Pensareis que Pemartin acabo defendiendo a su hermano mayor. Pues no. Yo nunca he tenido hermanos y no se en que consiste eso del amor fraternal. Lo que si se es que yo jamas le habria hecho a nadie lo que Pemartin le hizo a su hermano. «?Los viste o no los viste?», le estaba preguntando el director. «Di la verdad», le dijo su hermano, «es lo unico que te pido.» «Naturalmente que va a decir la verdad», intervino una de las mujeres, y el director insistio: «?Los viste?» Yo no oi ninguna respuesta pero el director continuo: «?Y donde los viste?» Tampoco entonces oi nada. «?Donde?» «En el vestuario», dijo finalmente Pemartin, y luego hablo muy deprisa: «En el vestuario pequeno. Estaban abrazados. No llevaban ropa. El la tenia cogida por los hombros y ella por la cintura. Como en los bailes…»

Yo creo que la senorita Violeta si que estaba enamorada del hermano de Pemartin, pero todo lo demas era mentira. Lo supe el dia en que a Pemartin le quite el cuaderno de anillas para llenarle las paginas de insultos. En el bolsillo interior encontre un recorte de una revista francesa, y en aquel recorte aparecia la foto de una pareja desnuda: estaban los dos abrazados, el la cogia a ella por los hombros y ella a el por la cintura, y se diria que estaban bailando. Eso era todo lo que habia visto Pemartin, una simple fotografia, y por su culpa habian despedido a la senorita Violeta y se habia tenido que marchar del pueblo. ?Veis para que sirve enamorarse?

Podria contaros mas casos. El del panadero de Peniscola al que el pelo se le puso blanco cuando se entero de que su novia estaba casada y tenia dos hijos. El de un belga que vivia en unaroulotte y se pasaba el dia tocando el violin y llorando por una mujer llamada Solange. En cambio, 110 podria decir ni una sola palabra sobre el enamoramiento de mis padres. No habia visto ninguna foto de su noviazgo, nadie me habia contado nada sobre esa epoca, no sabia ni como ni cuando se habian conocido.

El amor de mis padres era, pues, un enigma para mi, y por el contrario llegue a saberlo todo o casi todo sobre el amor que mi padre sentia por Estrella, o al menos sobre los efectos que su marcha produjo en el. Y si llegue a saber lodo eso fue porque durante aquellos dias me entretuve espiandole. Mi padre me llevaba por la manana al colegio, y yo me despedia y fingia que entraba pero, en cuanto el Tiburon desaparecia por la primera calle, volvia sobre mis propios pasos y corria hacia la calle en la que tenia su estudio el profesor de Estrella.

En el balcon del primer piso habia un letrero que decia «Escuela de musica Sebastian Armengol. Canto – piano – solfeo. Tarifas especiales para grupos» y, como las ventanas solian estar abiertas, desde la calle se oia casi siempre el torpe teclear de algun alumno: do-re-mi-fa-sol. Pero yo no me quedaba en la calle sino que me metia en el local que habia justo enfrente, un salon de maquinas recreativas, y alli solo se oia el ruido metalico de las maquinas, el rumor oscuro de los futbolines, el compacto golpeteo de las bolas de billar. El encargado me conocia un poco, y algunos dias, cuando ya me habia gastado el dinero que mi padre me habla dado para pagar la media pension, me invitaba a jugar ron el. Y yo jugaba, pero con el rabillo del ojo vigilaba la calle porque queria saber cuantas veces pasaria esa manana mi padre por aquel sitio. Seis, siete, diez, algun dia hasta doce veces vi pasar el Tiburon. Mi padre pasaba por esa calle porque ignoraba donde se habia ido a vivir Estrella y porque ese era uno de los pocos lugares en los que podria encontrarla. Encontrarsela como por casualidad, eso era lo que el buscaba, y para ello mi padre era capaz de pasarse el dia entero metido en el coche, dando vueltas y vueltas por el pueblo, recorriendo una y otra vez la calle de la escuela de musica, recorriendola ocho, diez, hasta doce veces, y no solo los lunes, los miercoles y los viernes, tambien los otros dias de la semana, los dias en los que Estrella no tenia clase, como si pensara que tambien ella queria hacerse la encontradiza, como si creyera que tambien Estrella se pasaba todo el dia dando vueltas por el pueblo y confiando en ese encuentro mas o menos casual.

Otra persona en su situacion tal vez habria subido a hablar con el profesor de musica y le habria preguntado por la nueva direccion de Estrella o le habria dejado un mensaje. Mi padre no. Mi padre tenia su famosa dignidad, el no podia rebajarse a perseguir a nadie. Lo suyo, ya lo he dicho, era encontrarsela como por casualidad, detenerse a saludarla con educacion y poder decirle algo asi como: «?Estrella! ?Que sorpresa, tu por aqui!» Lo suyo era dar vueltas y mas vueltas en el Tiburon, siempre bien vestido y con ese aire de negociante prospero que a el le gustaba adoptar porque solo asi, en el Tiburon y con esa ropa y ese aire de prosperidad, se sentia seguro de si mismo. Lo suyo era poder decirle «?Estrella, que sorpresa!» desde el interior del coche, como si excepcionalmente hubiera abandonado sus multiples obligaciones para hacer alguna gestion por esa parte del pueblo.

Pero no penseis que en casa se comportaba del mismo modo. Mi padre me recogia por la tarde y me preguntaba como habian ido las clases y que me habian dado para comer, y yo contestaba cualquier cosa porque ni habia asistido a las clases ni habia comido en el colegio, y tambien porque a el le importaba bien poco lo que yo pudiera contestar. A esa hora mi padre estaba ya cansado, harto de dar vueltas y como dolido con ese destino que nuevamente le habia sido adverso, y mientras conducia vigilaba las aceras con una atencion casi desesperada, sabedor de que era esa su ultima oportunidad, de que si no se encontraba con Estrella en ese preciso momento ya no podria hacerlo hasta el dia siguiente. Y, claro, luego llegabamos a casa y mi padre se ponia de muy mal humor. Entonces protestaba por cualquier cosa, porque tenia demasiado alto el volumen del televisor, porque me comia los bombones de licor dejados por Estrella, porque le decia que me apetecia dar una vuelta por la playa o porque le decia que no… Mi padre se ponia el pijama y se metia en su cuarto con la radio- despertador en- rendida y algun periodico o alguno de esos libros suyos con metodos infalibles para acertar en las quinielas, y me decia que hiciera lo que me diera la gana pero que no le molestara porque le dolia la cabeza, como si yo tuviera algun interes especial en darle conversacion o escuchar con el la musica de su radio- despertador.

Otra advertencia que a veces me hacia era que, si llamaban por telefono, lo cogeria el. Que estupidez, a nosotros nunca nos llamaba nadie. Ese telefono no significaba «que el mundo pudiera necesitar a mi padre sino que mi padre necesitaba al mundo, ese telefono no estaba ahi para que nos llamaran sino para llamar, y ya ni siquiera eso, por- que ahora mi padre habia dejado de ser agente artistico y no tenia que hacer como antes, cuando se colgaba del telefono para ofrecer a unos y a otros una cantante que era un prodigio, la nueva Maria Callas.

Pero, en el fondo, mi padre todavia pensaba que Estrella volveria, que una tarde llamaria y diria que lo habia pensado mejor y que le gustaria que las cosas volvieran aun como antes. A lo mejor era ese el motivo de que se en enfadar conmigo cuando me comia los bombones de Estrella A lo mejor se imaginaba a si mismo abriendole la puerta y diciendole: «Entra. Nada ha cambiado entre nosotros. Esta es tu familia, esta es tu casa, estos son tus bombones.»

En fin, yo lo unico que se es que Estrella no tenia el menor interes en volver con mi padre. Lo supe el dia en que, finalmente, Estrella y el se encontraron en la calle de la escuela de musica. He dicho que se encontraron pero no es del todo exacto. ?Os podeis creer que mi padre no le dijo nada, que fingio no haberla visto? Yo estaba, como siempre, en el salon de las maquinas, y aquella manana el Tiburon habia pasado por ahi delante al menos cuatro veces. La quinta vez se detuvo, y mi padre salio a mirar el escaparate de una tienda de muebles cercana. Lo hacia con frecuencia se paraba a mirar un escaparate, y asi justificaba de algun! modo su continuo ir y venir por esa calle. Aquel dia, mientras el fingia estar interesado en no se si una mesa o un armario, Estrella aparecio por un extremo de la calle y se encamino hacia el portal de la escuela de musica. El Tiburon estaba parado justo delante, y ella lo vio desde el primer momento. Busco entonces a mi padre con la mirada y lo descubrio ante la tienda de muebles, aparentemente concentrado en la contemplacion de algun mueble absurdo, y estaba claro que tambien el la habia visto a ella y que seguia su recorrido en el reflejo del cristal del escaparate.

El muy ingenuo pensaba que Estrella veria el Tiburon y que luego le veria a el y que, por supuesto, se acercaria a saludarle y el podria componer una expresion de sorpresa: «?Estrella, tu por aqui!» Pero no. Estrella vio el Tiburon y vio a mi padre pero paso de largo y desaparecio dentro del portal, y solo entonces mi padre se volvio y observo el coche y la calle con un gesto de absoluto desconcierto, como si todavia no pudiera creer lo que acababa de ocurrir, como si tratara de explicarse que era lo que habia fallado. Un minuto despues le vi meterse en el coche y ponerlo en marcha. Parecia avergonzado. Ese dia no volvio a pasar por ahi ni una sola vez.

Fuimos a Valls a escuchar a Estrella. Mi padre se puso su mejor corbata y a mi me obligo a ponerme el pantalon de cheviot. Yo odiaba ese pantalon. Siempre lo habia odiado.

– Me pican los muslos -le habia dicho el primer dia, rascandome como un desesperado.

– Eso es porque es nuevo. Suele pasar.

Ahora ese pantalon ya no era nuevo pero seguia picando como el primer dia.

– Se me ha quedado corto -me queje, alzando una pierna para que viera como asomaba el calcetin.

– Nada, nada. Cuando estas sentado no se nota nada…

– ?Pero yo no quiero tener que pasarme todo el dia sentado!

No me hizo ni caso. Movio las manos como dando a entender que el lo solucionaria todo y luego dijo que

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