– ?Y? -dije yo.
– ?Y? ?Es eso todo lo que se te ocurre? Pero ?no te das cuenta? ?Franco puede morirse en cualquier momento y ya nada sera lo mismo! Todo va a cambiar. Para bien o para mal. ?Podria haber disturbios! ?Incluso una guerra! La carretera esta llena de controles de policia, y he oido decir que el ejercito va a ser acuartelado…?Podrian decretar el estado de excepcion!
Estado de excepcion, ?que demonios seria eso? Ahora mi padre estaba de pie. Iba de un lado a otro de la habitacion, hablando sin parar. Por unos segundos se detenia ante el balcon como para reflexionar, y al instante siguiente reanudaba su nervioso monologo y sus paseos.
– Pon la television. No, no hace falta. Ya nos enteraremos. Se espera para cualquier momento la cesion de poderes al principe. Lo han dicho por la radio… Bueno, por la radio han dicho que no habra cesion pero, claro, eso quiere decir que muy bien puede haberla. Seria definitivo. ?Sabes lo que significaria? -No -dije. A mi padre, en el fondo, le gustaba explicarme las cosas que el entendia y yo no.
– Pues esta bien claro. Que se acabo el franquismo. Que se esta cerrando un largo capitulo de nuestra historia.
Esa frase tambien debian de haberla dicho por la radio, y mi padre la repitio con la expresion de quien paladea un buen vino:
– Un largo capitulo de nuestra historia. Pense entonces que mi padre nunca hablaba de politica. Yo no sabia cuales eran sus ideas politicas. Ni siquiera sabia si las tenia. -?Y eso te alegra? -le pregunte.
Mi padre se detuvo a mirarme y yo tuve que insistir:
– ?Te alegra o no que se este cerrando ese capitulo?
– Bueno, nadie puede alegrarse por la muerte de un ser humano…
Dejo la frase inacabada, y yo volvi a la carga:
– ?Tu que eres? ?Franquista o antifranquista?
Mi padre me observo con perplejidad, como si de repente estuviera viendo en mi a un adulto.
– Mira, Felipe -dijo-. La gente decente no se mete en politica.
?La gente decente? ?Lo decia por el, que se habia jugado a las quinielas los ahorros de mis tios? ?Lo decia por el, que abandonaba los pisos despues de vender los muebles y se ganaba la vida estafando a la compania de telefonos? Su respuesta me parecia absurda.
– Entonces es que eres franquista -dije.
Aquello le dolio, no se por que, y el caso es que reacciono con indignacion, diciendome que ya conocia yo sus ideas sobre el reparto de la riqueza, preguntandome si nunca le habia oido hablar de la injusticia:
– ?Nunca me has oido decir que esta sociedad es injusta?
– O sea que eres antifranquista -dije-. ?Comunista o algo asi?
Mi padre vacilo un instante. Luego yo pense que nuevamente iba a mirarme como a un nino, alguien a quien se podia enganar con facilidad, y sin embargo siguio mirandome como hasta entonces. Como a un adulto. Me dijo:
– ?Quieres saber lo que pienso? Pienso que la sociedad no siempre te da lo que te corresponde. Y que entonces tienes derecho a cobrartelo a tu manera. ?Si pensar eso significa que soy comunista, entonces es que soy comunista!
Luego, algo mas calmado, anadio:
– A veces hacemos cosas que estan mal. Pero eso no siempre nos vuelve malos.
Es curioso. Debio de ser aquella la primera vez que ha-biaba de si mismo y de su modo de vida sin tratar de justificarse. O a lo mejor si que estaba tratando de justificarse, pero en esa ocasion no me parecio del todo mal. Ambos sabiamos a que se referia. Lo que el queria era seguir creyendo en si mismo, seguir creyendo que no por cometer un delito se habia convertido en un delincuente. Pense: «Bueno, al menos ya nunca habla de la dignidad, su famosa dignidad. Tambien en esto creo que ha cambiado.» Mi padre entonces me volvio la espalda para encender la television, y yo fui un momento a mi cuarto a buscar el viejo carnet del sindicalista.
– Toma -le dije.
Lo observo con una mezcla de curiosidad y aprension.
– ?De donde has sacado tu esto?
– Lo encontre.
– Sera mejor que lo guarde yo. Puede ser comprometedor.
Supuse que esa misma tarde lo destruiria. Era de esperar.
Me habia preguntado si era sordido aquel tiempo mio y ahora pensaba que si y que seguramente en otros sitios la vida seria distinta, mejor. Y tal vez por eso no me disgustaba del todo hacer y rehacer el puzzle del Sena y Notre Dame. ?Como seria la vida en Paris? ?Y como en Chicago o en Berlin? ?Tambien alli los chicos hacian puzzles de lugares lejanos y se imaginaban que en otros sitios la vida seria distinta y mejor? Yo sonaba con irme algun dia a algun lugar, y a veces, paseando, me acercaba hasta el apeadero del ferrocarril y miraba los horarios de los trenes. Aquel pueblo estaba tan lejos del mundo que los trenes pasaban por ahi sin detenerse. Y ni aun mirando aquel panel de los horarios podia uno sonar demasiado. Habia un tren que llegaba a Huesca y otro que llegaba a Barcelona: ese era todo mi horizonte. Todo lo que estuviera mas alla de Huesca o mas alla de Barcelona se me antojaba irreal. Tan irreal como Chicago o Berlin o el Paris del puzzle.
Otras veces no. Otras veces me acercaba hasta el escaparate de Andorra, que era como se llamaba la tienda de electrodomesticos del pueblo. Por aquella epoca las emisiones en color estaban todavia en fase de prueba y no pasaban de la hora o dos horas diarias. Entonces casi nadie poseia uno de aquellos televisores, y lo normal era que la gente se apinara ante el escaparate de Electrodomesticos Andorra siempre que ponian uno de esos programas en color. Era todo un acontecimiento, en un pueblo como ese. A veces llegabamos a ser quince o veinte los que nos congregabamos ante aquel escaparate para ver documentales sobre la naturaleza, y permaneciamos todos en silencio, respetuosos, como si los colores existieran solo en aquella naturaleza, la de la television, como si la nuestra fuera una naturaleza en blanco y negro, y ese silencio y ese respeto resultaban mas perceptibles porque a esas horas la tienda estaba cerrada y no nos llegaba el sonido del documental, Lo unico que oiamos era el ruido de las motos y los camiones que pasaban a nuestras espaldas.
Gracias al locutorio clandestino las cosas empezaban a no irnos del todo mal. A mi padre no parecia faltarle el dinero, y lo cierto es que por entonces estaba siempre de buen humor. Se habia vuelto incluso generoso. Ahora, por ejemplo, teniamos siempre un par de botellas de gaseosa en la nevera. A estas alturas ya conoceis a mi padre, y os podeis imaginar que era de esas personas que ahorran en las cosas de casa y luego se hacen los esplendidos cuando hay extranos delante. Por ejemplo, en los restaurantes, cuando se acercaba el camarero a tomar nota y mi padre decia: «Nada de menu, a la carta.» Pero ya digo que en las cosas (en casa no gastaba ni una peseta de mas y, si yo abria la nevera y me encontraba un par de botellas de gaseosa, eso queria decir que a mi padre no le faltaba el dinero y que estaba de buen humor y que hasta se habia vuelto generoso. A veces se me acercaba con una moneda de cinco duros. «Para ti», decia, y entonces agitaba la cabeza y sonreia, y yo le veia la horrible caries y pensaba: «Pues si tienes dinero, ?por que no aprovechas para ir al dentista de una puta vez?» No se. Lo del telefono me parecia bien. Lo que no me parecia bien era la sonrisa de mi padre. O a lo mejor tampoco era eso. Ya he dicho que no lo se.
Tambien sonreia mucho cuando Paquita organizaba una sesion de espiritismo. Paquita decia que lo que de verdad le gustaria era viajar y conocer mundo, y por eso, cuando hacia espiritismo, preferia ponerse en contacto con muertos viajeros, muertos que hubieran recorrido muchos paises. A Paquita le gustaba hablar con Marco Polo y con Cristobal Colon y con Napoleon, siempre con gente asi. Mi padre la miraba a veces con esa sonrisita suya que no habia manera de borrarle del rostro y le decia:
– ?Y como te hablaba Napoleon? ?En frances? ?Y que te decia?
– Los muertos hablan siempre de forma que los vivos les entiendan -replicaba Paquita, tajante.
Mi padre no se lo tomaba en serio. Paquita esperaba a que se fueran de casa los ultimos temporeros y entonces encendia unas velas y apagaba las luces y bajaba las persianas, y mi padre en ningun momento dejaba de resoplar y de lanzarle miradas de suficiencia. Luego Paquita extendia sobre la mesa un carton satinado en cuyos margenes estaban todas las letras del abecedario y todos los numeros del cero al nueve y un SI muy grande y un NO del mismo tamano, y mi padre volvia a resoplar y a dar a entender que aquello no tenia nada que ver con el, que lo consideraba un juego de ninos, como la oca o el parchis. Nos sentabamos los tres.
Paquita nos preguntaba si estabamos listos, colocaba el vaso en el centro de la mesa y nos pedia que nos
