El principe oriental fue enterrado en un costoso cementerio para animales. El humilde fraile y la diva caprichosa, en el campo de unos amigos, entre un olivo y un melocotonero, cerca el uno del otro. El pacifico tragon y la tragona suicida en dos grandes tiestos, sobre nuestra terraza.

Tendran muchas cosas que contarnos.

Amigos gatos, he estado mas cerca de vosotros que de los humanos, lo se. Tambien ahora, cuando al encontrarme tan enferma mi natural misantropia se ha tornado obligatoria, con estas pacificas fierecillas, un fragmento de naturaleza salvaje que se ha conservado entre nosotros, es con las que me entiendo mejor.

Ahora esta la Gata rechoncha, enfermera, confidente, amiga. Ahora hay otros dos gatillos por casa, que a ella le caen muy mal, dejados por mi hija trotamundos a mi cuidado, cuidado que espero se transforme en adopcion. El es negro como la tinta (Inky), tan negro que, si cierra los ojos, desaparece como el gato magico de Alicia.

Ella es una pequenisima tigresa (Tigrina), que en el nombre bastante obvio recuerda el mas extravagante de un gato veneciano que conoci hace una vida, Tigrin Piernas Bonitas.

Ahora que ya no hablo, con ellos todavia me puedo comunicar.

De noche, cuando lloro en la cama, la vieja amiga que duerme siempre a mis pies se despierta enseguida y viene a frotar su cabecita sobre mis mejillas. En la oscuridad, con su suave ronroneo me reitera la promesa que le he arrancado: «No me ire antes que tu».

Cuerpo a cuerpo

Paso mucho tiempo en la cama para mitigar asi el frio que siento siempre, pese a que la casa esta bien caldeada. Y tambien porque siempre estoy muy cansada. Miro por la ventana el trocito de mundo que me toca y, a pesar de todo, lo encuentro hermoso. En cambio, el boletin de guerra llega del cuerpo, cuyo lenguaje finalmente comprendo. Las ultimas defensas estan cayendo, los bastiones se desmoronan, los centinelas han huido, con el aceite hirviendo estamos en las ultimas. Es una rebelion de todos los organos, tambien de los buenos, los que nunca me han dolido: los oidos, la garganta, el intestino.

Quien tiene un viejo en casa, maxime si esta enfermo (y, recordemoslo en todo momento, la vejez es en si misma una enfermedad), sabe que su sitio preferido es el cuarto de bano. Irritante preferencia que saca de quicio «a los que tienen que ir a trabajar», y a los que siempre corresponde, en nombre de un principio economico, la precedencia sobre todo y todos. Sigue el turno de las mozas en plena flor de la edad, que nunca se cansan de arreglarse el pelo, sacarle brillo a los labios o limarse una una; los mozos tienen asimismo exigencias semejantes, se buscan el ultimo punto negro para arrancarselo, se rocian gel sobre la cabellera, se pasan desodorante por las axilas mal lavadas.

Sin embargo, la autentica lucha es con los ninos, a los que les encanta permanecer ratos igualmente largos en el mismo sitio. Si estos cuentan a su favor con la velocidad para ganar la puerta, a cambio los viejos cuentan con la experiencia y saben esperar que el grito de un mayor reclame al impuber amador (todos se imaginan que esta haciendo encerrado alli dentro) para otras necesidades mas desagradables, como la escuela, los deberes, la hora de irse a dormir.

Luego, de noche, cuando todas las personas activas tendrian ya que estar durmiendo, los viejos, exponiendose a una atroz caida a cada paso alumbrado por la tremula luz de una linterna, finalmente pueden instalarse en su reino: a los mas afortunados se les concede aun la posesion de la llave.

?Por que gusta tanto quedarse largo rato en el bano a dos tribus tan distanciadas en el tiempo?

En primer lugar, la sensacion de libertad que brinda un lugar donde se tiene derecho a estar solo; en segundo lugar, la exploracion del propio cuerpo y de sus potencialidades mas o menos expresables.

Tambien hay chicos que van alli con una pila de libros, sin saber cual elegir; e incluso hay viejos estudiosos que tienen una biblioteca incrustada entre los baldosines u otros simplemente curiosos que guardan alli todos los fasciculos del «Gran crucigrama» para curarse, mas que del estrenimiento, de la perdida de memoria.

Sea como fuere, los viejos, que disponen de toda la noche (no podrian dormir, de todas formas), la pasan sentados en la taza del retrete. Muchos esperan el «beneficio», como lo llamaba, con una expresion ya caida en desuso, nuestro decimononico medico de cabecera, que, con su perilla, chaleco y gafitas parecia el doble de Pirandello.

El «beneficio», esto es, la liberacion del intestino, constituye su constante preocupacion, dejando de lado los casos, mas raros, en los que ese repugnante organo tiene por el contrario que ser atado, estrangulado.

?Que puede hacerse en la taza de un retrete durante horas y horas?

Mil cosas. Cortarse las unas (las de los pies constituyen un verdadero problema que exigiria soltura y agilidad); constatar los danos sufridos, de tanto deshincharse gracias a los diureticos, por las manos, que ahora se asemejan, en su guante de piel sequisima y fragil, a extremidades de momia egipcia; cepillarse el pelo eliminando la mayor cantidad de caspa posible; extraer con delicadeza (harian falta las tijeritas que se usan para los caracoles) las costritas sanguinolentas que se forman en las ventanillas de la nariz; rascarse el fondo de la oreja, maniobra que requiere aun mayor delicadeza pues mezcla un placer de naturaleza sensual con el gusto por una aventura que comporta el riesgo, siempre posible, de romperse el timpano. Y luego, calvario y gozo, con caricias cada vez mas profundas, despertar aquel deseo incesante, insoportable en todo el cuerpo, acto que puede compararse con la rabiosa alegria del piromano que disfruta viendo elevarse y avanzar el incendio que el mismo ha desatado.

?No basta? Tratad vosotros de encontrar algo mejor.

Los viejos miran atentamente la television y, ademas de entretenerse, siempre encuentran algo util. Por ejemplo, con el incomprensible triunfo de los coroneles meteorologicos, [31] saben una cantidad increible de cosas inutiles sobre la densidad de la nieve, los vientos favorables para salir en barca o el estado de las carreteras heladas («lleven cadenas»). Pero tambien saben a que hora se pone y sobre todo sale el sol en su ciudad: asi, con prudente antelacion, salen del cuarto de bano antes de que la casa se despierte y descubra sus transgresiones; llegan a la cama, donde intentaran dormir las tres o cuatro horas realmente necesarias; a veces se tropiezan con los gatos domesticos, especialistas en sortear su paso tambaleante, que ahora, teniendo por naturaleza el mismo ritmo que el sueno, se van a dormir, con la seguridad de que podran disfrutar de sus veinte horas indispensables.

El cuerpo no envejece todo a la vez; esta hecho de trozos y de cuando en cuando nos jugamos uno. Igual que en la cancion de Giorgio Gaber: «Pierdo los trozos pero no es por mi culpa…».

En el umbral de los cincuenta anos, pongamos por caso, estaba maravillosamente entera. Ninguna operacion, abundante pelo, ciclo menstrual puntual; los consejos de los dentistas, proclives a eliminar una muela del juicio muy molesta, los rechazaba como una brutalidad antinatural, pese a que aquel invierno la muela malefica me hacia sentir todo su poder maligno. La desafie, yendo a Paris en Navidad. Cenitas a la luz de velas, ostras, visitas a palacios, museos, cementerios: nada, me seguia doliendo de una forma atroz. Huespeda en la casa de unos amigos, estaba forzada a disimular, a hablar, a reir apretando a los companeros sanos de la maldita. La noche de la antevispera, la peor de mi vida, la pase despierta, tendida sobre el suelo del bano de servicio, rodeada por los cuatro gatos de la casa atonitos, asombrados de que un humano aullase de manera tan lastimera. Mis anfitriones me encontraron por la manana y me mandaron, con mi marido, al ambulatorio «Dentaire». El dentista que estaba de guardia me pregunto, como si fuese la cosa mas normal del mundo, si queria librarme de mi enemiga. Me negue con toda la energia que me quedaba: no queria que aquel trozo de mi cuerpo, el primero que iba a dejarme, se quedara en tierra extranjera.

Una vez en Roma hube de ceder, no sin esperar estoicamente a cumplir cincuenta anos. Fue una escena de broche final de pelicula comica. Yo lloraba sentada en la que me parecia una silla electrica; el dentista, que conocia mi drama, reia como un loco. En cinco minutos se habia terminado todo pero yo seguia llorando: no por el dolor, que ya no sentia, sino por la perdida, el luto, la plenitud de mi cuerpo violada, la primera senal de fragilidad, de muerte.

El dentista, que se pasaba el dia arrancando muelas, me pregunto con socarroneria: «?Quiere que se la vuelva a poner?». Sin embargo, como era un hombre inteligente, vi que en un rincon estaba lavando bien a mi

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