El tal Suarez aparecio por un pasillo cercano. Debia de ser de sexto, yo no lo habia visto nunca. Llego hasta donde estabamos y el hermano Ramon le dijo:
– ?Venga! ?Ahora dales tu!
– ?Por que? -proteste-, ?Por que tiene que pegarnos el? Peguenos usted, que para eso es cura.
– ?Dales, te he dicho!
Ya lo creo que nos dio aquel cabron. A mi me dio unas bofetadas tan fuertes que se me escapaban lagrimas de dolor. Y a Maranon lo mismo.
– ?Querias saber por que? -me pregunto el hermano Ramon.
Se acerco a la puerta y con un dedo senalo las iniciales: -E. S. L. -dijo.
Luego se volvio hacia el otro y le senalo.
– Emilio Suarez Lozano -dijo.
Ahora empezaba a entender. Maranon y yo estabamos todavia frotandonos la mejilla, y tambien Suarez se la froto, | El hermano Ramon anadio:
– El chico no ha hecho mas que devolveros algo que os pertenecia.
Lo del negocio de mi padre lo descubri gracias a la coleccion de recortes. Despues del tiroteo y los seis muertos, yo me temia que Patricia Hearst y sus dos companeros no tardarian mucho en ser detenidos, o acaso asesinados, y estaba ansioso por conocer el desenlace de la historia. Los dos dias siguientes al de aquella noticia no hubo novedades. El tercer dia, creo que era un viernes, busque el periodico en el cuarto de estar y no lo encontre, asi que entre en el dormitorio de mi padre para ver si estaba por ahi: ya sabeis que a mi padre le gustaba encerrarse a leer el periodico y escuchar la radio-despertador.
Digo que entre en su dormitorio y, en efecto, mi padre se habia quedado dormido con el periodico desplegado sobre su pecho como una tienda de campana. Se lo quite con suavidad, tratando de no despertarle, y lo sostuve en alto mientras buscaba las paginas de «Informacion del extranjero». Aquel dia aparecia una columna que decia: «Uno de los miembros del Ejercito Simbiotico de Liberacion estuvo en Espana recientemente.» No es que fuera gran cosa, la verdad: entre los escombros de la casa de Los Angeles habian encontrado varias pertenencias de los activistas simbioticos, y una de ellas era un pasaporte, el de uno de los companeros de fuga de Patricia, con un sello de una aduana espanola. Bueno, lo importante era que ella todavia no habia sido atrapada, y eso bastaba para hacerle un sitio en mi album.
Me acerque sin hacer ruido a la mesilla y busque el pequeno neceser que mi padre solia guardar en el cajon. Unas tijeritas: eso era todo lo que yo queria. Abri, pues, el cajon y eche una rapida ojeada a su contenido: dos juegos de llaves, una caja de aspirinas, unas gafas de sol, su reloj Omega chapado en oro, un mapa de carreteras. Debajo del mapa es- taba el neceser y debajo del neceser una cosa que me llamo la atencion: un manojo de quinielas, selladas todas ellas y unidas por una goma. Las cogi. Demasiados boletos. Mi padre solia rellenar uno por semana y ahi podia haber treinta o cuarenta. Mire la fecha: la del domingo siguiente. Mire tambien el valor de los sellos: los habia de diferentes colores, y cada color correspondia a un precio distinto. Hice un rapido calculo mental: aquello era una autentica fortuna.
Mi padre seguia dormido, con la boca entreabierta, y de vez en cuando emitia un sonido parecido a un gorgoteo, como si tratara de tragar saliva pero tuviera la garganta seca. Asi que en eso consistia el negocio: en jugarselo todo a las quinielas. Por un momento senti deseos de zarandearle y gritar: «?Pero tu sabes lo que estas haciendo? ?Estas enganando a mis tios! ?Te estas aprovechando de su buena voluntad! ?Les estas llevando a la ruina!» Pero no. No vali la pena. Seguro que mi padre me habria renido por rebuscar sin permiso entre sus cosas. Seguro que me habria salido con alguna de sus teorias sobre la riqueza y el dinero. Ahora que lo pensaba, ?no me habia hablado en alguna ocasion de un matematico que se habia hecho millonario gracias a no se que sistema que habia inventado para acertar en las quinielas?
– Logica, pura logica -me habia dicho-. Todo consiste en reducir al maximo el factor suerte. ?Y como se reduce el factor suerte? Asegurando los resultados imprevisibles y arriesgando solo en los previsibles. Si es tan sencillo, me preguntaras, ?por que no lo hace todo el mundo? Esta muy claro: porque para desarrollar el sistema hace falta apostar una cantidad bastante elevada. ?Cuanto? Lo justo para eliminar riesgos sin eliminar el margen de beneficio. ?Esta tan claro…!
La garganta de mi padre volvio a gorgotear y yo saque del cajon su libro favorito. Se titulaba
Llego el domingo y mi padre dijo que le dolia la cabeza pero lo que le ocurria era que estaba nervioso, muy nervioso. No era para menos. La temporada de futbol concluia precisamente ese dia, y los partidos incluidos en la quiniela eran ya todos de segunda division. Segun mis calculos, mi padre se habia jugado los ahorros de mis tios en dos unicas lomadas, la de la semana pasada y aquella. ?Como le habia ido el domingo anterior? Yo suponia que no muy bien pero tampoco podia estar seguro.
– Y el perro, ?cuando? -le pregunte.
Estabamos comiendo huevos fritos con patatas. Llevabamos un buen rato sin pronunciar una sola palabra y a mi se me ocurrio que tenia que hacerle esa pregunta asi, a bocajarro. Mi padre asintio sin demasiada conviccion y se llevo un trozo de pan a la boca. Yo creo que lo hizo para no tener que contestar: mi padre nunca hablaba con la boca llena.
– Uno del colegio tiene una perra que ha tenido cachorros. Seis cachorros. O siete, no se. Y dice que tendran que matar unos cuantos si no encuentran gente que se los quiera quedar. Yo ire a verlos manana. Son mezcla de pastor aleman y no se que.
Mi padre volvio a llenarse la boca para poder seguir en silencio, pero sus nuevos gestos no fueron ya de asentimiento. Yo proteste:
– Tu dijiste que pronto podria tener un perro. Tu dijiste…
– Yo dije, yo dije -me interrumpio, despues de tragar-. No empecemos otra vez!
Si, estaba claro que el domingo anterior le habia ido bastante mal. Todo dependia, por tanto, de lo que sucediera esa tarde: era su ultima oportunidad. Despues de comer, mi padre dijo que necesitaba echarse una siesta, a ver si le pasaba ese maldito dolor de cabeza, y se encerro en su dormitorio. Yo deje los platos sucios en el fregadero y me lleve a mi cuarto el transistor de la cocina. Pocas horas despues mi padre se habria convertido en un millonario o un estafador, y eso era algo que yo no estaba dispuesto a perderme por nada del mundo.
Es curioso, ?no os parece?, es curioso que mi padre y yo nos pasaramos aquella tarde haciendo exactamente lo mismo, el en su habitacion, yo en la mia, los dos atentos al mismo programa de radio y a los mismos resultados, los dos sufriendo de igual manera aunque el creyera ser el unico que sufria. Bueno, yo digo que sufria y es verdad, porque tambien mi suerte dependia de aquella quiniela, pero sufria mas por mi padre que por mi: si por un lado no me sentia responsable de aquella imprudencia, por otro sabia que todo cambiaria a partir de entonces, que el exito o el fracaso harian de mi padre un hombre nuevo, distinto, completamente desconocido para mi, y eso me hacia compartir en secreto toda la tension que el en ese instante debia de estar experimentando.
Al principio las cosas no iban del todo mal. El San Andres, el Baracaldo, el Cordoba iban ganando sus respectivos partidos, y el Sevilla se adelanto en el campo del Linares. Al llegar al descanso solo fallaba uno de los resultados, el del Logreo-Aviles, y yo me imaginaba a mi padre, al otro: lado del tabique, suplicando al destino para que favoreciera al equipo de casa. En ese momento todo parecia sencillisimo: un gol del Logreo y seriamos ricos. Comenzaron las segundas partes. El locutor anuncio un gol, un gol en el campo del Langreo, y yo contuve la respiracion hasta que le oi decir que si, que el gol lo habia marcado uno de los delanteros del equipo local. Teniamos un pleno. Faltaba todavia mas de media hora para el final de los partidos, pero en aquel instante teniamos un pleno en la quiniela, y eso significaba que eramos ricos y que mi padre podria saldar sus deudas y que tal vez ya nunca tendria que volver a comportarse como un pobre diablo.
A lo mejor os habeis fijado en que he dicho «teniamos un pleno», como si de verdad lo tuvieramos mi padre y yo, como si los dos, y no solo el, hubieramos rellenado todos aquellos boletos y apostado todo aquel dinero. Lo cierto es (|que, durante aquellos minutos unicos en que me crei hijo de un hombre afortunado, senti que esos aciertos de mi padre eran tambien mis aciertos, que de algun modo me pertenecian. Quien sabe, a lo mejor eso es lo normal. A lo mejor todos los hijos admiran a sus padres y se sienten tan unidos a ellos que hasta comparten
