel continuo drenaje de sangre.

Al final me dieron el alta, no sin hacerme pasar por el cedazo, de mallas muy anchas, de su neurologa de confianza (?y van dos!), que al menos, ademas del clasico juego de seguir con la mirada el indice, mostro un poco de femenina simpatia.

Me dieron el alta, pero eran demasiado concienzudos para no rellenar antes paginas y paginas perplejas y para no mandarme a un medico amigo (?y van tres!) cuya fama oscilaba entra la de mago y la de investigador.

El antro del mago no era nada halagueno. Se componia de tres cuartitos miserrimos y mugrientos reservados a las enfermedades infecciosas: enseguida hacian pensar que, con cualquier enfermedad que se entrase, como minimo se salia con sida. El mago era guapo, con ojos azules magneticos, pero dejo de embrujarme cuando me dijo que tomase durante mas de un mes cortisona antes de volver a su consulta, asi por las buenas, sin explicarme para que cuernos servia: entonces me di cuenta de que en su consulta habia un fuerte olor a azufre.

Finalmente decidi gastar algo de dinero acudiendo a un medico privado (esto es, a un medico de la sanidad publica elegantemente disfrazado).

Me recibio una persona excelente (?y van cuatro!) que se asusto mas que yo, protegida con la coraza de la ignorancia, y dio otro paso conminandome a que me hiciera el analisis de la ELA.

Deje pacientemente que me pincharan y hasta que me pasaran un poco de corriente electrica sin saber que queria decir ELA, pues nunca habia participado en las rifas televisas que durante un dia conmueven el corazon de los espectadores cuya aportacion acaba para siempre en las carteras de los organizadores.

Sea como fuere, por la alegria sincera que manifesto la excelente persona comprendi que me habia librado de una condena inmediata que se intercambiaba, pero esto lo se ahora, por una estancia mas larga en el incomodisimo brazo de la muerte.

Entre tanto, un amigo medico me consigue una cita con una autentica lumbrera del pasado proximo (?y van cinco!). Acudo y encuentro a una persona que me gusta: cabellos y bigotillos canosos, trato sereno y amable, familia de latinistas, todo un caballero. Entablamos conversacion, de paso me pone al dia acerca de la existencia de enfermedades, raras pero no tanto, degenerativas (o sea, siempre empeoran) y cronicas (o sea, nunca se curan), que son lentas, lentisimas, casi cachazudas. Por ultimo me pide cortesmente que haga nuevos Tics y Tacs en su hospital, del que se fia mucho.

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