habia ocurrido? Si, la venta se habia producido, solo que un dia antes y en otra notaria. Aquella gentuza habia descubierto que podian ponerse de acuerdo a espaldas de mi padre y ahorrarse asi su comision. ?Y que podia hacer mi padre? ?Reclamar su parte? ?Amenazarles? Que amenazara cuanto quisiera: esos no pensaban soltar ni un duro.

Aquel asunto debio de ser un golpe bastante fuerte para su amor propio. Quedaba claro que mi padre no era el hombre de negocios que el creia ser, no de aquellos que dejaban que el dinero les persiguiera. Se acabo, por tanto, lo de las gasolineras. Pasaron unos cuantos meses y yo no sabia en que se habria metido ahora mi padre. Una manana me asome al patio del colegio y vi el Tiburon aparcado junto a la pista de baloncesto. Aquel invierno no viviamos ya en Santa Pola sino en Calpe, en un apartamento a seis kilometros de Calpe. ?Para que habria ido mi padre al colegio? Despues del recreo teniamos clase de gimnasia. El profesor nos hizo formar en cuatro filas, los mas bajos delante, los mas altos detras, y entonces aparecio mi padre, seguido de un hombre calvo con un balon de futbol bajo el brazo. El profesor acallo nuestros murmullos con un gesto y nos pidio que prestaramos atencion a aquellos dos senores. Uno de ellos, el calvo, era un ex futbolista que iba a hacer una demostracion de control de balon y el otro, mi padre, un caballero que tenia algo importante que decirnos. Entonces el ex futbolista calvo boto el balon un par de veces y estuvo un buen rato pasandoselo de un pie al otro y del pie al hombro y del hombro a la cabeza y nuevamente al pie, sin dejar nunca que llegara a tocar el suelo, y mientras tanto mi padre saco una caja del maletero del coche y se mantuvo en silencio mirando la exhibicion de su companero.

– Buenos dias, chicos -dijo al cabo de un rato-, ?Verdad que os esta gustando? ?Verdad que tambien a vosotros os gustaria llegar a ser buenos futbolistas?

El otro seguia con lo suyo, el balon en la cabeza, el balon en un pie, y mi padre hablo del deporte, la vida sana y cosas asi, y hubo un momento en que nos miramos y fue justo entonces cuando dijo que lo que nosotros necesitabamos era un aporte vitaminico como el que nos proporcionaria desayunar todas las mananas con Forzacao, el nuevo chocolate en polvo con complemento vitaminico.

– He traido unos adhesivos para vosotros. Y para vuestras madres unos sobrecitos, unos sobrecitos de Forzacao. Decidles que os los pongan manana en el desayuno. Decid a vuestras madres que os pongan siempre Forzacao en la leche del desayuno. Pero, sobre todo, decidles por que. Por que? ?Por su complemento vitaminico…!

Mi padre se metio por uno de los pasillos entre las filas y fue repartiendo aquellos pequenos obsequios. Yo pense: «Asi que era esto. Hace un mes que tenemos la despensa llena de botes de Forzacao. Es francamente horrible.» Cuando llego a mi altura, nos miramos un momento sin decirnos nada. Cogi el sobrecito y el adhesivo y me los guarde en el bolsillo del chandal. Yo, la verdad, fingi no conocerle. Entre otras cosas, porque aquel ano se suponia que mi padre era corresponsal de guerra en Vietnam y no representante de una marca de chocolate soluble. Tambien por otro motivo: porque en ese momento me avergonce de el. Si, yo creo que aquella fue la primera vez que realmente me avergonce de mi padre, la primera vez que me dije a mi mismo que hubiera querido no ser hijo suyo.

La impresion que me dio fue penosa, y yo supongo que tambien el se dio cuenta. Lo supongo porque, por la tarde, cuando llegue a casa, no hizo sino repetirme que habia hecho un excelente negocio: le habia vendido al encargado del comedor de internos una partida de chocolate Forzacao. Pero ?sabeis por que me lo decia? Precisamente porque se avergonzaba de si mismo y queria que esa imagen de simple vendedor ambulante fuera sustituida por la del negociante astuto, porque necesitaba hacerme olvidar su espectaculo de esa manana.

– Lo del futbolista fue como una especie de gentileza -anadio-. En los colegios agradecen mucho esa clase de cosas. ?Sabes que llego a jugar en primera division?

Yo, a partir de entonces, me desentendi bastante de sus ocupaciones. Lo de Forzacao, sin embargo, se que no le duro mucho porque al cabo de dos o tres meses volvi a desayunar chocolate en polvo de la marca habitual. Luego creo que trato de hacer negocios con objetos procedentes de subastas judiciales. El ya nunca me hablaba de su trabajo y yo tampoco le hacia demasiadas preguntas, pero lo de las subastas lo supongo porque a veces llamaban por telefono y me daban escuetos mensajes para el:

– El jueves, sin falta, a las diez en el juzgado.

El hombre que llamaba era siempre el mismo y, aunque nunca se identificaba, era facil reconocerle por la voz, grave y anhelante como la de un afonico. Yo le daba el recado a mi padre y ese jueves, al volver del colegio, podia encontrarme en el apartamento decenas, cientos de cajas llenas de tubos de neon, de rollos de papel higienico, de repuestos para lavadoras. Debia de conseguir todo aquello por muy poco dinero, y el verdadero problema consistia en encontrar a una persona dispuesta a comprarselo por un precio superior. Lo que menos duraba eran las prendas de vestir. Si, por ejemplo, yo llegaba a casa y me la encontraba convertida en un almacen de camisas de topos marca Toyca, podia estar seguro de que todo eso habria desaparecido de ahi antes de dos dias. Bueno, tambien podia estar seguro de que ese invierno no estrenaria camisas que no fueran de topos y de la marca Toyca, pero eso ahora es lo de menos, porque lo que yo queria decir es que mi padre tenia tratos con un mercadillo ambulante y que le compraban toda la ropa que el pudiera obtener. Llegaban unos gitanos con una furgoneta y se llevaban todas las cajas, y al dia siguiente volvia a llamar el de la voz grave para dejar uno de esos recados:

– El martes, sin falta, en el juzgado.

Hubo cosas de las que mi padre tardo mucho en desprenderse. Recuerdo, por ejemplo, unos carritos para la compra que permanecieron en casa durante casi dos meses. Pero lo peor de todo fue lo de los canarios. ?Cuantas jaulas, apiladas unas sobre otras, pueden caber en una de las paredes de un pasillo y en dos de las paredes de un cuarto de estar? ?Cien jaulas? ?Ciento cincuenta? No lo se exactamente, pero puedo decir que lo que nos molestaba no eran las jaulas sino los canarios que las ocupaban. Teniamos que estar todo el dia pendientes de ellos, poniendoles alpiste, cambiandoles el agua, limpiando la mierda de las bandejas para que la casa no apestara. Aun asi, su compania se nos hacia insufrible, y al cabo de solo dos semanas estabamos los dos tan hartos de oirles cantar que mi padre acabo soltandolos por el balcon. Aquellos pajaros, por cierto, volaban muy mal y, como no estaban acostumbrados a vivir en libertad, se quedaron casi todos en los arboles y balcones cercanos, nostalgicos de su anterior cautiverio. Luego las jaulas desaparecieron de golpe, no se si mi padre consiguio venderlas o simplemente las tiro a un vertedero.

Un dia llamo el hombre de la voz grave y dejo un mensaje inusual:

– Dile a tu padre que llame en cuanto llegue a casa. O mejor, dile que no hace falta que llame. Que no hay nada para el.

Yo le di el mensaje a mi padre, y este dijo nada mas:

– Bien, ahora prepara tus cosas. Hoy se nos acaba el contrato.

Nos fuimos esa misma noche, pero eso de que se nos acababa el contrato del apartamento no creo que fuera cierto. Lo digo porque dejamos la casa llena de tuberias de cobre que mi padre habia llevado esa misma manana. Esto sucedia en el ano setenta y dos, y a partir de entonces yo ya nunca supe cual podia ser el origen de sus ingresos. O a lo mejor lo que ocurria era que ya no tenia ingresos, no al me- nos hasta el dia en que se cruzo en el camino de Estrella. Pero eso, lo de su etapa como agente artistico, ya lo he contado. Y tambien he contado lo de los ahorros de mis tios. Ahora, agotado ese dinero, la cuestion era sencilla: ?de que ibamos a vivir?

Ya habeis visto que lo normal en nosotros era marchar, siempre marchar. Me he pasado toda mi vida yendo de aqui para alla, con la maleta nunca totalmente deshecha, los oidos acostumbrados a las palabras «nos vamos». ?Cuantas veces las he mencionado hasta ahora? ?Y cuantas tendre que mencionarlas de ahora en adelante?

Estaba claro que de aquella urbanizacion cercana a El Vendrell tampoco tardariamos mucho en marcharnos. Una manana mi padre vino a buscarme al salon de las maquinas y los futbolines. Yo no habia visto pasar el Tiburon. Tampoco a el le vi entrar. Me habia sentado en un taburete, de espaldas a la calle, y miraba como el encargado ensayaba una jugada de billar. Luego, no se como, supe que el estaba detras de mi y me volvi muy despacio. No dije nada. Simplemente me levante. Que mi padre estuviera ahi queria decir que habia ido a buscarme al colegio y que alguien le habia dicho donde podia encontrarme durante las horas de clase. Por eso me levante: porque pense que me iba a pegar una bofetada y no queria caerme al suelo. Me cogio, de hecho, como si fuera a golpearme y a gritarme, que habria sido lo logico, pero lo que hizo fue volverse para mirar la calle a traves del cristal. Desde alli se veia el Citroen Tiburon y el letrero de la escuela de musica Sebastian Armen- gol, tarifas especiales para grupos, y yo supongo que esa asociacion de imagenes le desconcerto. En solo un instante comprendio que yo habia estado siempre ahi, viendolo todo, entendiendolo todo, aunque tal vez lo que le desconcerto no fue descubrirme a mi sino descubrirse a si mismo en aquel sitio, mi sitio, viendolo todo y entendiendolo todo como yo mismo lo habia visto y entendido. Si, ya se que es confuso, pero no encuentro otra

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