de timidez; ella, por su parte, para aprender los pasos de moda. Al menos eso fue lo que le hizo creer, y el, ingenuo, se lo creyo, pero ahora sabia que habia ido alli para pescar un marido, igual que todas las bobaliconas a las que ella decia despreciar tanto.

Casi enseguida se casaron, como si se tratara de un juego, de una broma que habia que gastar a aquella familia mojigata de la que ella no queria formar parte. La broma la gastaron en serio, presentandose casados cuando llegaron los parientes, que, reconociendo a la instigadora, la excluyeron para siempre de su circulo, para gran satisfaccion de ella, dicho sea de paso.

Apasionada del bridge, habil jugadora, formaba, como es logico, pareja con su marido, que, mas inteligente que ella aunque, como suele ocurrir, un negado en la mesa verde, le estropeaba la partida. Toda la ciudad, importante y preciosa pero de dimensiones reducidas, podia presenciar entonces su regreso a casa, con berrinches de la mujer y el correspondiente empleo del baston de cana (el «palasan»), accesorio de moda en los anos treinta, contra la cabeza del incauto companero, recompensado con un «?burro, burro!», que resonaba por calles y plazoletas.

Ella, como mujer moderna, no queria hijos, pero su metodo para no tenerlos era mas arcaico e inseguro que el «salto atras» empleado por las campesinas: tanto si lo decia en broma como si realmente se lo creia, lo cierto es que dormia con unas llaves bajo la almohada, para tocar hierro, decia.

En resumen, extravagante y tal vez agradable como amiga a la que puede verse de vez en cuando y contarse chismes atroces, insoportable como esposa.

De tanto oirse llamar «burro», de aranarse con las llaves en la cama, de encontrarse para cenar un trozo de queso, el Abogadito, aunque paciente y dulce, se harto.

Empezo a mirar alrededor y vio que habia un monton de muchachas, todas mas guapas que su mujer y, si bien tontitas y sin la menor idea de griego ni de bridge, todas con un mejor caracter que aquella.

Educado por una madre muy religiosa, habia rechazado los dogmas y las practicas, pero conservaba la moral: la traicion, aunque fuera a una arpia, no dejaba de ser una traicion. La traicion del corazon se justifica porque, como todo hombre de su generacion, del mas chusco al mas sensible, se habia iniciado sexualmente en un lupanar.

Entre las piernas de rapidas profesionales con taximetro, aprendio a distinguir a las mujeres en dos categorias, las A y las B, ambito en el cual no tenian la menor cabida los famosos principios morales.

En lo tocante al amor, no sabia nada y los maestros de escepticismo con los que en esta materia habia labrado su adolescencia no le servian de ayuda, si acaso al reves.

Con todo, pronto descubrio que habia otra categoria, la C: costureras, ayudantes de oficina, dependientas, hijas de artesanos o tipografos, que trabajaban para salir de apuros, con un orgullo y una frescura que no podian recompensarse con dinero sino con regalitos, buenas palabras y, sobre todo, atenciones.

Escuchar sus vidas, sus historias, todas repetidas y todas diferentes, constituyo su educacion sentimental y, por sentido de justicia, las coloco entonces en la categoria B, desplazando a las prostitutas a la serie C.

Bien es verdad que deberia haber caido antes, pues era socialista: de su pequena ciudad habia tenido que irse precisamente porque se la tenian jurada los fascistas, que no le habian partido la cabeza solo gracias al sombrero de paja que llevaba puesto aquel dia, y que le hicieron trizas en vez del craneo.

Antes de que lo purgasen con aceite de ricino, el director de la escuela donde trabajaba mientras terminaba la universidad le tendio un puente de plata, y fraguo su destino, recomendandolo calurosamente, para quitarselo de encima, a amigos importantes de la ciudad importante. No es menos cierto que dichos amigos, al verlo delante, alfenique con gafas y tan joven, sintieron que el alma se les caia a los pies, mas el, con un rapido «Felix culpa!», invirtio la situacion y conquisto su aprecio. Tan importante era entonces saber latin.

En una palabra, socialista pero ingenuo, confundio a la aparentemente emancipada mujer con una de las «pelicortas hermanas», las pascolianas revolucionarias rusas.

Entre tanto, la Pina (pero ya es hora de que le devolvamos su bonito nombre, Nives) habia ido a parar a la misma ciudad. Sabia hacer de todo o, lo que es lo mismo, nada, y, por consiguiente, no le quedo mas remedio que ponerse a servir, si bien, ya mayor, aprendio a ennoblecer aquel trabajo y cuando hablaba de el lo denominaba «baby sitter». Aunque tampoco mentia: en la casa habia un monton de ninos, pero no la asustaban porque se habia acostumbrado con sus hermanos. Lo que le molestaba, lo que le daba casi asco, era el amo, quien, cuando por casualidad se quedaban solos, sabia encontrar los terminos mas vulgares para demostrarle su aprecio. Una noche que se le cayo un panuelo del bolsillo del delantal, hizo una alusion desagradable a aquel trozo inocente de tela que no tenia nada de menstrual. Nives se ofendio e inmediatamente lio los bartulos.

Buscaba un padre pero no de esa clase: uno mayor que ella, dulce, carinoso, que le ensenase algo.

Milagrosamente, lo encontro. Visto desde fuera, el encuentro no fue muy romantico: el lugar no era una plazoleta bajo la luna, un puente sobre un rio, una barca en la laguna, sino una zapateria. El Abogadito termino primero la compra y el dependiente, que lo conocia, le ofrecio, ceremonioso, un calzador de cuerno. A Nives, que habia comprado un par de sandalias de menor precio, no le toco nada y protesto. El Abogadito, galante (a esas alturas ya habia aprendido a distinguir a las chicas guapas), le regalo su adminiculo (destinado a convertirse en una reliquia debidamente engastada en plata).

Los dos salieron juntos y comenzo una historia de amor que habria de durar mas de cuarenta anos, atravesando fascismo, guerra, Resistencia, posguerra, ilusiones, desilusiones: un compendio de la historia de Italia.

A decir verdad, a ella no le importaba mucho el compendio.

Lo que la hacia sufrir (y seguia siendo historia de Italia, aunque no lo sabia) era el proceder de este pais, la hipocresia que no le permitia ser quien era, una «mujer honesta», en resumidas cuentas, la imposibilidad del divorcio.

Por tal causa, o ademas por tal causa, lucho largo tiempo consigo misma antes de «ceder», como se decia en las novelas de Liala. [8]

El Abogadito, por su parte, aunque no aguantaba mas, no tenia solamente el problema de enfrentarse a su «domina»: ademas del trabajo (en el que tenian suma importancia los «sagrados principios»), en su familia ya habia habido un escandalo erotico-sentimental. Su hermana mas guapa, pelo negrisimo con reflejos azules, la que lo hacia llorar de pequeno leyendole las lapidas de Pinocho («Aqui yace el hada del pelo turquesa, muerta de dolor porque la abandono su hermanito»), se habia fugado de casa para acabar en Sudamerica con un profesor ya casado.

Era antes de la Gran Guerra y el honor de la familia quedo por los suelos y quien mas sufrio, por su fanatica religiosidad, fue la madre. Hasta el punto de que, cuando anos despues la hija prodiga, ya esposa y madre, volvio de visita (el hermano, que fue a buscarla al puerto de Genova, recordaba su bochorno al verla tan maquillada); justamente la madre, antes de dejarla entrar en casa, se quito un zapato y le dio con el tacon en la cabeza.

Pues bien, ?acaso el, que era un buenazo y no habria sido capaz de hacer sufrir a nadie, podia montar semejante escenario de opera?

Pero por fin llego el dia en que Nives «cedio» y fue dulce, increiblemente dulce. Una excursion a Trieste, el dia siete, habitacion siete (?magia?), vuelta por el paseo maritimo, cafe austrohungaro, delicadeza de el, a quien no le avergonzo llorar al revelarle que era virgen.

Al regreso, estaban realmente unidos: ella finalmente habia encontrado un padre; el, una mujer de sencilla inteligencia (con los anos el llego a atender incluso sus prudentes consejos juridicos), guapa y que ademas sabia cocinar. Muy a menudo le preparaba una tarterita para la noche con el fin de que cenara algo rico, y la mujer, que habia comprendido perfectamente de donde procedian los manjares, se comia la mitad.

Al mismo tiempo la consorte emancipada, la marimandona con «palasan», la mente de las bromas pesadas ya estaba preparando la peor de todas: su transformacion de despreciadora de los vinculos tradicionales en protectora del caracter sagrado del matrimonio.

Las Noches Buenas con la vecina del piso de abajo, las Noches Viejas solitarias y que no merecen ser recordadas, aun menos contadas: son historias comunes a todos estos amores. La pareja ex moderna, sin embargo, tenia otro habito, no extendido a todas las capas sociales como ahora: los cruceros durante los cuales era dificilisimo ponerse en contacto, los viajes largos, demasiado largos para una muchacha que se quedaba esperando sola.

El mas largo fue aquel en que nunca tuvo noticias y una noche, mientras escuchaba una y otra vez el

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