teniamos que darnos prisa si no queriamos llegar tarde. Pero lo unico que pasaba era que estaba nervioso. Habia tiempo de sobra. De hecho, llegamos al salon de actos cuando todavia las puertas estaban cerradas. Mi padre pego la nariz al cristal y dio Unos golpecitos para llamar la atencion del conserje. Yo sostenia un ramo de rosas que acababamos de comprar en una floristeria cercana porque mi padre decia que era la costumbre en esos casos. El conserje se acerco y por senas nos hizo saber que faltaba casi una hora.
– ?Ha llegado ya la artista? -pregunto mi padre, silabeando con claridad y haciendo gestos como los sordomudos.
Luego me arranco el ramo de flores y lo levanto con una mano mientras con la otra hacia senas hacia el interior. El conserje entreabrio la puerta.
– No puede pasar nadie al camerino. Si quiere, le llevo Idas. flores -dijo.
Mi padre, ofendido, le volvio la espalda y, en voz alta, para que el otro le oyera, me dijo:
– Vamonos, Felipe. Se nota que este hombre no esta! acostumbrado a este tipo de acontecimientos.
Mi padre hacia a veces cosas asi, adoptar esos aires de gran senor, reaccionar con altivez ante un pequeno desaire y entonces cualquiera podria llegar a creerle un hombre con clase, un caballero. Claro que un autentico caballero jamas permitiria que su hijo llevara un pantalon que se le habia quedado pequeno.
En cuanto al recital, ya os lo podeis imaginar: tan aburrido como era de prever o incluso mas.
– Hay bastante gente -comento mi padre en voz baja, pero yo no se si treinta y ocho personas contandonos a nosotros dos era bastante gente o no.
Estabamos todos concentrados en las primeras filas, y al no haber por esa zona ningun asiento libre tuve que aguantar todo aquel tiempo con el ramo de flores en mis rodillas. Estrella salio al escenario y se puso a cantar algunas de esas horribles canciones que yo le habia oido cantar tantas veces. Llevaba puesta su famosa diadema y gesticulaba de un modo particularmente cursi. Para agradecer los aplausos ladeaba la cabeza en direccion al pianista y juntaba las manos sobre el pecho como las virgenes de los cuadros.
En una de esas pausas entro don Nicolas, paso por delante de nosotros y se sento en la ultima butaca de la primera fila. Yo supuse que era don Nicolas por los gestos que hizo mi padre para buscar su saludo: incorporarse, llevarse! una mano a la altura de la oreja y dejarla un instante como suspendida en el aire. Eso era muy tipico suyo, provocar el saludo de las personas importantes y luego, cuando ya lo habia logrado, devolverselo con una sonrisa y un movimiento de cabeza que querian decir: «Perdona, amigo mio, estaba distraido y no te habia visto.» Eso era tipico suyo, y yo no podia evitar odiarle cuando, acto seguido, se volvia hacia mi con un aire de irreprimible satisfaccion y arqueaba las cejas como diciendo: «Este era don Fulano, un pez gordo. Me ha saludado, ?has visto?» Aquella vez, sin embargo, no se si me miro porque yo aproveche la ocasion para cambiar de postura en mi butaca y por un momento logre ocultarme detras del ramo de flores.
Estrella siguio con lo suyo y yo me entretuve mirando a aquel hombre, don Nicolas. Seria todo lo importante que mi padre quisiera, pero a mi me parecio solo un viejo repugnante, con aquella papada y aquel lobanillo en mitad de la frente. No se. A lo mejor lo que pasa es que me lo habia imaginado de otro modo, mas distinguido, mas fino. No es que yo tenga un concepto muy elevado de los amantes de la zarzuela pero, la verdad, si alguien pone dinero para organizar recitales asi, lo logico es pensar que tambien hace lo mismo con exposiciones de ceramica o, yo que se, con certamenes de poesia, y que es algo asi como un pequeno mecenas local, una persona con el dinero y la educacion suficientes para ofrecer un aspecto bastante mejor que el de aquel patan que ni siquiera se tapaba la boca para bostezar. Eso, por cierto, me llamo la atencion: no solo habia llegado tarde, sino que ademas no paraba de bostezar. Si tanto le gustaban las canciones de Estrella, ?por que bostezaba? Si, tambien yo bostezaba de vez en cuando y tampoco yo me tapaba la boca, pero eso es otra historia: a mi no me gustaban aquellas canciones y por nada del mundo habria penado en convertirme en mecenas de nada ni de nadie.
Volvieron a sonar los aplausos y Estrella pronuncio unas frasecitas de agradecimiento. Aquello debia de estar alabando. Entonces mi padre agarro el ramo y me lo puso en las manos.
– ?Ahora! -dijo-. ?Es el momento!
– ?Ya te he dicho que no lo haria! -proteste.
El ni siquiera me escucho. Se puso de pie para dejarme pasar y yo no pude hacer otra cosa que levantarme y recorrer con aquellas flores en las manos los cuatro o cinco metros que me separaban del escenario. Los aplausos cesaron de golpe y yo supuse que todo el mundo me estaba mirando. Mi intencion era dejar el ramo en el borde del escenario y regresar a mi sitio, asi que lo alce por encima de mi cabeza como un campeon ciclista y, cuando ya estaba a punto de soltarlo, vi como Estrella juntaba nuevamente las manos sobre el pecho y echaba a andar hacia mi, lenta y solemne como una penitente en una procesion de Semana Santa. Tuve que esperar, claro, y aproveche ese instante para echarle un vistazo a mi padre, que seguia de pie ante su butaca y me dedico un gesto levisimo de asentimiento. Llego finalmente Estrella hasta donde yo estaba, se agacho, estiro el brazo. Pero no cogio el ramo, no. Lo que cogio fue mi muneca, y sin darme tiempo a reaccionar se puso a cantar la cancion en la que estais pensando, la mas estupida y odiosa que he oido en toda mi vida:
– Ay, Felipe de mi alma, si contigo solamente yo sonaba. Mari Pepa de mi vida, si tan solo en ti pensaba noche y dia. Mirame asi, mirame asi…
Yo estaba abochornado, os lo podeis imaginar, abochornado y molesto. Ella, en cambio, parecia emocionada, y me miraba con los ojos humedos como las novias de las peliculas. Aquello me asusto, no se por que pero me asusto, y pense que tal vez Estrella me soltaria si dejaba caer el ramo a sus pies.
– Estrella…-suplique angustiado.
Ella debio de creer que tambien yo me habia emocionado, y entonces sonrio y me acaricio la cabeza y se incorporo con el ramo entre las manos, mientras la gente a mi espalda volvia a aplaudir, acaso con mas fuerza que antes.
Bueno, lo peor ya habia pasado. Cuando Estrella y el pianista se retiraron, mi padre y yo nos quedamos un rato remoloneando en el vestibulo. El numerito de las flores lo habia ideado para ganarse el derecho a visitar a Estrella en su camerino.
– Me quiero ir a casa.
– Enseguida, enseguida nos iremos -contesto el, nervioso, mientras miraba como la sala acababa de vaciarse.
Nos metimos por un pasillo cercano pero estuvimos a punto de perdernos. Volvimos a la sala, cruzamos todo el patio de butacas y subimos al escenario por una escalerilla lateral. Mi padre se movia rapido y silencioso, como un ladron de pisos, y yo me sentia forzado a hacer lo mismo. Llegamos a un almacen atestado de muebles viejos. En el extremo mas alejado habia cuatro hombres que hablaban a gritos y ni siquiera nos miraron. Mi padre abrio una puerta, He asomo y volvio a cerrarla.
– Por alli -dijo, senalando una escalera de caracol.
Llegamos al piso de arriba y vimos un letrero bien grande que decia «Camerinos». Lo habiamos encontrado sin tener que preguntar. Ahora solo faltaba saber cual de aquellas puertas era la del camerino de Estrella.
– Me quiero ir a casa.
Mi padre contemplo aquel largo pasillo con actitud pensativa y luego se volvio hacia mi como para decirme algo. Fue justo en ese momento cuando se abrio una de las puertas y oimos un ruido como de voces y risas. Esperamos que alguien saliera pero no salio nadie. Aquellas risas parecian de Estrella. Mi padre echo a andar y yo le segui, sigilosos los dos, casi furtivos, y nos paramos a un par de menos de aquella puerta, en un sitio desde el que podiamos ver sin ser vistos.?Y que vimos? En realidad lo que vimos fue algo insignificante o al menos lo habria sido para cualquier persona que no fuera mi padre. Una caricia, solo eso, una caricia que don Nicolas le hizo a Estrella en la barbilla. Solo una caricia, pero yo entonces lo comprendi todo y comprendi tambien que en ese momento mi padre lo acallaba de comprender todo. Y me parecio que la suya era una historia desgraciada, como la de la senorita Violeta, pero yo por la senorita Violeta habia sentido compasion y por mi padre ni siquiera eso.
– Mira aquellas fabricas, ?las ves? Eso es riqueza. Y aquellos campos y aquel bosque de pinos. Tambien eso es riqueza. El mundo entero es riqueza. Todo lo que ves es riqueza -insistio mi padre con un movimiento de cabeza que pretendia acabar de convencerme.
Estabamos otra vez en el coche. ibamos a Tarrasa a ver a la familia de mi madre, y por lo menos hacia media hora que mi padre estaba aleccionandome sobre el mundo y sus riquezas.
– Oyeme bien -prosiguio-. El mundo es muy rico. Todo en el es riqueza. Lo que ocurre es que esa riqueza esta mal repartida. Por ejemplo. Tu vas a una ciudad y ves gente pobre y gente rica. ?Pero esa ciudad es rica!
