manera de explicarlo, y el caso es que mi padre solto mi brazo y bajo la vista y dijo lo que tenia que decir:

– Nos vamos.

Le segui hasta el coche. Pregunte:

– ?Adonde?

– Nos vamos y ya esta. He metido tus cosas en el maletero.

– ?Mis posters tambien?

– Tus posters tambien.

Arranco. Pasamos por delante del colegio y salimos del pueblo. Os lo acababa de decir: marchando, siempre marchando.

3

– Lo que digo lo cumplo -dijo mi padre-. Acuerdate bien de esto: lo que digo lo cumplo. Te dije que nos iriamos a vivir a una ciudad, con anchas avenidas, con buenos colegios, y ya lo ves. Una ciudad, capital de provincia, con cines, campos de futbol, piscinas, con tiendas de todo tipo, con catedral. ?Eh?, ?que te parece?

Bueno, estabamos entrando en Lerida y yo recordaba que en realidad mi padre habia hablado de una gran ciudad. Pero, claro, desde aquel punto de la carretera abarcabamos con la vista toda la ciudad, y habria parecido absurdo que se obstinara en mantener el adjetivo.

– ?Y lo del perro? -pregunte.

Mi padre me ignoro, como siempre que yo hacia esa pregunta, y siguio ponderando las virtudes de una ciudad como aquella, tan moderna, tan bien comunicada. Luego resulto que ni siquiera nos detuvimos en Lerida y que seguimos camino hasta Almacellas, uno de esos tipicos pueblos de carretera, alargados y tristes como la carretera misma. A mi esos pueblos siempre me han recordado los decorados de las peliculas de vaqueros: te apartas de la calle principal y el pueblo termina ahi, nunca hay nada detras de la primera linea de casas.

– ?Que te parece? -insistio mi padre, como confiando todavia en que aquello pudiera gustarme-. Esto es el futuro. Es la filosofia de las zonas residenciales. Como en Europa, como en America. Vivir al ladito de la ciudad, disfrutando de todas sus ventajas pero ahorrandote sus inconvenientes. Los agobios, el trafico y todo eso.

Yo asenti con la cabeza. Eran cerca de las cinco, y a las cinco en punto teniamos que ir a recoger las llaves de nuestra nueva casa. Me quede esperandole dentro del coche y vi como un motorista atropellaba a un gato. ?Habeis visto alcana vez una cosa asi? Lo que te hace levantar la mirada es el ruido del frenazo, y la imagen siguiente es la del rapido culebreo de la moto y la del gato saliendo despedido hasta caer en el bordillo. Yo luego no oi mas ruido que el del motor, timido al principio, furioso de repente, y despues cada vez mas lejano y mas debil aunque parecia que nunca fuera a extinguirse del todo. No se. Yo habria esperado escuchar el ruido sordo y rotundo del golpe o quizas un maullido agonico y estremecedor. Pero no, aquel gato murio en silencio, y lo que mas llamo mi atencion fue que, durante varios minutos, cuando ya hasta la moto habia desaparecido de mi vista, seguian flotando como vilanos en el aire pequenos rebujos de pelo claro arrancados del lomo del gato.

Yo aquello lo interprete como un mal presagio, el primero.

– Un entresuelo. Encima de la pescaderia -dijo mi padre al volver al coche-. A unos quinientos metros.

Avanzamos esos quinientos metros y llegamos a la pescaderia. Ante nuestro portal habia un cubo negro lleno de cestos de pescado: otro mal presagio. Yo me tape ostentosamente la nariz pero mi padre fingio no percibir el hedor.

– Bueno, ya estamos -dijo.

Dijo eso pero no se atrevio a preguntar que me parecia.

– Un lujo asiatico -comente, de todos modos.

Empezamos a subir nuestras cosas por la angosta escalera. Aquel piso habia estado habitado hasta muy poco antes por un jubilado de la RENFE y todo seguia como habia quedado a su muerte, la cama aun hecha con el orinal de porcelana semiescondido, una botella de vino y un vaso sucio sobre el hule de cuadros, un reloj de cuco detenido a las nueve y diez de la manana o de la noche, un calendario de ese mismo ano de una marca de pintura plastica, un puzzle enmarcado de al menos quinientas piezas con una vista del Sena y Notre Dame. Yo, sin embargo, no tuve tiempo de fijarme en nada de eso, ni tampoco en lo viejo y lo feo del piso o el deprimente papel de las paredes repleto de flores de lis, porque, tan pronto como mi padre logro abril la puerta, corri en busca de un sitio donde vomitar. Mi padre me siguio hasta el retrete con una maleta en cada mano.

– Te has mareado. No me extrana. Con el viaje y este calor. Sientate y descansa. Yo subire lo que queda.

Le espere tumbado en el sofa. A uno de los lados habia un estante con media docena de figuritas de porcelana y tres o cuatro libros. Uno de ellos era elQuijote, los otros no los recuerdo. Y ante mis ojos tenia el puzzle. El puzzle del Sena y un pequeno balcon que mi padre acababa de abril para que aquello se ventilara. De vez en cuando pasaba un camion por la carretera y, por un instante, podia ver su parte superior a traves de los barrotes de la barandilla. Primero el muneco blanco de Michelin y el techo de la cabina, despues la lona negra o azul, luego nada.

Fuimos al colegio del pueblo para que me autorizaran |? presentarme a los examenes. El director era tambien el profesor de gimnasia. Nos recibio en chandal y con una toalla blanca en torno al cuello.

– Disculpen mi aspecto -dijo-. Acabo de arbitrar un partido y despues del recreo tengo otro. ?Te gusta el futbol?

– No -dije.

– ?Y el baloncesto? -Tampoco.

Avanzabamos por un pasillo en direccion a su despacho y aquel hombre se detuvo a mirarme con expresion contrariada.

– Pues ?que es lo que te gusta?

Mi padre intervino para decir que, desgraciadamente, yo no habia tenido muchas facilidades para desarrollar un espiritu de equipo, necesario para practicar ciertos deportes.

– La culpa es mia. De mi trabajo. Estamos siempre de aqui para alla. Pocas veces ha podido completar el curso en el mismo centro.

El director parecio dar por buena esa explicacion. Me dedico una sonrisa comprensiva y, con un gesto como los que hacen en los dibujos animados cuando alguien ha tenido una idea feliz, anuncio que en el colegio habia fronton. Yo me encogi de hombros, me apetecia desilusionarle.

– Lo que a mi me gusta son los puzzles -dije. Me miraron los dos, mi padre con perplejidad, el otro con lastima. Yo creo que le odiaba porque olia a sudor. Entramos en su despacho y mi padre inicio un vago soliloquio acerca de lo accidentado de mi educacion. Por supuesto, no dijo nada que yo no hubiera escuchado decenas de veces. Que ya sabia que cambiar de colegio a esas alturas de curso no podia ser bueno para mi, que comprendia el sacrificio suplementario (eso dijo, sacrificio suplementario) que esas situaciones exigian al profesorado, que que mas quisiera el que poder ahorrarles esos trastornos.

– Si de mi dependiera…-anadia, con un aire de ele- gante resignacion.

El otro a lo mejor creia que sus palabras encerraban gratitud o disculpa. Nada de eso. Lo que mi padre queria dar a entender era algo bien distinto: que sus multiples ocupaciones le agobiaban, que tenia intereses en empresas de toda Espana, que el era un hombre poderoso y no un pobre diablo. Decia, por ejemplo:

– Pero esto tiene que cambiar… A cierta edad, uno tiene que asentarse en un sitio. Para toda la vida, para no moverse de ahi. Y a mi ya me ha llegado esa edad. Voy a tener que abandonar mis actuales negocios y montar una pequena empresa en algun sitio…

Decia «una pequena empresa» con la falsa modestia que emplearia un magnate para hablar de unos estudios cinematograficos o de una fabrica de automoviles. Guardaba entonces un instante de silencio y ojeaba distraido los formularios de la inscripcion. Luego hacia un gesto de complicidad y proseguia:

– Por eso estoy aqui. Porque esta comarca tiene mucho futuro. Muchisimo. Se lo puedo asegurar. En este momento, probablemente no haya en toda Espana un lugar mejor para invertir…

Decia esto y se quedaba tan pancho, y yo me preguntaba que demonios podia importarle todo eso al director de un colegio de pueblo. O peor aun: me preguntaba como demonios podia mi padre creer que todo eso pudiera importarle al director de un colegio de pueblo.

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