El padre de mi madre, Giovanni (me repugna un poco llamarlo abuelo, pero que le voy a hacer), era un hombre francamente malo, hecho en el fondo bastante raro, que se volvio aun peor por la ruina familiar que arrastraba.
No se conformaba con beber en los dias festivos hasta que tenian que llevarlo a casa en el carro, no se conformaba con pisotear a aquella esmirriada friulana que habia quitado, ignoro como, a un novio rico, apropiandose, claro esta, del collar y el anillo que aquel iluso ya le habia regalado para la boda. Un Saturno por instinto devorando a sus hijos, no hacia mas que ensanarse con ellos.
A pesar de las advertencias de los carabineros (los tengo delante de los ojos, son los de
Mi madre, con su segundo de primaria, hasta los dieciocho anos habia leido solamente
El mayor de los varones tenia un talento natural para la talla de madera, manos habilidosas, cabeza creativa. Se habia hecho un pequeno violin con el que tocaba como podia, como sabia. Saturno se lo destrozo: no queria que abandonara su taller, pues Saturno era, cuando no bebia, un diestro zapatero.
Un dia de fiesta lo encontro en la plaza charlando con unos amigos: lo agarro por el lobulo de la oreja delante de todos y, sin soltarlo, lo obligo a volver a casa. Solo que el padre iba en bicicleta y el hijo a pie: y volvio a casa, pero con el lobulo partido.
No era solamente brutal, mi «abuelo», tambien era refinado en sus pequenas torturas. Si no podia conciliar el sueno, despertaba a la esmirriada friulana de la cama en la que dormia extenuada y la mandaba a la cocina a prepararle un cafe.
Cuando la hija empezo a tener formas de mujer (mi madre era guapa: morena, palida, cintura estrecha, pecho bien marcado), le hizo rehacer toda la ropa de manera que no le resaltara nada y, asi embutida, con un abrigo negro dos palmos mas largo que la falda, la mandaba a misa. Los chicos, y aun mas las chicas canallas, se mofaban de ella, llamandola «la vieja». Mi madre hacia de tripas corazon y, orgullosamente, aguantaba hasta casa para romper a llorar.
Aun asi, alguien se atrevio a dar un paso en aquel presidio. Un patoso hijo de campesino, que le mando un mensaje casi amoroso escrito en un papel para envolver mantequilla, mensaje obviamente interceptado no obstante el ingenuo ardid. Mi abuelo (un Otelo) entro hecho una furia en la habitacion de Pina, cerro dando un portazo tremebundo, encontro a su hija rezando (cual Desdemona) las tradicionales oraciones antes de acostarse, agito delante de su nariz y sus ojos ayunos la mantecosa nota, gritando desaforadamente: «?De nada vale que reces, porque nunca te casaras con el!».
Si hubiese sabido cuales eran las fantasias de la muchacha, no se habria preocupado. Ella aspiraba, por este orden, a un ingeniero, un medico o, al menos, un abogado. De pequena tambien habia abrigado la esperanza de que un gitano se la llevara, lejos: habil como era haciendo piruetas y con la rueda, creia que podia triunfar en un circo. Con el fin de que la raptaran, pasaba entonces mucho tiempo cerca de la verja, para poder huir mas rapido.
A los quince anos, mi madre (parece increible, pero juro que es verdad), a pesar de que ya tenia mas de un hermanastro, creia que los ninos los traia la comadrona del pueblo en su especial, curiosa maletita, con la que siempre llegaba deprisa y corriendo. Cuando un jovenzuelo zumbon le revelo por que agujero entraban y salian los ninos, vomito.
La comadrona se compadecio de ella y desde aquel dia se preocupo de despabilarla un poco. Le explico para que servian aquellos trapitos misteriosos que la madrastra escondia, como un gato las heces, en el fondo de un cajon, debajo de las bragas y los panuelos. Pina se preparo tambien para convertirse en mujer, esperando la senal de sangre. Pero pasaban los meses, incluso los anos, y no ocurria nada.
Sin embargo, su aspecto era de adulta, bien formada, atractiva.
Reparo en ella un caballero del lugar, con campos, una casa grande y hermanas instruidas. No era medico, ingeniero ni abogado. Tampoco gitano. Tenia unos veinticinco anos mas que ella pero era extranjero, terrateniente, y para los extranjeros terratenientes los anos no tienen importancia como para nosotros, menos a los ojos de un padre avariento.
El extranjero ponia como condicion que la muchacha fuese un tiempo al colegio, corriendo el con los gastos, para aprender buenos modales, ortografia, alguna palabra en frances. El aspirante a suegro pedia un fuerte deposito en metalico para dejarla libre.
Todo pasaba por la cabeza de la Pina (por fin empleamos el articulo delante del nombre, estamos en el profundo norte), que no podia meter baza, y aunque hubiese podido hacerlo estaba demasiado ofuscada para decir nada; asi, cuando el extranjero, nauseado de la avidez del hombre y horrorizado por la idea de tenerlo como suegro, dijo que no estaban tratando de la compra de una vaca, ella se sintio aliviada y autorizada a aspirar de nuevo a un ingeniero, un medico o, al menos, un abogado.
Ahora bien, seguia estando aquel secreto, aquella senal de sangre que no aparecia y sin la cual, pues ya lo sabia, no se es una autentica mujer. Tenia dieciocho anos y si llegaban a descubrirlo sus amigas, que en realidad amigas no eran, se habrian reido de ella una vez mas. Retraida, se armo con la audacia de los timidos, y fue a ver al medico, que no podia ir contando por ahi quien habia tenido paperas y quien no, quien padecia de hemorroides, de escrofula o de impudicos picores en aquella parte cuyo nombre ella ni siquiera conocia.
Tal era la idea que tenia del cuerpo mi madre: un misterio de tripas retorcidas, de asaduras rojizas, de cieno maloliente.
El medico estuvo a la altura: no se rio, no se burlo de ella, solo le pregunto por que no habia ido antes, por que no habia dicho nada en casa. Tras la respuesta de ella, se limito a mascullar entre dientes un «?Ah!, Giovanni».
Todo se arreglo con dos inyecciones, pero causandole dolor y fiebre alta, tan alta que en casa todo el mundo comprendio.
Cuando se repuso un poco, el padre llamo a la Pina a su habitacion. Lo encontro mas enfurecido que nunca: con la cara roja, iba de un lado a otro dando puntapies a las patas de la cama, a las mesillas de noche, a los escabeles, haciendo temblar de miedo a la Virgen que habia en una hornacina de cristal y a las lamparas. Aunque inocente, la muchacha instintivamente se protegio el rostro.
Y el le grito, casi le eructo a la cara: «?Ahora que te pones trapos, no te iras a creer que mandas, puta! ?Y largate!».
Y, en efecto, mi madre se largo, poco despues, y tambien todos los hijos, en busca de infortunio, lejos de alli.
Mi «abuelo», de jovenzuelo, cuando aquella ciudad era aun maestra en todo para las provincias venetas, habia aprendido en Viena el arte del cortador de pieles, en el que se hizo ducho. Quien sabe si alguna vez llego a hacer un par de sus famosas botas a un profesor extravagante, con barbita y gafitas, que vivia cerca de el: en la calle Bergase, numero 19
«Quiero darte una muneca roja» [7]
Al llegar de la provincia, hijo de pequenos burgueses para quienes el decoro era el valor mas preciado y no hacerse notar una virtud, las mujeres le gustaron; le gustaron porque eran justo lo contrario: descaradas, esnobs; modernas, en suma.
Su esposa, por ejemplo. La conocio en una escuela de baile a la que habia ido para desprenderse de un poco
