ante el escaparate de Electrodomesticos Andorra.
– Television en color, que maravilla…
Eso dijo, pero yo sabia que no era de la television en color de lo que queria hablar.
– Tu padre no esta en casa -anadio al cabo de un rato.
– ?Ah, no? -dije yo-. Estara en el bar…
Paquita sacudio la cabeza:
– Y tampoco he visto el coche. ?Donde puede haber ido?
– Ni idea -dije yo.
Esa misma noche Estrella y mi padre durmieron juntos. Llegaron bastante tarde, a eso de las dos, y me parecio que estaban un poco borrachos. Desde mi cama oi como trataban de cerrar la puerta sin hacer ruido y como mi padre le decia que no encendiera la luz y como le chistaba despues por haber tropezado con el cable de una lampara. No querian despertarme pero yo todavia no habia logrado pegar ojo. Luego les oi entrar y salir del cuarto de bano y tirar varias veces de la cadena y buscar algo de musica en la radio- despertador y reirse como en sordina, tapandose acaso la boca con la mano. No querian despertarme pero yo ahora sabia que ya no podria dormir en todo lo que quedaba de noche.
Para entonces Estrella habia ya abandonado a don Nicolas, el del lobanillo. Su nuevo protector era el dueno de una empresa de encurtidos en vinagre de Castellon. Tenia mucho mas dinero que don Nicolas y no le importaba gastarselo en imprimir carteles con la foto de Estrella y su diadema o en contratar paginas enteras de publicidad en los periodicos. Estrella era un puton, pero sabia muy bien donde queria llegar.
Bueno, al dia siguiente casi no vi a mi padre, y por la tarde decidi bajar a la calle y coger el autobus de Lerida.
No tenia una idea muy clara de lo que queria hacer ni de por que queria hacerlo. No se. A lo mejor pensaba que todavia podia remediarse lo que ya parecia irremediable. Lo cierto era que habia un autobus que llevaba a Lerida y que mi padre y Estrella estaban en Lerida y que tambien yo podia estar ahi. Eso, al menos, era lo que me iba diciendo a mi mismo a medida que me acercaba a la ciudad. El autobus me dejo en la calle del Carmen, una de las mas importantes, y para llegar luego al sitio de los recitales tuve que preguntar a tres o cuatro personas. Y es curioso. Es curioso que tambien a mi, como a mi padre, me molestara eso de tener que preguntar por calles y direcciones. No se. Habria preferido no tener que hacerlo, caminar por esa ciudad como si hubiera vivido alli toda la vida y conociera todos sus rincones. En fin, supongo que eso mismo le ocurria a mi padre cada vez que llegabamos a un lugar diferente y que por eso nos perdiamos tanto y dabamos tantas vueltas, y yo me preguntaba como podia ser. ?Como podia ser que yo tuviera ya uno de esos defectos que tanto me molestaban en el, en mi padre?
El lugar era un salon de actos que dependia de una parroquia. O a lo mejor, no lo se, eso era un colegio, un colegio religioso, y la iglesia aquella no era ninguna parroquia sino que formaba parte del colegio. Ya he dicho que no lo se. El Tiburon estaba aparcado en esa misma calle y yo temi que mi padre pudiera aparecer por algun lado. Me meti en la iglesia y, bueno, no voy a decir que aquello me gustara, porque a mi las iglesias siempre me han asustado un poco, pero al menos ahi dentro se estaba fresquito. No pensaba acercarme al salon de actos hasta que el recital de Estrella hubiera empezado. Me puse a andar de un lado para otro, y mis pasos resonaron lentos y solemnes, como solo pueden hacerlo en una iglesia. El sonido de mis propios pasos: ese es uno de los motivos por los que las iglesias me asustan un poco. Me detuve, me sente en uno de los bancos. La verdad es que creia que estaba solo, y pasaron varios minutos hasta que me di cuenta de que habia una mujer esperando ante un confesionario y otra mujer confesandose y supuse que un cura confesando dentro del confesionario. «Confesarse», pense, «que gilipollez.»
Me encamine hacia el salon de actos. En el vestibulo habia un pequeno bar con un futbolin y una mesa de ping- pong. Aquello parecia un club juvenil, de esos que montan los curas para que los chicos esten vigilados sin sentirse vigilados. A traves de las cortinas del fondo me llego la voz lejana de Estrella cantando una de sus canciones, no re- cuerdo cual. El chico de la barra se acerco a preguntarme si queria tomar algo. Yo conte mi dinero y pedi una cocacola, Estabamos solos el y yo. El chico fue hasta la nevera, que no era una nevera de bar sino una normal, como las de las casas, y volvio con mi cocacola. Yo me bebi media botella y eructe. El chico me miro desde detras de la vieja y pesada caja registradora pero no dijo nada.
– ?Cuanto vale la entrada? -pregunte.
– Veinte duros -dijo el.
Yo asenti con la cabeza y le volvi la espalda. Desde luego, no llevaba tanto dinero encima. Eche un nuevo vis- tazo a mi alrededor. En una de las paredes habia un rotulo que decia «Congregacion Mariana», que nombre tan ridiculo, y tambien un reloj de propaganda de una marca de cafe y un mural con frases de la Biblia en catalan. En otra pared habia un tablon de anuncios con la programacion del cinc club y una cartulina con los resultados de un campeonato de ajedrez. Tambien habia un par de carteles de Estrella Pinseque, la nueva diosa de la zarzuela. Del salon de actos llegaron unos timidos aplausos y yo pense que mi presencia ahi carecia de sentido.
– No me diras que te gusta esa mierda -dijo entonces el chico.
Se referia a la musica. Yo me encogi de hombros y volvi a eructar. Aquel chico tenia un lunar en mitad de la frente. Parecia indio. O paquistani, no se muy bien.
– Vale cien pesetas pero, si quieres, puedes entrar -anadio-. Aqui se cuelan casi todos.
Me encogi de hombros otra vez. Mire el reloj de la pared, que tenia forma de grano de cafe y doce granos de cafe en el lugar de las horas. El ultimo autobus salia cuarenta minutos despues.
– ?Hay mucha gente? -pregunte.
– Casi lleno.
– Tendrian que pagarme para que entrara ahi.
En esta ocasion fue el chico de la peca el que se encogio de hombros. En el salon de actos Estrella concluyo otra de sus canciones y volvieron a oirse aplausos. Me marche.
Si, me marche de ahi para no perder el ultimo autobus pero lo cierto es que, cuando llegue a la parada, el ultimo autobus ya habia salido. Eche a andar hacia la carretera. Me quedaba una buena caminata hasta el pueblo, pero ?que otra cosa podia hacer? La noche era clara y calurosa, y Paquita me habia dicho que a esas alturas del mes de agosto solian verse muchas estrellas fugaces, asi que anduve la mayor parte del tiempo mirando el cielo, en el que las estrellas titilaban como neones que nunca acabaran de encenderse. De vez en cuando pasaba algun coche y yo alargaba el brazo para ver si me recogia, pero lo hacia sin conviccion, seguro de que ningun automovilista se detendria.
Pense en escaparme, la verdad. Pense en llegar a casa y recoger mis cosas y seguir caminando por la cuneta de una carretera como estaba haciendo en esos momentos. ?Que podria ocurrirme? Dormir, podria dormir en cualquier sitio y, en cuanto a la comida, alguien me daria un poco de carne y de pan a cambio de limpiarle la piscina o de arrancar las malas hierbas del jardin. Tambien podria robar, ?por que no? Pero todavia era menor de edad, y lo que me fastidiaba era que, tarde o temprano, acabarian devolviendome a mi casa y que entonces no seria capaz de aguantar a mi padre rinendome o abrazandome o tal vez llorando. Aunque tambien podria ser que me encontraran en algun sitio, en mitad de un charco de sangre, con las tripas abiertas o la cabeza aplastada o el cuello cortado, y que mi padre tuviera que ir a identificar el cadaver. Esas cosas ocurren, basta con leer los periodicos para enterarse, y yo a veces me imaginaba que algo asi podria ocurrirme a mi: entonces mi padre seguro que lloraria, ya lo creo que si, y esas lagrimas suyas, justo esas lagrimas culpables que yo nunca podria ver, serian las unicas que me gustaria verle derramar, las unica» que podrian reconfortarme.
Cuando llegue a la gasolinera estaba realmente cansado, Cansado de andar y de imaginar mi huida y de buscar estrellas fugaces en el cielo. Pense que ahi, con todas aquellas luces, seria mas facil que algun conductor me recogiera. El empleado me miro y movio la cabeza. Bueno, en cuanto algun coche se parara a poner gasolina, yo me acercaria y preguntaria muy educadamente si no les importaria acercarme al siguiente pueblo. El empleado me dijo:
– Si lo que quieres es sacarte unas propinas, ahi tienes el cubo de agua y los trapos. Pero has ido a escoger la peor hora.
Pense nuevamente en la fuga, en lo que podria hacer para no morirme de hambre, aunque ahora, no se si por efecto del cansancio, la fuga se me aparecia como una hipo tesis remota, algo que podria llegar a suceder pero no entonces, no esa noche. Pararon un par de coches a poner gasolina, pero los conductores me observaron con desconfianza, como si vieran en mi a un posible delincuente, y opte finalmente por no decirles nada. Paro tambien un Tiburon, el Tiburon, y mi padre me miro como si no acabara de creer lo que sus ojos veian.
