– ?Se puede saber que estas haciendo aqui?

– Autoestop -dije-. ?Sabes lo que es?

El empleado le lleno el deposito, y mi padre se cruzo de brazos y me observo con los ojos entrecerrados, como un actor de cine mudo que pretendiera transmitir una sensacion de ira. Luego me ordeno por senas que me metiera en el coche, y tal vez su colera habria podido tomarse en serio si para entonces Estrella no se hubiera asomado a la ventanilla y empezado a cantar el «ay, Felipe de mi alma». El de la gasolinera nos contemplaba sin entender nada.

– Me has seguido, ?verdad? ?Has estado espiandome? Pues has de saber que no me gusta que me espien - me dijo mi padre, otra vez al volante-. ?Tu te crees que yo me chupo el dedo? Venga, dime donde has estado.

– Por ahi…

– ?Por ahi? ?Que demonios significa eso?

En la parte de atras habia varias de esas revistas de muebles y decoracion que tanto gustaban a Estrella, y yo tuve que retirar un par de ellas para poder sentarme.

– Por ahi -dije-. En cualquier parte.

Estrella, mientras tanto, se contorsionaba en su asiento tratando de estamparme uno de sus besos de senora gorda y de revolverme el pelo con la mano: vosotros sabeis que esa es una de las cosas que mas detesto.

– ?Eh? ?Que significa por ahi? ?Hay algun sitio llamado «Por ahi»?

Mi padre conducia y al mismo tiempo repetia alguna de esas preguntas. Estrella, por su parte, cantaba trozos de sus canciones y de vez en cuando se interrumpia para intervenir:

– Dejalo, hombre, deja al pobre chico… ?Como puedes renirle por haber ido a escucharme? Lo que pasa es que es muy timido. Eso es todo lo que pasa…

– ?Timido? ?Timido este? ?Venga, dimelo! ?Verdad que me has estado espiando?

Que mania. ?Queria que reconociera que le habia seguido hasta el lugar del recital? Pues no. A mi no me daba la gana reconocerlo. Si tan seguro estaba de que le habia es piado, ?por que insistia en preguntar? En aquel momento me daba la impresion de estar rodeado de locos, con mi padre haciendome siempre las mismas preguntas y Estrella cantando sin parar.

– ?Y tu! ?Quieres callarte un momento?

– ?Como! ?Que me calle? ?Por que tendria que callarme?

Bueno, eso estaba mejor. Con un poco de suerte, discutirian entre ellos y se olvidarian de mi.

– Solo un momento. No te pido mas que eso…

– ?Callarme yo? ?Y tu eres el que quiere volver a ser mi agente?

– Comprendeme. No es que yo…

– ?Cuando se ha visto que un agente artistico haya hecho callar a una de sus estrellas? ?Estariamos buenos! ?Precisamente lo que tengo que hacer es cantar! ?Ensayar!

Yo me desentendi. Cogi una de las revistas y la hojee, ?Cual de esas casas de lujo era la que mas gustaba a Estrella? ?Cual le habria prometido mi padre?

– Vamos a ver si me explico…-seguia el.

– ?Es que no sabes cuales son los tres secretos de las grandes divas?

– Si, claro que lo se. Ensayar, ensayar y ensayar. Pero…

– ?No hay peros que valgan! ?A ensayar! ?Que tal laRomanza de la Tempranica?

Mi padre me mando una mirada de odio por el retrovisor y Estrella no dejo de cantar hasta que llegamos a casa. Ya veis. Volviamos al tiempo en que viviamos con Estrella, y parecia que eso era ya inevitable. El sabado, sin embargo, ocurrio algo inesperado. El sabado era el dia del ultimo recital, y Estrella insistio en que asistieramos los dos, mi padre y yo.

– De acuerdo -dije-. Pero no pienso ponerme el pantalon de cheviot.

– Esta bien -transigio Estrella-. Ponte lo que quieras.

En pleno agosto, el pantalon de cheviot: mi padre ha- liria sido capaz. Me libre del pantalon pero no del ramo de rosas y, mas de una hora antes del inicio del recital, mi padre y yo nos disponiamos a esperar junto a la barra de la cafeteria.

– ?Una cocacola? -me pregunto mi padre.

El chico de la peca en la frente me observo con desden. No era para menos. Tambien yo le habria mirado asi si me lo hubiera encontrado en las mismas circunstancias, a la entrada de un recital de zarzuela y con un ramo de rosas en la mano y un padre que parecia un galan de pelicula italiana.

– Parece que hemos llegado un poco pronto -comento mi padre.

Pronto no, prontisimo. Como siempre. Eramos los primeros, y a mi eso me hacia sentir doblemente ridiculo. En ese momento, en el salon de actos habia sesion de cine- club. Busque el cartel en el tablon: una pelicula checoslovaca, creo que en blanco y negro, con un director y unos actores impronunciables. Acabo la pelicula y el bar se lleno de hombres y mujeres jovenes, vestidos con la clase de ropa que solia llevar Paquita: en aquel instante desee aun con mas fuerza no estar alli y no tener ese ramo y ese padre. Paquita, por cierto. ?Que habria sido de ella? Hacia un par de illas que no la veiamos.

– Espero que esta gente no haya dejado muy sucio el teatro… -me susurro mi padre con un guino. Ese era su sentido del humor.

– Estrella ya debe de estar en el camerino. ?Por que no vamos y le damos las flores?

– Nada de eso. Se las entregaras al final, como Dios manda. Las cosas se hacen bien o no se hacen.

– Pues no se hacen. ?Donde las tiro?

– Venga, no digas ridiculeces. Y abrochate esos botones. No puedes ir de cualquier manera.

Mi padre lo solucionaba todo con frases asi, no seas ab- surdo, no digas ridiculeces, y lo malo era que en esos casos yo nunca acertaba a replicar como convenia. Segui, pues, con aquel ramo en la mano. Me veia a mi mismo como interpretando el papel de enamorado en una funcion colegial, o peor aun, como esperando entre bambalinas a que la funcion comenzara y yo pudiera interpretar mi papel, y eso si que me parecia absurdo y me parecia una ridiculez.

Poco a poco la cafeteria se fue llenando de gente vestida como mi padre, no ya como Paquita. Pero, bueno, ?como podia ser que hubiera tanto aficionado a la zarzuela? Yo pensaba: «Todos estos me van a ver entregarle el ramo en el escenario. Cuantos menos lleguen, mejor.» Si, ya se que puede parecer excesiva mi obsesion por las flores esas, pero acordaos de la otra vez, del mal trago que pase mientras Estrella retenia mi mano y me cantaba aquella cancion y se emocionaba tanto o fingia que se emocionaba tanto.

De repente, mi padre dijo:

– ?Vamos! ?Sigueme!

Nos abrimos paso entre la gente y llegamos a una puerta en la que ponia «Privado». Estaba cerrada por dentro, y mi padre golpeo con los nudillos hasta que alguien, un hombre con aspecto de cura, nos abrio.

– ?El camerino de Estrella Pinseque, por favor?

– Ahora no se puede pasar.

Mi padre parecia alterado. Insistio en pasar. Trato de convencer a aquella especie de cura, pero el hombre se mantuvo inflexible. Luego saco una de sus tarjetas y la metio entre las rosas.

– Esta bien. ?Quiere usted entregarle esto?

Ahora si que yo no entendia nada. Unos minutos antes habia dicho lo que habia dicho, y ahora hacia exactamente lo contrario. Y yo, si, me habia librado por fin de aquella»

flores, pero, si tenia que haber experimentado algo parecido al alivio, lo que de verdad sentia era simple desconcierto. Mi padre se volvio hacia mi y dijo:

– Tenias razon. Mejor asi.

?Cual era el motivo de un cambio tan repentino? Pronto lo sabreis. Volvimos a la cafeteria y nos pusimos en la cola. Mi padre me hizo correr para ocupar dos butacas de la segunda fila Ya sentados, me volvi a mirar a la gente que entraba.

– Paquita -dije.

– ?Ah, si? -dijo mi padre sin volverse-. Bueno, sientate bien. Mas tarde la veremos.

– ?La llamo? En esta esquina hay un asiento libre.

– ?Te he dicho que te sientes bien! ?Eso no son maneras!

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