Bolero de Ravel, sensual evocador y notorio cenizo, penso que el Abogadito habia muerto. No estaba muerto, por una vez el agorero Bolero habia fallado.

Antes de la partida, el 31 de agosto, se habian amado tanto que no podia acabar tan teatralmente mal.

En efecto, el 31 de mayo del ano siguiente, puntualisima por una vez, naci yo, la nina mas amada del mundo.

Gattamelata

Cuando contaba ocho dias, la nina mas amada del mundo fue inscrita sin su conocimiento en el registro de los cristianos y, de nuevo sin su conocimiento, tuvo su primera desilusion, que le hizo sufrir nada menos que su dulce padre.

El bautizo era el domingo, dia aciago para los amantes clandestinos, maxime si estan sometidos a vigilancia especial.

Tribunal cerrado, clientes tranquilos, despacho desierto, kiosco de periodicos bajo casa: ninguna excusa para salir, a menos que quisiera provocar un violento interrogatorio, que habria concluido en un terremoto. El Abogado no se sintio con fuerzas y no se movio.

Asi, cuando llego a la iglesia, vestida como una infanta de Espana (su madre se habia deslomado toda la noche para dar los ultimos retoques al traje), en brazos de la vecina que ya conocemos y que era su madrina, la nina no encontro sino a las tres amigas que solian ir a la casa sin hombres: una bordadora, una peluquera, una chica de la pasteleria. No era un gran sequito para una princesa.

Su madre, tras llorar largo tiempo, se deshizo rabiosa de aquel trajecito inutilmente suntuoso; su padre tambien se avergonzo largo tiempo de aquella traicion, por demas vana pues los rumores se difundieron de todos modos y los terremotos domesticos se volvieron cotidianos.

Puede que ambos lamentaran la faena de ponerle a la nina el nombre de la abuela mojigata, Amelia, que no se conmovio ni pizca; es mas, cuando la nina estuvo algo mas crecidita y su padre empezo a llevarla de visita a la casa de aquella homonima viejecita austera vestido sempiternamente de negro, esta sentenciaba: «Esa nina es muy vanidosa», unicamente porque la nieta, aburrida e intimidada, permanecia una hora sentada sin hablar en un sillon cito colocado frente a un espejo en el que no tenia mas remedio que mirarse todo el rato.

Pero, como se decia en las novelas antano respetables, demos un paso atras.

Para calmar un poco las aguas, pensaron en alejar a las dos intrusas, a la seductora y a la pequena bastarda.

Padua era entonces (?lo sigue siendo?) la ciudad del pecado para los venecianos. En el trasiego de los universitarios llegados de fuera las caras nuevas no asombraban.

Nunca se sabra con que criterios y por quien fue elegida la pension a la que fueron a vivir la madre y la hija. La eleccion, eso si, fue extrana.

A medias taller de costura, a medias Maison Tellier, [9] a la casa le sobraban habitaciones. La patrona, dona Rita, era una costurera excelente cuyo tempestuoso pasado, y quiza equivoco, hacia volar la imaginacion de las damas mas elegantes y finas de la buena sociedad, que probablemente deploraban en ocasiones carecer de uno tan peligroso sobre el que hablar o, al menos, que deplorar.

El companero o, por emplear un termino mas apolitico, el mantenido de Rita, era un hombreton pelirrojo, fornido, cuyos tupidos bigotes le daban aspecto de amo, si bien todo el mundo sabia que no pintaba nada.

Las obreras, en cambio, eran buenas chicas de campo que aprendian corte y confeccion, asi como la teoria del erotismo, no asi su practica. Hasta el extremo de que una de ellas, hermosa y morena hija de Maria que, muchos anos despues, se caso con un pariente lejano de las dos refugiadas venecianas, se hizo famosa en las sagas familiares por regresar del viaje de bodas, que tuvo lugar tras diez anos de noviazgo «blanco», todavia virgen. Misterios de la religiosidad o de la fisiologia, todo indica que aun era virgen cuando el medico, un arcangel Gabriel con gafas doradas, le anuncio que esperaba un hijo, y el marido, involuntariamente apresurado en el acto sexual y un poco confundido en la materia, trono con absoluta buena fe: «Como este embarazada, ?me volvere tan celoso como Otelo!».

Solo una de las chicas, la preferida de la pequena Amelia (bien pronto laicamente rebautizada Pucci), apuntaba maneras para seguir los pasos de la patrona: morena, alta, boca retocada con carmin en forma de arco de Cupido, vistoso peinado sacado de las peliculas de moda, a la manera de una ola altisima que rompia sobre la frente.

Pero el verdadero amor de Pucci, a la sazon convertida en la nina de todos, era una vieja criada feisima que ocultaba bajo sus hirsutos bigotes, un atractivo anadido para la pequena, el instinto materno.

Juntas llevaban el cafe a los huespedes, juntas iban a hacer la compra, juntas cocinaban, en el sentido de que una preparaba la comida y la otra se lo pasaba en grande ensuciandose las manitas con harina, huevo, salsa.

Este vinculo tan intimo, tan afectuoso, enternecia un poco a los demas pero los divertia enormemente, pues Pucci, que es nombre de perrito, a su vez habia puesto a su vieja amiga, y con absoluta inocencia, el nombre de Cocca, que, mientras en su mente de nina queria decir «querida», «predilecta», en bocas venetas y maliciosas, quitandole una «c» designa al organo sexual femenino.

La madre, que desde los doce anos hasta los ochenta y seis padecio de jaquecas espantosas, las dejaba tranquilas. No obstante sus descripciones pintorescas («Una cuchara me perfora la nuca», «Tengo una corona de espinas», «Siento que una aguja de tejer me atraviesa de una sien a otra»), ningun medico dio jamas con la causa de esos dolores tan constantes y aun menos consiguio tratarlos. Al final lo que queria era dejar su cabeza en herencia a algun instituto de investigacion, cuando todos creian que habia ingerido una sobredosis de elixir de longevidad.

Aquella casa era un descubrimiento continuo: el jardincillo donde podia caer rodando por la hierba y mirar los insectos de cerca, la escalera de madera crujiente por la que subia y bajaba sin parar con la inagotable felicidad de los perros, el estanque con peces rojos de un amable estudiante que lo dejo a su cargo para que le cambiara el agua, labor complicada que la pequena ejecutaba con un ingenioso mete y saca de vasos sucios y limpios.

Ahora bien, la atraccion de las atracciones, la maravilla de las maravillas, era algo que ignoro si aun existe o si ha desaparecido como el limpiaplumas, el espejo en las ventanas, los timbres con tirador, la cadena de la cisterna. En las viviendas situadas en la planta baja, detras de los antiguos soportales, en el cuartito que daba a la salida, habia una baldosa que ocultaba un secreto que todo el mundo conocia. Cuando tocaban el timbre, bastaba levantar con un dedo un aro bien disimulado y mirar hacia abajo con cautela: si la visita era bienvenida, se le hacia pasar; si era inoportuna, se hacia oidos sordos. Pucci, sentada en su sillita de mimbre, esperaba durante toda la tarde que llamaran para ir antes que nadie al cuarto secreto y levantar la magica baldosa.

Al menos una vez a la semana iba a buscarlas el padre, que sacaba a sus guapas mujercitas a tomar pastas al Cafe Pedrocchi, «la cafeteria sin puertas» (realmente no las tenia, no las necesitaba porque permanecia abierta todo el dia y toda la noche), a pasear por una rara plaza-laguito rodeada de estatuas, el Prado del Valle («el prado sin hierba»), a mirar con deslumbrado espanto la lengua milagrosa metida en una urna de cristal en la basilica del Santo («el santo sin nombre», tercera parte de la adivinanza que se resuelve con el nombre de la ciudad).

Curiosamente, lo que mas impresionaba a la nina era la estatua ecuestre del capitan de ventura llamado Gattamelata. Pues si, era de Donatello pero no se podia jugar con el porque era un monumento muy importante y, en cualquier caso, no hubiera podido montarse a la grupa del caballo porque estaba demasiado alto. Sin embargo, desde que aprendio a hablar, aunque aun no sabia pronunciar la «1», reclamaba a su Gattamelata, pedia que la llevaran a verlo, como si fuera su imperioso novio.

Todo residia en el cautivador poder de aquella palabra, en aquel nombre que le habian puesto, pero ella no podia saber eso, con el fin de enaltecer precisamente sus virtudes diplomaticas, las felinas sutilezas que prometia y no mantenia.

?Un presagio? ?Un «imprinting» de pato de Lorenz? Sea como fuere, aquella nino sintio durante toda su vida debilidad por los gatos, la miel y los capitanes de (des)ventura.

Como cosa excepcional, los padres desaparecieron unos dias porque querian hacer una escapadita

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