me gustaba que mi padre pareciera un pobre diablo al lado de una mujer como Estrella. No me gustaba que mi madre hubiera dejado de ser insustituible. No me gustaba mi padre.

Me encerre en la cocina y busque en el monton de los periodicos atrasados. Si, todavia estaba ahi el del cinco de abril, con la foto del novio y la de la metralleta. Volvi a leer la noticia y segui sin entender demasiado. Pero eso era lo de menos. Lo que en ese momento me importaba era que aquella chica habia sido capaz de empunar una metralleta y lanzarse a atracar bancos solo porque tampoco a ella le gustaba su padre.

Podeis imaginaros lo que hice a continuacion. Cogi unas tijeras y recorte aquellas fotos y aquella noticia. Recorte tambien las informaciones que aparecian en dias posteriores: unas declaraciones del padre de Patricia, la propia noticia sobre el asalto al banco, no se si alguna mas. Lo necesitaba. Necesitaba separar a Patricia Hearst del resto de las cosas del mundo y hacerla mia, poseerla. Me entendeis, ?verdad? Esa misma noche buscaria el album del doctor Marnard y lo sustituiria por el de ella. Barnard se podia ir al cuerno. Ella no, Patricia Hearst no. Yo lo ignoraba todo sobre esos senores llamados simbioticos, pero sabia que en ese momento aspiraba a ser uno de ellos. A cambiar de nombre. A agarrar un arma. A asaltar un banco solo para protestar contra mi padre.

Por la manana me despertaron los timbrazos del taxista que venia a recoger a Estrella. Yo lo oia todo desde mi litera. Oia como el taxista preguntaba que bultos tenia que bajar y como mi padre aprovechaba sus breves ausencias para volver a rogar.

– Es inutil que insistas -replicaba Estrella, paciente.

– Una oportunidad. La ultima. Es todo lo que te pido.

– Te lo he dicho mil veces: asi no podemos seguir…

Entonces aparecia otra vez el taxista y se callaban los dos. Se oia un «?vamos alla!» y un resoplido, y al cabo de unos segundos mi padre volvia a la carga: que que iba a hacer ahora, que donde iba a vivir, que el se comprometia a buscarle un agente de los de verdad si ella renunciaba a marcharse…

– Una carrera artistica exige muchos sacrificios. El principal y mas cruel de todos, el sacrificio de los sentimientos -sentencio Estrella, y aquello sono a frase aprendida, como si estuviera repitiendo algo que hubiera leido en alguna entrevista del?Hola!

Se oyo un nuevo timbrazo. El taxi ya debia de estar cargado. Estrella dijo algo que no entendi y abrio la puerta de mi habitacion. Entraba para despedirse. Yo me hice el dormido y ella me dio un beso en la frente. Mi padre no podia estar muy lejos. No le oia, no le veia, pero de algun modo percibia su presencia. Me lo imaginaba apoyado en el marco de la puerta, con su pijama a rayas porque todos sus pijamas eran iguales, todos a rayas. A Estrella me la imaginaba maquillada de esa manera horrible que a ella le gustaba, con los parpados pintados de azul como las putas y los labios muy rojos. Y en efecto: salieron del dormitorio, y yo me lleve los dedos a la frente y tenia las yemas manchadas de carmin.

– Te acompano al taxi -oi, otra vez a traves de la puerta.

– No hace falta.

Deje que pasaran unos minutos. Luego me asome al cuarto de estar y vi a mi padre en la terraza, acodado a la barandilla con expresion de cansancio. Yo lo veia de medio perfil, y no estaba en pijama: llevaba la misma ropa que por la noche, la misma camisa, la misma corbata, pero todo como desarreglado y fuera de sitio. En el costado se le habian formado unas arrugas que recordaban el fuelle de un acordeon.

Mi padre se llevo entonces una mano a la cara, y comprendi que estaba llorando. Era la segunda vez que le veia llorar. O mas bien la primera, porque la otra vez fue en el funeral de mi madre y yo era demasiado pequeno para recordarlo. Era, pues, la primera o segunda vez que le veia llorar y esta claro que me molesto. Cerre la puerta y me dije que eso del amor era una estupidez, yo nunca me enamoraria. ?Para que? ?Para acabar llorando por una gorda como Estrella?

Volvi a salir al cabo de un rato. Mi padre seguia en la terraza, con la vista clavada en la carretera, seguramente en el punto en el que habia desaparecido el taxi de Estrella. En esta ocasion si que advirtio mi presencia y me hizo una sena con la cabeza para que me acercara. Me acerque. Mi padre me puso las manos en los hombros y me dijo:

– Estrella se ha ido.

En ese momento se parecia a Frank Sinatra cantando Strangers in the Night. Anadio:

– Las cosas no funcionaban muy bien entre nosotros y le he pedido que se marchara. Al menos por un tiempo. Es mejor asi.

Pero que gilipollas se puede llegar a ser. Mi padre se creia que yo no me habia enterado de nada y ahora improvisaba una de sus clasicas comedietas para recomponer de algun modo su autoestima. Llevo sus manos a mis brazos y me los cogio con fuerza, como si fuera a levantarme. Eso era lo que el hacia cuando pretendia hablar conmigo «de hombre a hombre». Y hablo conmigo de hombre a hombre:

– Espero no haberme equivocado. No se. Tal vez podria haber llegado a ser una buena madre… Lo siento. Se que le habias cogido mucho carino y que puede ser un trago amargo para ti. De verdad que lo siento, pero afrontalo como un hombre. El mundo no se acaba aqui.

O sea que lo sentia. Lo sentia por mi, como si el enamorado fuera yo, como si Estrella me hubiera abandonado a mi y no a el. ?Que os parece? Ah, yo confiaba en no parecerme nunca a mi padre.

Conocia varios casos de enamoramiento.

La senorita Violeta, la maestra que habia tenido en el colegio de hacia dos o tres anos, se habia enamorado de un chico de sexto, capitan del equipo de futbol. Se llamaba Pemartin y era el hermano mayor del Pemartin que yo conocia porque estudiaba en mi curso. A este, a Pemartin, le gastabamos bromas sin parar. Le deciamos: «?Tu tambien te la vas a tirar? ?Venga, hombre! Entre hermanos hay que compartirlo todo.» Nosotros no sabiamos si el mayor se la habia tirado. Por no saber, ni siquiera sabiamos si la senorita Violeta se habia enamorado. De hecho, la gente decia eso solo porque la habian visto animar al equipo del colegio y aplaudir los goles del hermano mayor de Pemartin, que era el unico que metia goles. Bueno, a lo mejor tambien lo decian porque la senorita Violeta se habia criado en Francia y a las francesas les pega mucho eso de enamorarse.

La cuestion es que Pemartin era todo lo contrario que su hermano mayor: feo, timido, torpe y yo creo que un poco lelo. La burla, por lo que fuera, llego a oidos de algun adulto, y un dia nos llevaron a cuatro o cinco al despacho del director. Yo pensaba que nos llamaba para castigarnos, pero nada de eso. El director nos dio unos caramelos acidos y luego nos pregunto que sabiamos sobre el hermano de Pemartin y la senorita Violeta. Yo me encogi de hombros y los otros hicieron algo parecido, y entonces el director nos quito los caramelos acidos y anuncio que repetiria la pregunta una sola vez. ?Que sabiamos sobre Pemartin y la senorita Violeta? Dijimos que el hermano de Pemartin era el capitan del equipo y que a ella la veiamos en los partidos de futbol. «Muy interesante», susurro el director, «o sea que suelen verse despues de cada partido…» Y se llevo una mano a la barbilla y nos interrogo con la mirada. Nosotros no dijimos nada, ?que podiamos decir?, y el director nos devolvio nuestros caramelos con aire satisfecho.

Al dia siguiente aparecieron por clase el director y tres mujeres de la asociacion de padres. «?Puede usted salir un momento?», pregunto el. «Claro que si», contesto la senorita Violeta con su habitual acento frances. Yo creo que eso era lo que les molestaba de ella, que no fuera como las demas, que no tuviera el mismo acento que las otras maestras: en el pueblo la llamaban «la francesa». Las tres mujeres y el director se llevaron a la senorita Violeta, y a nosotros nos dijeron que aprovecharamos para estudiar.

Yo deje pasar unos minutos y luego sali a espiar. Se habian encerrado en el aula de segundo, que en ese momento estaba vacia porque los de segundo tenian gimnasia. Pegue la oreja a la puerta. Reconoci las voces: la del director, las de las mujeres, la de la senorita Violeta, la del hermano de Pemartin. «?Pero alguien nos ha visto alguna vez juntos?», protestaba este acaloradamente. «?Como ibamos a veros si os reuniais en secreto para hacer guarradas?», le replicaban. La senorita Violeta dijo que era todo mentira, que no sabia quien se lo habia podido inventar, y entonces el director grito «?silencio!» y la senorita Violeta se echo a llorar, y el director volvio a gritar y la senorita Violeta lloro aun con mas fuerza. «El testigo. Que venga el testigo», ordeno el director, y yo oi unos pasos que se acercaban hacia la puerta y corri a esconderme detras de una columna.

Un minuto despues, las dos mujeres que habian salido del aula de segundo volvian en compania del testigo. El testigo era Pemartin, el Pemartin de mi curso, y las dos mujeres le seguian con aire ceremonioso, como si ellas fue- un dos damas de una corte imaginaria y el el principe heredero. Ya os he dicho que Pemartin era un poco lelo. Andaba a pasitos cortos y sin levantar nunca la vista del suelo, y cuando llego a la puerta del aula de segundo se detuvo como acobardado. El propio director se asomo para hacerle entrar. Le dio unas palmaditas en la nuca y dijo: «Vamos a terminar de aclarar las cosas.»

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